Mayo 15, 2008

A propósito de Daniel Paul Schreber

En otoño de 1884 Schreber se presentó como candidato al Reichstag, Cámara baja del parlamento, intento en el que fracasó.
En el mes de octubre es internado en el Asilo de Somnestein y al cabo de una semanas es trasladado a la clínica Psiquiátrica de Leipzig cuyo director es el Profesor Flechsig y quien se encargó de los cuidados de Schreber. Fue diagnosticado como padeciendo una hipocondría.
Fue dado de alta en junio de l885, curado y el 1ro. de enero de 1886 inicia su actividad en el tribunal regional de Leipzig.
A raiz de esta enfermedad y del tratamiento impartido por el Prof. Flechsig, tanto Schreber como su mujer tomaron fe y admiración en Flechsig al punto que la mujer conservaba una foto del Prof. sobre su mesa de noche y Schreber comunica que le había entregado a Flechsig un holgado honorario cuando se fue a despedir de él. El período de salud relata Schreber duró siete años durante los cuales vivió una vida de completa felicidad y honores derivados de su posición social, solamente empañada por el fracaso en sus deseos de paternidad ya que a pesar de varios intentos la esposa no había podido retener su embarazo. Este es un punto a retener ya que este se constituye en un nuevo intento en asumir un lugar que implica un posición en función paterna.
En 1893, en junio se le informa de su próxima designación para el Superior tribunal, iniciando su actividad como Senatspräsident.
Cayó enfermo nuevamente, esta vez con ideas persecutorias y sueños sumamente amenazante y habiendo tenido una experiencia en estado de duermevela en la que sintió "que hermoso sería ser mujer en el momento del acoplamiento"
Esto lo llevó nuevamente a la consulta con el Prof. Flechsig quién había quedado para Scheber como una referencia tanto para Schreber como para su mujer como alguien cercano a un dios (después Fleschig participará en los delirios como un dios). Pareciera que frente a la intranquilidad de Schreber quién ya tenía su persecución homosexual ante la cual reaccionaba violentamente y sus resistencias a quedar en la clínica de Fleschig, éste en un intento de calmarlo le dijo. que había nuevos métodos y que le iban a dar algo que lo iba a hacer entrar en un sueñito..., esto para Schreber se constituyó en la cristalización de la amenaza de ser sometido y humillado por hombre, lo que constituyó buena parte del delirio y del atroz sufrimiento de Schreber. Hay que hacer notar que el nombramiento como Senatspräsident se había constituido como un nuevo llamado a ocupar un posición en función paterna ya que sería el presidente del Tribunal superior cuyos miembros lo superaban holgadamente en edad. Quedó internado nuevamente en la Clinica de Leipzig el 21 de noviembre de l893, pero ya la relación con Fleschig había cambiado, ya había entrado este en el delirio de persecución y su permanencia en la clínica se hacía difícil y el 29de junio de l894 es trasladado al asilo de Somnestein.
El delirio de Schreber había sufrido una transformación ya que su relación persecutoria con los hombres y en consecuencia su fantasmática homosexual se había transformado en una relación privilegiada de amor con dios de quien mediante una emasculación y transformación en mujer daría a luz hombres schreberianos que sentarían una nueva humanidad. Su posición de humillación y rebajamiento moral mediante esta transformación había dado lugar a una posición megalomaníaca que se mantuvo así estabilizada.
Entre 1900 y 1902 escribe sus memorias que también estaban a dar cuenta de sus padecimientos y a servir a la ciencia y las religiones mediante los esclarecimientos que producía Schreber, A la par inicia la acción judicial para ser dado de alta, lo cual se efectúa el 20 de diciembre de 1902. En l903 se publican sus memorias.
En diciembre de 1907 es internado en el asilo de Dösen. Muere en abril de 1911.

Pedro Montagut

ESTABLECER DIÁLOGO

La premisa de inicio para que se abra la posibilidad de un encuentro, es estar ahí. Parece algo realmente obvio, pero no lo es tanto cuando se trata de encontrarse con aquello que se denomina psicosis. Frente a cualquier arquitectura conceptual y psíquica, proponemos siempre otra, la propia. En este contraste y según sobre que parámetros nos movemos se puede conectar de manera más rápida o más rápidamente quedar lo más lejos posible del discurso de nuestro interlocutor. Miedo, angustia, desconocimiento son factores que determinan la posibilidad del diálogo o más bien la concurrencia simultánea de dos monólogos. Asusta por lo general el miedo de lo que se siente, teniendo una noción de que lo que sentimos no lo elegimos, se siente y luego toca ver que hacer con ello. Dentro de lo que sentimos esta también aquello que nos transmiten los otros.
Siempre son barreras personales las que dificultan el acercamiento a al idiosincrasia de una fenomenología particular.

Para partir de la base en cualquier relación se toman las primeras interacciones existentes, sabiendo que la tendencia es a completar imaginariamente aquellos aspectos que no podamos ubicar en el momento. De aquí la dificultad en conocimiento acerca de las personas. Este modo de proceder resulta realmente importante englobado dentro de un encuadre terapéutico, no se trata de una relación cualquiera. Hay un motivo y unos objetivos. Dentro de estos primeros despliegues será interesante pode situar el material que hay en juego para trabajar. Existe una idea generalizada de empezar por lo que falta, ya que suele ser lo que más angustia, perdiendo la perspectiva de lo que ya hay.

Desde luego que no es conversar por conversar, no es un dialogo cualquiera, es un proceso de búsqueda de indicadores muy concretos sobre la experiencia vital de la persona. Esta desplegara mediante sus actos y sus palabras y la persona ubicada en la posición de analista intentará trabajar con aquello a partir de su experiencia personal en la vida y de su formación profesional.
Dentro del nivel de la relación hemos de tomar sus elementos constitutivos por un lado los actos, mientras que por el lado de la conversión tomamos los la lengua y el habla “la estructura misma del discurso psicótico, junto con el modo de diálogo del discurso que proponemos, constituyen una verdadera semiología en el sentido propio del término”.
Así estos indicadores o signos nos interesan no por su concreción a una referenciación de un estado o trastorno pensado en una dialéctica causa-efecto, sino más bien a su aspecto funcional dentro del contexto de los demás signos , donde incitan a buscar una red de significación. Para ello es necesario poder tomar esos signos tal y como se presentan sin relacionarlos a otros contextos (signos) que los del paciente (los propios por ejemplo) ya que esto nos aparta sustancialmente de la realidad clínica que se nos presenta. He aquí una importante dificultad ya que como sujetos a nuestra propia red de significaciones, estas se ponen en marcha automáticamente.

Otro aspecto importante a considerar es la aproximación a las psicósis en referencia al carácter objetivo de la experiencia de realidad, situando “la experiencia de realidad constituye un problema inherente a nuestra praxis y según la cual tal experiencia no es por naturaleza ni puramente objetiva ni puramente subjetiva” A partir de aquí esta la posibilidad de encuentro. El transitar por la experiencia barajando los elementos que nos acompañan, así como teniendo en cuenta los modos de funcionamiento que los determinan.
El compromiso atañe a las dos partes, del orden del analista a la hora de tener en cuenta los factores que se han indicado para que no imposibilite captar el código que se le transmite. Por la parte del sujeto esta la responsabilidad con respecto de su malestar y sobre todo la posición que el adopta sobre ello.

Zaragoza Abril 2007
David Gimeno Lanuza

LA TRANSFERENCIA EN / DE / CON / POR / HACIA / … LA PSICOSIS

Muchos autores han tratado de categorizar, explicar y definir la (o las) psicosis y sus fenómenos en función de su propio sistema simbólico de referencia, haciendo más hincapié en determinados aspectos de las dificultades del sujeto psicótico. Esto es hasta cierto punto lógico, ya que suponiendo que el autor no sea un psicótico, su sistema de referencia, presumiblemente neurótico y parcial, no va a poder dar cuenta de una totalidad que le resulta ajena, sino a partir de una cierta y limitada relación con algunos determinados aspectos del psicótico al que se pretende categorizar, explicar o definir, para los fines a que sirva nuestro presunto neurótico autor.

Ya desde los orígenes mismos del psicoanálisis, las controversias sobre la analizabilidad o no de los sujetos psicóticos, o la abordabilidad de los fenómenos de la psicosis ha estado en el candelero. El mismísimo Freud afirma que el psicoanálisis no puede aplicarse en sujetos psicóticos, en los que resultaría contraproducente y negativo. Algunos de sus discípulos, sobre los que llega a planear la sombra de la psicosis, se interesarán por los psicóticos y aplicarán a sus dificultades técnicas psicoanalíticas.
Lo ortodoxo o no del psicoanálisis con psicóticos, o niños, entre otras prácticas, abrirá décadas más tarde la distinción entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado.

Pero nuestro tema de hoy va más allá de si el trabajo con un sujeto aquejado por la (¿una?) psicosis es o no un psicoanálisis sensu stricto. ¿O no? En realidad, una de las dificultades que se nos plantea para pensar el trabajo posible con un paciente psicótico es el estatus que tiene el inconsciente, qué forma de transferencia es posible, y vía qué tipo de relación podemos intentar introducir alguna diferencia en un funcionamiento poco operativo (sería una forma eufemística de denominar un síntoma que hace padecer al paciente).
Claramente, nuestro propio sistema, tanto imaginario como simbólico y conceptual va a permitir mayor apertura o no en cuanto a las posibilidades de pensar a nuestro supuesto sujeto paciente, y esto no es sin efecto sobre el trabajo a realizar.

Tomando las obras de tres autores que durante el mismo siglo observaron pacientes en similares dificultades, nos encontramos con diferencias de bulto, que podemos tomar para pensar:
- Kanner encuentra en los autistas a sujetos muy perturbados sin apenas lenguaje con un extremo deseo de soledad.
- Asperger reconoció en ellos a sujetos con restricción en sus relaciones con el entorno, pero con un lenguaje bizarro, o con una particular simbolización, o el recurso al código matemático…
- Bettelheim explica estos trastornos por la inescapabilidad del sujeto ante situaciones exteriores muy aversivas, de las que el sujeto se defiende autoencerrándose, pero al mismo tiempo les atribuye una avidez de relación.

Es de fácil deducción y comprensión aventurar que, si el punto de vista de, en nuestro ejemplo, estos autores, es diferente, su observación, su interés y, por supuesto, su clínica no van a recaer sobre los mismos aspectos. Por lo que también podemos pensar que el sujeto sobre el que se pretende intervenir (sería entonces un sujeto o un objeto de nuestra intervención?) no va a ser el mismo.

Por supuesto, también podemos pensar sobre otras perspectivas clínicas que ven en estos perturbados un trastorno neuroquímico, un síndrome dopaminérgico, o …, como recurso a un código para construir (¿?) un sujeto (sujetado, en el sentido de Lacan de sujeto como aquel del que se habla) distinto en cada caso?

Entonces, como primer punto de reflexión, tenemos que la mirada del analista, del clínico, del observador, … MI mirada, puede estar orientada hacia determinados aspectos de aquel que se presenta ante mí, y que es mi relación particular con eso, que me muestra algunas cosas y no otras, la que abrirá (o cerrará) las puertas a lo que pueda dar paso… Desde este particular punto de reflexión arrancaba mi ambigua propuesta del título de la transferencia en, de o con la psicosis. Tal vez, yo, como sujeto supuesto neurótico, cuando me enfrento a algún sujeto supuesto psicótico, me encuentro no sólo con las movilizaciones +/- inconscientes (¿me habrá servido de algo?) contratransferenciales con ese posible futuro paciente, sino también con mi transferencia hacia la psicosis, no la psicosis que me trae el paciente, sino con La Psicosis, y lo que eso pulsa en mí.

Porque, como veíamos, si yo pensara que la psicosis de mi paciente es intratable, inmodificable, y que no hay estabilización posible, ¿qué podría regir mi trabajo con él o ella? Igual que es claro que si pensase en un conjunto de conductas a modificar o a extinguir, trataría de aplicar el método “adecuado”, la perspectiva de una posibilidad de apertura, de cambio, aunque sea de forma asintótica y muy en el horizonte, puede marcar un mínimo de ánimo y esperanza para iluminar un complejo trabajo desde el silencio aparentemente inmóvil, invisible.
Por esto, opino que siempre es preferible atribuirle alguna subjetividad a nuestro paciente, alguna potencia, aun desconocida para nosotros, que una clasificación inmovilista, inmovilizadora igualmente para clínico y paciente.
Esa experiencia de ser traído a escena por el paciente, de ser resaltado del fondo, sacado del paisaje, tras un periodo de aparente invisibilidad, nos devuelve la confianza en una orientación, en una prudencia, en una apertura a dejarse sorprender por lo inesperado, lo imposible, lo real.

Otro punto sobre el que me gustaría reflexionar es sobre la diferencia estructural (o no) entre neurosis y psicosis. Una visión continuista pretendería que existe un continuum neurosis – psicosis a lo largo del cual se sitúa y por tanto se puede localizar a todo sujeto. Pero la clínica nos muestra que no existe tal continuum, o que caso de poderlo formular, más o menos, no es sin discontinuidades que resulten insalvables. Uno no puede desplazarse por la barra de la neurosis hacia la psicosis o de vuelta sin tropezar.
Como tampoco hay ni siquiera similitud, parecido o continuidad entre la angustia tal como aparece en ambas estructuras. Aunque utilizamos el mismo término, angustia, creo que no obedece al mismo fenómeno, o al menos a una manifestación de la misma cosa.
La angustia en un sujeto neurótico parece referir o amenazar con la indiferenciación, con una cierta desaparición del yo, mientras que en psicótico, en el que no encontramos un yo diferenciado que pueda indiferenciarse, la amenaza que supone la angustia raya con la desaparición, la aniquilación, la pérdida de lo mínimo, de esos pequeños fragmentos que nuestro “sujeto” psicótico ha podido sujetar precariamente, a menudo por medio de un artefacto que supla la función fálica, que abroche con hilvanes su tejido…

En cuanto a la transferencia, si la pensamos como la relación inconsciente de un sujeto que atribuye …, es fácil pensar q no se puede producir la transferencia en la psicosis, o q caso de producirse, sea una transferencia que por psicótica pueda ser persecutoria, más o menos amenazadora, erótica… por relacionarse con el Otro.
Pero nos encontramos con fenómenos transferenciales en sujetos psicóticos. Se deberá esto, como algunos se aprestan a introducir, a una cierta parte neurótica que en todo psicótico cabe la posibilidad de hallar? ¿En qué quedamos, hay una estructura (tal vez no completamente cerrada, si puede admitir partes o aspectos de otras estructuras), o es un continuo a lo largo del cual se sitúa cada caso?
Al fin y al cabo, es un referente teórico que hace a la necesidad del clínico para comprender y asimilar los hechos de su práctica, pero como necesidad del clínico, tal vez atienda más a dicha necesidad que a la de la propia entidad de la psicosis y sus fenómenos, entre los cuales la transferencia tiene su propia realidad a trabajar.


12/03/08
Fernando Laguna

TRANSFERENCIA EN LA PSICOSIS

He elegido este título porque creo que define en muchos casos la posición particular de la transferencia con este tipo de pacientes. Cuando con la neurosis tenemos un sujeto/paciente que hace una demanda al analista, a un Sujeto supuesto Saber, con la psicosis tenemos un Sujeto supuesta Certeza, un paciente que sabe y un analista que se pregunta.

Esto se puede apreciar en el discurso analítico que aparece en la mayoría de estas curas; es diferente, esta invertido. Mientras en la neurosis en el lugar del agente tendríamos al analista en posición de objeto que se dirige al sujeto/paciente, en la psicosis el paciente se sitúa en el lugar del agente y por tanto, en posición de objeto, y el analista queda como sujeto dividido.

El paciente en este lugar, de certeza, de objeto causa, causa de enigmas para el analista, habla, y habla de la interpretación que da a lo que le pasa. Interpretación que casi siempre estará mediada por el delirio, el cual es su saber, en el lugar de la verdad de su discurso.

En la mayoría de los casos el sujeto psicótico no hace una demanda, aunque algunas veces puede hacerla en los momentos anteriores a una crisis, en los que tiene sensaciones, se asusta, se angustia, no tiene explicación para lo que le pasa y presiente la”locura”.

Si finalmente se produce algún tipo de lazo en la cura, éste será que el analista forme parte de ese delirio, es decir, el analista es tomado en el delirio del paciente. Se denomina a esto erotomanía, y se puede decir que es la modalidad de la transferencia en las psicosis.1

Sería conveniente que el analista supiera de las características antes mencionadas para actuar en consecuencia y no provocar un brote. Para esto deberá saber que cuando entre a formar parte del delirio, es posible que haga la suplencia del Nombre del Padre durante un tiempo hasta que éste pueda evolucionar.

El delirio estabiliza al sujeto psicótico porque suple a la función paterna faltante, y esto se ve en la temática de los mismos, normalmente en torno a la figura de Dios.
Creará la función del padre con su delirio ya que, a diferencia de lo que ocurre con las neurosis, en que la función paterna debilitada es sostenida por el síntoma, en este caso no existe Nombre del Padre que sostener, esta forcluido, y lo tendrá que crear.

Esto es importante para la transferencia y el tratamiento, ya que esta función, la del
padre, al ser inexistente tendremos un serio problema cuando la abordemos, y más si queremos restituirla.

Al quedar anclado en un primer tiempo Edípico imaginario con la madre, ya que el segundo, de la interdicción paterna, está forcluido, y por tanto el tercero de la
Castración también, se puede apreciar una falta de anudamiento simbólico.

Lo real y lo imaginario, entonces, actúan de un modo no atemperado por lo simbólico, lo que provoca un goce imperativo, al que hay que intentar poner límites, contener.
El analista, como ya he comentado antes, puede hacer de esa función durante un tiempo, hasta que pueda encontrar un síntoma, o a veces también un amor, que mantenga anudados los tres registros.

Entonces lo que nos queda es una “ortopedia imaginaria”que cumple una función estabilizadora, y cuando ésta falla es cuando se puede desencadenar la psicosis.
Este soporte ortopédico que en la cura analítica recae sobre el analista, ya que el paciente encuentra en él un espejo en el cual mirarse, suele preceder al de la tranferencia erotomaníaca, antes comentada, en la que el analista pasa a ser el otro del delirio ocupando una función paterna que estabiliza, hasta que pueda darse algún tipo de construcción fuera del analista que pueda hacerle de suplencia o soporte.

Hay que tener en cuenta también la diferencia que hay entre tratar a un paciente psicótico estabilizado, otro en plena crisis, uno que no las haya tenido todavía, porque puede cambiar el trabajo analítico.

El psicoanálisis con todo este trabajo, en el que la transferencia tiene unas peculiaridades que hemos visto, ofrece, a través de la escucha, otro discurso al de la psiquiatría que usa los medicamentos e internamientos como única forma de abordar el tratamiento, que, a mi parecer, no hace más que inmovilizar y procurar que el paciente no cause problemas; “como camisa de fuerza química”.


Mario L. Forniés Cardiel

Enero 23, 2008

Estabilizaciones y límites en las psicosis

Psicosis: Enfermedad mental caracterizada por delirios o alucinaciones, como la esquizofrenia o la paranoia (Diccionario de la RAE)
Psicosis: Trastorno de la personalidad que se describe como cualquier desorden mental grave, el cual puede tener tanto un origen físico como emocional y que está caracterizado por la pérdida de contacto con la realidad. Dicho desorden puede producirse con o sin daño orgánico (Diccionario de psicología y psiquiatría)
Psicosis: Estructura resultante de la forclusión, consistente en el rechazo primordial de un significante fundamental, que queda expulsado (forcluido) del universo simbólico del sujeto. Los significantes que sufren este destino retornan en lo real, en una alucinación o un delirio que invaden la palabra y la percepción del sujeto (Wikipedia)
En todo momento nos vemos obligados a definir las cosas, diferenciarlas y categorizarlas como modo de comprender el mundo. Esto es una necesidad humana debida seguramente a la capacidad limitada de nuestro sistema de procesamiento mental. Con ello conseguimos recortar el mundo, agrupar los sucesos en clases y simplificar la realidad.
No hay transferencia en la psicosis. Pero ¿en qué psicosis?
Resulta difícil imaginarse que la transferencia que tan bien opera del lado del neurótico pueda obrar de la misma manera en el caso de un individuo en donde ha fallado el significante primordial, el límite, el recorte, la castración lacaniana. Difícil establecer un lazo afectivo en donde no hay un sujeto, ni una capacidad de simbolización. Pero no hemos de olvidar que la categorización que tan alegremente establecemos para comprender la realidad, ésta que nos lleva a la realización de diagnósticos dicotómicos es, a poco que queramos precisar nuestra comprensión, engañosa.
“Durante estos años (diez) hemos visto una serie bastante grande de personas que tenían brotes psicóticos perfectamente auténticos, después de ocho o nueve años de análisis, para total sorpresa del analista” (E. Laurent)
¿Cabe pensar que el analista ignoró ciertos fenómenos elementales que debieron haberse manifestado en las primeras entrevistas? ¿O que el curso del análisis en su desmontaje de la fantasía neurótica, lleva a desanudar algo de los tres registros (real, simbólico e imaginario) de una manera fatalmente desestructurante? La caracterización del análisis como interminable ¿no llevaría, “in extremis”, a desmontar la cadena de significantes hasta el punto de conducir al sujeto de vuelta a la estructura de personalidad de un bebé?
“En todo neurótico hay un núcleo psicótico” II Jornadas de psicoanálisis aplicado (Caspe)
Se ve también en la clínica, que sujetos perfectamente neuróticos sometidos a una situación de presión y estrés, caen en una posición realmente desestructurada (sobre todo paranoide), hasta el punto de ser diagnosticados y tratados farmacológicamente como psicóticos.
Desgraciadamente lo contrario no es cierto, pero casi: Si bien es posible una regresión psicótica en un neurótico, al revés es obviamente imposible; dado que el psicótico nunca ha llegado a consolidar una posición neurótica, no hay neurosis a la que regresar.
Pero que no haya habido una posición neurótica estable, no descarta que en ciertas parcelas de la personalidad haya cierta estructuración. No se ha consolidado S1 → S2 pero el lenguaje habita en el psicótico, como en el caso de “la marrana” y tantos otros desencadenados por un significante. No hay prohibición del incesto, ni separación simbólica de la madre, pero sí separación real entre sus cuerpos.
“Siempre hay una parte sana, neurótica, en los psicóticos” (Pepe Ibáñez, del Instituto Pere Mata de Reus)
El psicodiagnóstico mediante el test de Rorschach, muestra una estructura claramente neurótica en sujetos, como el mencionado antes, que han tenido una desestructuración por estrés. Es la llamada psicosis reactiva breve o transitoria. Y por otra parte, en todos los protocolos de psicóticos aparecen algunos indicios de neurosis, esta “parte sana”, diríamos neurótica que comenta Pepe Ibáñez.
¿De qué psicosis estamos hablando cuando decimos que no hay transferencia en la psicosis? Seguramente de una psicosis pura, hipotética y teórica. Seguramente de algo que solamente nos sirve para entendernos, para diferenciar y catalogar a las personas. Seguramente de algo que no existe.
El tratamiento, tanto medicamentoso como terapéutico, debería realizarse como si dijéramos a la carta. Renunciar a este afán clasificatorio y simplificador e indagar en la estructura de cada paciente para poder ubicarlo en un continuo neurosis–psicosis en donde el sujeto puede estar más o menos cerca de uno de los dos polos (y es imprescindible saber de cual) pero nunca puede llegar a estar en ellos. Nunca será un neurótico puro o un psicótico puro.
Si tomáramos este punto de vista, deberíamos reformular nuestra afirmación: claro que hay transferencia en la psicosis.
En tanto en cuanto hay algo de neurótico en un psicótico, es posible la transferencia. Y no estoy hablando de la erotomanía postulada como sustitutiva de la transferencia en estos sujetos, sino de una transferencia neurótica. Débil, vale. Rudimentaria y primitiva, de acuerdo. Pero la hay.
Así se observa en los casos de psicosis que “pasan” (la mayoría más bien son pasados) por la consulta, y en algunos de los que podemos encontrar en centros psiquiátricos. El trabajo, por supuesto, no será interpretar dicha transferencia o desde ella, ni desmontarla. Habremos de considerar que es ahora el más valioso de los fenómenos de un sujeto psicótico en lo relativo a su estabilidad.
Todo esto nos abre un nuevo interrogante con el que dejaré paso a los escritos de mis compañeros. Si hay transferencia en la psicosis ¿cómo se trabaja con ella? quizá se podría únicamente señalarla, quizá sostenerla o fomentarla, quizá ni siquiera mencionarla… ¿Es realmente algo positivo que se produzcan estos precarios fenómenos transferenciales en cuanto al tratamiento psicoterapéutico se refiere?
Zaragoza, a 16 de enero de 2008
Laura Gómez Tomás y
Miguel Cañete Lairla

Mayo 16, 2007

¿Por qué el psicoanálisis?


Pedro Luis Montagut

Una pregunta llama a una respuesta que por otro lado ya está contestada en la pregunta misma, lo que podríamos llamar las razones del por qué. ¿ Pero podríamos interrogar las razones del por qué del psicoanálisis?. No es lo que el psicoanálisis nos enseña. Las razones son aquello que cierra la aventura de lo desconocido y lo desconocido es lo que nos mueve, sin saber que nos mueve. Tal vez sea preferible decir desde el psicoanálisis, desde el psicoanálisis miramos lo que podríamos llamar “la encrucijada crisis – globalidad”; ¿y el sujeto?.
La propuesta es mirar a partir de un rodeo, rodeo arbitrario cuyos reparos están probablemente más ligados a mi inquietud que a la realidad de los hechos y por lo tanto lo que aquí presento es un punto de vista que quiero compartir con uds..
Cuando mencioné al sujeto me refería al sujeto del inconsciente, inconsciente estructurado como un lenguaje, que habla por sus formaciones, sujeto a la lógica del significante y que se revela en las discordias del discurso.
A este sujeto y en esta encrucijada, es que me refiero.
Pero quiero situar esta encrucijada de la crisis y la globalidad, partiendo de lo que llamaría un doble movimiento de la ciencia actual que iría de la computadora natural a la artificial, y de esta nuevamente a la natural.
La hipótesis es que en este doble movimiento, el sujeto del inconsciente, como sujeto deseante, está amenazado.
Con el progreso de la biología molecular, se pudo descubrir que aún los organismos más elementales, estaban constituidos por complejos sistemas de computación de datos y de ordenamiento de los mismos, no solamente en el reino animal sino también en el reino vegetal y aún se podría especular su existencia en el reino mineral; y que este sistema de computación interactuaba con el medio.
Podría llamarse a estos sistemas incluyendo al ser humano, el sistema más evolucionado, sistemas naturales de computación.
Como contrapartida se puede hablar de sistemas artificiales de computación, , cuando nos referimos a los sistemas de computación – ordenamiento de datos creados por el hombre. Y se puede marcar una diferencia: mientras que los sistemas artificiales desprecian al ruido, en tanto su ideal es: máximo de eficacia, velocidad y economía, y esto constituye un ideal de maximización del sistema, los sistemas naturales utilizan el ruido y a partir de él hacen constantes reprogramaciones. No están afectados por el tiempo en el sentido que estas reprogramaciones pueden demandar larguísimos períodos, que pueden llevar a caducar sistemas y generarse nuevos como formas de interacción con el medio, interacción mutuamente transformadora.
Y en algún momento la tragedia en lo viviente: una noción de existencia; y se hizo causa, causa para una explicación, y cómo podría explicarse lo inexplicable: el padecer, la vida muerte, sino por la mala o buena voluntad de los dioses, de algo puesto en un más allá donde anidara un saber que diera cuenta de lo imposible.
Y después fue la ciencia que explicó lo explicable, pero dejando ese más allá para un verdad imposible.
A partir de la ciencia la tragedia humana se redobló, porque minó la creencia en lo sobrenatural y a cambio ofreció el consuelo de la intrascendencia.
En su Tratado El método – La naturaleza de la naturaleza, Edgard Morin hace algunos comentaros iniciales acerca de la cibernética, destacando su originalidad:
1) concebir la comunicación en términos organizacionales;
2) unir comunicación y mandato informacional
Este modelo fue aplicado al ser vivo, fue considerado como una máquina mandada, controlada, gobernada por un programa inscripto en el A.D.N.; el dispositivo de los genes y el sistema neurocerebral de los organismos más desarrollados podían ser considerados ordenadores que computan información.
Decía Morin: “”De hecho la cibernética no se constituía en “la ciencia de la organización comunicacional”, sino en la ciencia del mandato por la información y ocultaba el poder escondido bajo el mandato”.
Así, el énfasis en la genética tendería a retener al ser humano en este –nivel máquina- controlado por un programa inscripto en el A.D.N.
Esto puede entenderse como el segundo movimiento de la ciencia computacional. A partir de los sistemas naturales de computación, abiertos al medio y marcados por su aprovechamiento del ruido del sistema y afectados interaccionalmente, la ciencia cibernética vuelve sobre el ser humano para imponer un sistema restringido de lenguaje binario, donde está privilegiado el ordenamiento por el mandato.
La primacía cerebral izquierda con hiperpregnancia de la figura en desmedro del fondo (cerebro derecho), tiende en el ejercicio de poder que esconde el mandato comunicacional y en beneficio del sistema operante, que a diferencia de los sistemas naturales que no tienen finalidad sino local, responde a una finalidad constituida por la voluntad de poder que se esconde detrás del mandato, tiende al sojuzgamiento del sujeto.
En este sentido es demostrativo el giro que ha dado la O.M.S. en la clasificación de las enfermedades psiquiátricas. Han desaparecido los diagnósticos que marcaban posicionamientos del sujeto: Histeria, Neurosis obsesiva, Perversión, y en su lugar se tipifican: perturbaciones; o sea, alteraciones de un funcionamiento que se reparará con la supresión farmacológica o de ingeniería genética; o se desechará la máquina.
Se elimina así una dramática a ser escuchada, no hay allí un sujeto del inconsciente que nos hable a través del síntoma, por esa discordia del discurso que sustenta el diálogo analítico.
De esta manera el sujeto quedaría condenado a su desaparición, por antieconómico y porque en tanto ruido atenta contra la maximización del sistema.
El sistema en la globalidad parecería estar empeñado en la coerción para la autoconservación de su estructura hiperproductiva de bienes y servicios, lo que hace a un sistema autorregulable y que coloca al sujeto en la posición de hiperconsumidor; sistema donde aún las alteraciones del funcionamiento de sus miembros genera nuevas formas de hiperproducción e hiperconsumo. Los miembros del sistema se habrían transformado en hiperconsumidores de bienes y servicios de salud.
A este sojuzgamiento del sujeto, tal vez podríamos pensarlo con el modelo de la bulimia-anorexia.
Frente a un modelo que coerciona a consumir indiscriminadamente, la alternativa podría ser:
Un polo de identificación imaginaria al objeto: come todo “es”,
pertenece al sistema;
un polo en el extremo opuesto, aferrado al sujeto: come nada “no es”; cae del sistema en la marginación, y aún en la muerte.

Abril 11, 2007

EL SÍNTOMA PSÍQUICO


He elegido este tema como posible argumento para intentar dar alguna respuesta a la gran pregunta que nos aborda este año en el seminario de formación interna. El sufrimiento mental tiene aquí un posible tratamiento o abordaje que desde mi saber se me apetece como el más conectado, o apropiado, con lo referente a tan enigmático, por lo característico de cada sujeto, acontecer.

Se le ha denominado “cura por la palabra”; hablando es como un sujeto descubre su inconsciete, mediante los –lapsus- que, siempre por sorpresa, significan algo para él y le permitirán recordar aquello que reprimido, es causa de sus síntomas y sufrimiento actual.

El analista se encarga de dirigir la cura, permitiendo en todo momento ese habla del analizante y ese análisis “lapsual” que le llevará, en el mejor de los casos, por los entresijos, menos accesibles, de su discurso sintomático.

Para que este trabajo surja es necesario un vinculo, un lazo afectivo, que podemos llamar transferencia. El analizante llega a la consulta con una demanda, una demanda de amor, que siente que le ha sido negado desde siempre, y que en el transcurso de la cura pasará de ser motor, a ser resistencia. Esta vertiente “resistencia” es la del saber; ¿saber qué?: que eso que demanda no se lo puede dar el psicoanalista, no porque no quiera, sino porque ni él ni nadie puede.
Ésta frustración generará odio y resentimiento, y será trabajo, tanto del analista como del analizante, el enfrentarse a ella.

En cuanto al analista, será con su propio análisis, supervisiones, formación teórica, con lo que afrontará los avatares de la transferencia. También, y del modo en que nos enseña Freud en sus escritos, a partir de las fisuras, contradicciones, impasses, es como se puede obtener una enseñanza, sobre todo la de saber que ser psicoanalista no es tarea fácil.

El psicoanálisis surgió del apremio médico; respondió a la necesidad de auxiliar a los enfermos neuróticos que no hallaban alivio alguno en el reposo, las curas de aguas o la electroterapia.1 De esta manera y trabajando sobre la génesis de los síntomas patológicos, se fue alejando de su vertiente corporal y aproximando al contenido anímico de todo sujeto humano, también de las personas sanas, normales e hipernormales.


1. Prólogo para un libro de Theodor Reik (1919), S. Freud

De ahí se fue extendiendo la aplicación del psicoanálisis al entendimiento de lo “cultural”; en relación con las neurosis, el histérico visto como el poeta, cuyas fantasías lejos de estar expresadas para ser entendidas por el otro, lo están para aliviar estados de ánimo propios, o el obsesivo con su ceremonial y las prohibiciones que le procuran una auténtica religión privada.

A todo esto añade Freud y yo lo comparto, que los enfermos emprenden, aunque de manera asocial, los mismos intentos para solucionar sus conflictos que, cuando son realizados válidamente para una mayoría, como en la poesía(arte en general), religión y filosofía –añade él refiriéndose a la paranoia y sus formaciones delirantes-.

Siguiendo por este recorrido, de título ¿para qué el psicoanálisis? con subtítulo el síntoma psíquico, podríamos comentar algo sobe la historia de la literatura y de la religión.
Parece ser que en cuanto a la elección del material, en concreto en la creación dramática, tiene un peso especial la actitud afectiva hacia los padres, el llamado complejo de Edipo en psicoanálisis, “mediante cuya elaboración en las más diversas modificaciones, desfiguraciones y disfraces, el creador literario procura tramitar su propia y más personal relación con este tema afectivo.“1

Para el estudio psicoanalítico de la vida religiosa, Freud pone sobre la mesa, en “Tótem y tabú” (1912-13), cómo arrastran las religiones el mito de la horda primitiva; En un principio hubo un Padre-Jefe de la horda que ejercía su poder hasta que sus hijos lo mataron y así, por fin, ser libres pero, como reacción a este crimen surgieron las alianzas sociales, las limitaciones morales y la religión (en su forma más antigua: el totemismo). Este patrón se ha ido repitiendo a lo largo de la Historia, y hoy en día tenemos religiones basadas en, borrar aquel episodio criminal, introduciendo otras soluciones a la lucha generacional, y en repetir una vez más la eliminación del padre.

Estos han sido algunos estudios, que espero contesten, en parte, a la pregunta que nos hicimos este año en formación interna, y creo que el síntoma psíquico y la formación sustitutiva neurótica han servido también a este propósito.

(11 de abril del 2007)

Mario Forniés

Marzo 14, 2007

Algunas reflexiones sobre el juego y dificultades relacionadas…


“La ocupación favorita y más intensa del niño es el juego. Acaso sea lícito afirmar que todo niño que juega se conduce como un poeta, creándose un mundo propio, o, más exactamente, situando las cosas de su mundo en un orden nuevo, grato para él. Seria injusto en este caso pensar que no toma en serio ese mundo: por el contrario, toma muy en serio su juego y dedica en él grandes afectos. La antítesis del juego no es gravedad, sino la realidad. El poeta hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio; esto es, se siente íntimamente ligado a él, aunque sin dejar de diferenciarlo resueltamente de la realidad.[1]”

El juego[2] es una experiencia vital, una actividad fundamental no sólo del periodo de vida pre-escolar, sino de toda la vida del ser humano. Los distintos teóricos que han trabajado esta concepción del juego infantil (Winnicott, Lieberman, Piaget, Jackson…), han señalado distintas características de éste, de las que podemos señalar:
• El juego es placentero y divertido
• No tiene metas o finalidades extrínsecas
• Es espontáneo y voluntario, no obligatorio
• Implica cierta participación activa por parte del jugador
• Establece conexiones sistemáticas con lo no - lúdico
• Implica confianza
• Compromete al cuerpo
• Supone una excitación corporal y su sentimiento de existencia física
• Es satisfactorio
• La excitación que produce no es excesiva
• Pertenece a una zona intermedia entre la realidad interna del niño y el mundo exterior, compartido con los demás…
• El juego no es una realidad psíquica interna, pero no es del mundo exterior
• Implica un alto nivel de concentración, sin que el contenido manifiesto importe
• El juego experimenta una evolución en relación con el desarrollo del niño
• …

Pero en esta actividad vital que implica el juego, la experiencia es diferente según el punto de vista sea el del niño o del adulto (también podemos tomar la visión “interna” o “externa” del juego, el jugador y el observador)
Desde el punto de vista del niño, encontramos un interés mantenido, una concentración en la acción, la investigación, el júbilo del dominio corporal, del control sobre las consecuencias de la acción, creación y construcción, …, como hemos apuntado ya.
Desde la visión del observador, no es infrecuente encontrar depreciaciones de dicha actividad infantil (dicho calificativo esconde ya un matiz peyorativo no sólo dirigido al adulto, sino a veces también, paradójicamente, a lo que hacen los niños…), de modo que el juego es visto como algo no útil, práctico o funcional, algo sin un sentido claro, absurdo a veces, ficcional, no conectado necesariamente con la realidad, algo divertido (por lo que puede resultar sospechoso…)…
Hemos de aclarar que sabemos que no es éste el punto de vista de todo adulto, pero nos interesa trabajar sobre estas dificultades, por lo que nos centraremos en estas concepciones peyorativas del juego.
Igualmente, si decimos que el adulto no sabe, no quiere, pensar, jugar, etc., de otra forma, no pretendemos negativizarlo, rodeándole de una atmósfera de malignidad, sino que apuntamos a que existen dificultades, por las que no puede hacer de otro modo, y queremos investigarlo para encontrar orientaciones de nuestro trabajo con ellos.

¿Por qué piensa así nuestro adulto?
La desvalorización del niño y su mundo, algo (aún) no inscrito en la cadena de producción que comanda la sociedad, señala todo lo relacionado con el ocio como algo negativo o sospechoso si no está articulado a un elevado coste (goce) necesario para poder optar e él. Pero incluso el ocio adulto está articulado, regulado, y orquestado de un modo radicalmente distinto al juego en la concepción que estamos utilizando.
En el niño, y en todo lo que se pretende que haga, no haga, tenga o deje de tener, se proyectan deseos, fantasías, esperanzas, … del adulto, que pretende vehiculizarlos en el niño: “que haga lo que yo quería hacer”, “que tenga lo que yo no tuve”, “que sea como yo”…
La vergüenza a perder las formas, a mostrar parte de las intimidades inconscientes de uno también dificulta la seguridad ambiental necesaria para esa actitud lúdica que precisa el juego. Podríamos pensarlo con Winnicott como una incapacidad para proyectar-se, para la creatividad, la imaginación, para diluir el ser en un “como si”,…
La no consciencia de los deseos propios, reprimidos, y de las actividades que implican un disfrute pulsional “infantil”, relacionado con otros goces prohibidos, que apuntan hacia el incesto.
El adulto tiene a menudo dificultades para acceder al propio niño en él, a identificarse proyectivamente con el niño, y ver las necesidades y pulsiones propias, por lo que el juego del otro le resulte envidiable (ver Melanie Klein), o amenazador (para el control ya “conseguido” sobre estas mociones infantiles). La agresividad especular provocada por la contemplación del disfrute extraído del juego revertirá sobre uno u otro de los personajes.
Al adulto le ha podido ser imposible producir ese “estar solo”, esa zona de transición, la constitución de la función del juego, creadora y recreadora.

¿Cómo influye la forma de pensar del adulto en el juego del niño?
Hemos dicho que la presencia de un adulto “segurizante” es importante para la constitución de un buen espacio de juego. Para poder separarse hace falta haber estado lo suficientemente “pegado”, un mínimo de tiempo…
El valor que el adulto da a la figura del niño, a su capacidad, su actividad, su mundo…, es básico para poder aportarle unos referentes a los que poder alienarse… Que los significantes aportados para la constitución sujetiva sean más o menos optimistas, también influye, claro.

Pero a menudo, el adulto no puede dejar jugar “libremente” al niño. ¿Por qué?
Tenemos casos en los que, por las fallas biológicas, narcisistas,…, el deseo de los padres y las instituciones que participan en el desarrollo del niño va por otro lado: lo educativo, lo sanitario… (en el mejor de las casos)
En otros casos, las prohibiciones relacionadas con el Deseo inconsciente de los padres pueden influir en restringir algunas áreas de interés del niño, como por ejemplo, “lo sucio” Esto, presumimos, no deja de tener sus efectos, por la transmisión de algo de la represión, de la falta…
Veíamos la dificultad que supone la no implicación adulta en el hacer del niño. No se permite una zona de inclusión recíproca, una zona de intercambio, frontera yo no-yo, la transición está complicada.

¿Puede pensarse que el juego hace síntomas o es el niño quien tiene síntomas en sus juegos? ¿Qué síntomas hace el juego del niño?
M Klein nombra la inhibición, estereotipia, ausencia de vínculo, rechazo, indecisión, ausencia de participación, falta de iniciativa, de imaginación, obsesionalización, impulsión, torpeza… como algunos de los trastornos del juego, en su clasificación de los diferentes trastornos que presenta el niño.
También hace hincapié en los trastornos escolares (inhibición de las tendencias epistemofílicas), trastornos del sueño, de la alimentación, y los trastornos funcionales.
Como signo inquietante, Klein dedica mucho tiempo al exceso de conformismo, de sensatez, de sumisión, etc. [3]

¿Qué consecuencias tienen en el psiquismo del niño estos trastornos en el juego?
La personalidad del niño se va construyendo a medida que todos los pequeños grandes pasos que va dando se asientan. Por ello, si encuentra dificultades en la adquisición de autonomía corporal, de la construcción del mundo inmediato, de los vínculos intersubjetivos, de la relación con el espacio y el tiempo…, esto va a formar parte de la estructura.
Podemos encontrar que todo esto, pensado desde el déficit, o la inhibición de lo relacionado con lo lúdico, en el sentido más amplio del término, va a tener su incidencia en la producción, re-producción, creatividad, re-creación/es … y pueda causar problemas con la construcción y re-construcción, la organización espacio-temporal, la relación causa-efecto…




(14 de marzo de 2007)


Yolanda Ginés y Fernando Laguna


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[1] El poeta y la fantasía. S. Freud.
[2] Vamos a tomar aquí el concepto de juego en la significación Winocottiana de playing, el jugar, y no tanto a la traducción literal, de game, del juego.
[3] Las psicoterapias del niño. Jacques Chazaud.

Febrero 1, 2007

Entre conexiones……..

Una nueva manera de pensar, las dimensiones que se juegan en la relación terapéutica, aparece allí donde se tiene en consideración la dimensión inconsciente. Donde la esposa de Breuer señala a su marido, que hay algo más que el interés científico, en el tratamiento que esta ofreciendo a esa joven atractiva e inteligente.
Observar y reconocer sobre lo que sucede en la situación analítica y el tipo de relación que se establece, supuso el avance de la técnica en psicoanálisis dejando atrás otros procedimientos como la hipnosis. Aparece una vertiente afectiva, que fundamentalmente siempre estuvo, pero no era posible reconocerla como tal y sobre todo, la posibilidad de situar su influencia dentro del proceso.
Este hallazgo, resulta fundamental y queda de este modo, como fundamento. Cada vez que se inicia un tratamiento, la labor de averiguar cuales son las claves definitorias del vínculo es un eje principal, el lazo que se establece entre el paciente y analista. De ello y de otros factores va a depender la posibilidad de tratamiento.
Se abre la puerta a la narrativa y la historia de los sujetos, ellos despliegan y repiten sus modos de relación elaborados a lo largo de su vida. Se van incorporando nuevos objetos. Situados en un plano diferente a la razón o la consciencia.

Las dificultades, para moverse dentro de los lugares en los cuales va instando el paciente al analista, son referidas por Freud como muy comprometidas, sobre todo allá donde se despliega la cuestión del enamoramiento. Como responder o desde donde, en caso de que hubiera que hacerlo. Es uno de los retos, que más trabajo va a llevar en la formación del analista, va a llevar todo el tiempo que se ejerza como tal. Cada paciente tiene su historia y su fantasma. Es siempre el nuevo reto.
Tiempos antes de los desarrollos de la teoría psicoanalítica, pasan desapercibidos esos pequeños detalles que dan cuenta de la dimensión que excede a la consciencia. El analista, en su recorrido de formación va a ir descubriendo, en primer lugar, a través de su propia experiencia de análisis donde despliega su propio juego transferencial desde un lado, posteriormente desde el otro lado. Existir en las dos posiciones, posibilita una concepción y comprensión más global. Tener la dimensión de la trayectoria. Ser consciente, del tipo de relaciones que propone a los demás alguien que se postula como analista, es imprescindible.
Solamente desde la vivencia, de haber pasado y atravesado algunas experiencias constitutivas, es desde donde se habilitan las posibilidades de acompañar a otros en el transcurso, de otro modo aparece lo insostenible. Nos encontramos con las resistencias que defienden la homeostasis de lo no elaborado por parte del analista.

Varios son los factores, que se ponen en juego en el lazo afectivo, intenso, automático, inevitable y que reactualiza elemento significativos de la organización subjetiva del individuo. Freud plantea “ son nuevas ediciones, copias de tendencias y fantasmas que deben ser despertados y hechos conscientes por el progreso, y cuyo rasgo característico es reemplazar a una persona anteriormente conocida por la persona del analista”.
Dos de los factores marcan tendencias mayormente influyentes, por un lado, aquellos que se denominan de transferencia positiva, englobados el la dimensión amorosa y que suelen ser facilitadotes del trabajo analítico. Van permitiendo ahondar en el material que es desplegado por el paciente, este puede ir expresando más aspectos e ideas sobre su vida. Mientras, que por otro lado, estarían los del lado opuesto, los negativos, afectados de la agresividad hacia el objeto, que pese a ser indicadores del establecimiento de transferencia, pueden resultar sendos problemas para el avance del proceso.
Una observación cotidiana, sobre los fenómenos que acontecen en las relaciones entre personas, puede hacerse en cualquier ámbito donde se produzca interacción de las mismas, la dificultad radica en la descripción, posible explicación y manera de atribuir a lo sucedido. Desde el malentendido, hasta las formas más extremas de amor u odio.
La particularidad de cura analítica, viene dada por el proceso del desarrollo de su técnica y de su práctica, así mismo de los planos funcionales en el psiquismo humano que contempla. En referencia a un primer orden, esta la evolución del método desde la sugestión y la hipnosis, ambas dos, mediadas por fenómenos transferenciales. En ellas, no es reconocida (más bien a partir de sus efectos y fenómenos ) la operatividad como tal, del mecanismo donde la representación inconsciente, inadmisible en la preconsciencia, alcanza su expresión quedando asociada a otra representación de carácter neutro que si es admisible en el plano consciente.
Freud plantea esta analogía de desplazamiento, como la transferencia sobre el analista de esas representaciones inconscientes. Como el analista, es incluido en las series psíquicas que el paciente tiene ya formadas. Donde habitan los prototipos de las figuras parentales.
Dichas figuras investidas de manera ambivalente (ambivalencia que se reproducirá en la situación analítica) influido por la configuración pulsional del individuo en cuestión.


David Gimeno Lanuza.
Febrero 2007.

Enero 10, 2007

A vueltas con la transición

Si tu madre no te ha sonreído,
de nada servirá que lo hagan los dioses.


Entendemos que cuando Winnicott habla de objeto (y fenómeno) transicional, se refiere a aquellos que posibilitan una transición. Obligados estamos a preguntarnos cuál es el tránsito que se realiza, si debe realizarse y si es tal que sin él vamos a entorpecer nuestro devenir en humanos.
Son varios los autores (J. Lacan, Leo Vigotsky) que plantean la necesidad del lenguaje para la constitución del sujeto. Un sujeto mayormente social, en tanto que sujeto a su relación con los otros y con los significantes que le preceden y que (si todo va bien) le seguirán. Ese sujeto que construye la consciencia de sí mismo a través de la interiorización de un lenguaje que le permite una simbolización de la realidad (que en ese mismo momento de ser simbolizada deja de ser real) y la contrucción de un mundo ficticio, un mundo imaginario del que esa misma noción de “yo” va a estar fundamentalmente nutrida.
En esta ocasión vamos a plantear que este tránsito no es sino un tránsito desde el llamado narcisismo primario al narcisismo posterior o secundario. Ambos términos poco perfilados en sus límites pero que claramente apuntarían al mundo de la llamada célula narcisística (estado de fusión entre el bebé y el mundo) el primero y a una situación posterior en la que es posible la existencia de objetos separados e independientes; entre los que incluimos por supuesto la madre y el resto de seres que el bebé puede reconocer como separados de él y con entidad propia.
Vamos a llamar X a nuestro bebé que comienza su transición desde la célula narcisística (o antes incluso si consideramos que está ya inscrito en la novela familiar), ante la dificultad que supone referirse a un ente cuya noción de sí mismo va a cambiar radicalmente en este recorrido que vamos a hacer junto a él. X además para remarcar la indefinición primera y la volubilidad posterior a la cual va a estar sometido, ya que la diferenciación entre lo que es y lo que no es va a costar unos cuantos meses de ser alcanzada. Y eso si todo va bien.

Tenemos pues a nuestro caso X en su célula narcisística, especie de magma en donde todo está fusionado (su cuerpo. los otros, los objetos, las necesidades y satisfacciones..) y sobre todo unas pulsiones que no entienden sino de ser satisfechas y que pugnan por serlo a cualquier precio. No importa nada más, porque nada más existe aún.
La madre, el pecho (o el biberón pese al decir de Winnicott ya que el cuerpo y los deseos de la madre siguen estando presentes) los juguetes y la cuna, las carencias y gratificaciones… están entremezcladas con él sin discontinuidad alguna.
X está en lo real, los objetos sin recortar, nada está simbolizado y nada permite demorar la gratificación sin pagar un alto precio. Estado de omnipotencia y Gestalt, tan necesario inicialmente, como necesario será su gradual y progresivo abandono: el tránsito.

Postulamos que a lo largo de este tránsito es en donde se van a anclar con mayor o menor fuerza (y por este orden) las psicosis, las paranoias, las psicopatías y las perversiones.

Dicho en plural porque ni son todos los que están ni están todos los que son, ya que nos decantamos por una clasificación psicodiagnóstica que es ni más ni menos una cuestión de grado, esto es, cuantitativa respecto al déficit en el tránsito de un narcisismo a otro.
Así pues, nos encontraríamos que en las psicosis hay una estructura que tiende a funcionar mayormente de esta manera como se plantea en el narcisismo primario.

Comienza el tránsito. X empieza a delimitar donde termina su cuerpo y donde empieza lo demás, entramos en los fenómenos transicionales, en donde los objetos que precariamente comienzan a recortarse tienen aún una única función: la satisfacción pulsional. Así, X chupará la sábana de su cuna para calmar su voraz pulsión oral alucinando el pecho materno, y comenzará a introyectar los objetos que como el pecho, el biberón.… le producen satisfacción (los llamados objetos buenos) y a proyectar los objetos que le producen malestar como la cuna mojada, la tripa cuando le duele, e incluso el mismo pecho materno cuando está ausente y lo necesita (son los objetos malos). Terreno abonado para la paranoia.
La diferencia de esta etapa respecto a la anterior es que, aunque parciales y precarios (M. Klein), hay objetos. Escindidos en ideales y persecutorios, todavía sin límites claros entre lo de afuera y lo de adentro, entre lo propio y lo ajeno. Pero hay objetos. X pugna por colocarse del lado de “los buenos”, identificarse con lo que le produce placer y satisfacción, pero la precariedad de su mundo le hace imposible todavía una estabilidad.
El ser está en juego, es el funcionamiento de las psicopatías.

Estamos a las puertas del narcisismo secundario. Una madre suficientemente buena, ha de permitir el surgimiento de los objetos tal como son: a veces buenos y a veces malos, a veces presentes y a veces ausentes. Y en la ausencia: la simbolización.
Sólo se simboliza lo que no está, lo que falta. Porque no hay necesidad de simbolizar lo presente. La simbolización permite evocar lo ausente, permite hacer “como si” estuviera. Lo mismo desde el juego simbólico como posteriormente desde el lenguaje, X va a poder representar lo que no está, atribuirle propiedades que no tiene o incluso crear lo que no existe. Objetos transicionales que le permiten soportar la ausencia de la madre, del pecho, de la gratificación. Separación definitiva entre sujeto y objeto: X ya es. Los objetos también. Pero no todo objeto puede representar la ausencia y calmar la angustia, no todo objeto sirve como objeto transicional y la crisis se juega ahora en el tener o no tener el objeto adecuado.
En ese tener o no tener en el que el perverso se ubica y que todavía ha de jugárselas con el Edipo y la castración. Aún queda camino por recorrer, pero la transición ha terminado.

Bien o mal. Este amanecer a lo humano, que es como una especie de corte simbólico del cordón umbilical, es el que nos deja como sujetos más o menos “armados” en nuestra relación con el mundo. X podrá ser uno más (siempre relativamente) o depender de otros o de los objetos que posea. Incluso en el caso del éxito de la neurosis esto va a ocurrir en mayor o menor grado. Pero una dificultad notable en el establecimiento del narcisismo secundario nos va a dar un notable déficit en la estructura del sujeto como tal. El psicópata depende de su víctima como el perverso de sus objetos.

Desde la clínica, podemos entender que el exagerado “egocentrismo” que se observa en estas estructuras, no es sino una sobrecompensación al déficit en su constitución como sujetos. Que esa violencia, ese sadismo, frialdad y falta de sentimientos, tiene su origen en un fallo en su constitución como humanos, en su construcción como sujetos, como semejantes, como personas. Los otros son solo un instrumento de satisfacción inmediata, y en el peor de los casos, una amenaza a la precaria integridad.

Espero que este escrito nos sirva para escuchar el grito desesperado que estas estructuras poco estructuradas lanzan por doquier: “Yo soy…”


10 de enero de 2007
Miguel Cañete Lairla