Aberastury Arminda
(1910-1972). Psicoanalista argentina
fuente(1)
Pionera del movimiento psicoanalítico argentino, Arminda Aberastury nació en Buenos Aires, en
el seno de una familia de comerciantes por el lado paterno, e intelectuales por el lado materno.
Su tío, Maximiliano Aberastury, era un médico famoso, y su hermano Federico estudió psiquiatría
teniendo como compañero a Enrique Pichón Rivière, cuyos padres se instalaron en la Argentina
en 1911, e iba a convertirse en su más querido amigo. Federico padecía una psicosis y varias
veces sufrió accesos delirantes. Melancólica desde su juventud, Arminda era una mujer de gran
belleza. A través de Federico conoció a Pichón-Rivière, con quien se casó en 1937. Lo mismo
que él, quería ofrecerle al psicoanálisis una nueva tierra prometida, para salvarlo del fascismo
que se había desencadenado en Europa.
Se integró entonces al grupo formado en Buenos Aires por Arnaldo Rascovsky, Ángel Garma,
Marie Langer y Celes Cárcamo. Cinco años más tarde recibió su formación didáctica con Garma,
y se convirtió en una de las principales figuras de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).
En relación directa con la enseñanza de Melanie Klein (a quien ella fue la primera en traducir al
castellano), e inspirándose en los métodos de Sophie Morgenstern, desarrolló el psicoanálisis de
niños. Entre 1948 y 1952 dirigió, en el marco del Instituto de Psicoanálisis de la APA, un seminario
sobre este tema. Formó a una generación de analistas de niños. En el Congreso de la
Internacional Psychoanalytical Association (IPA) de 1957, en París, presentó una notable
comunicación sobre la sucesión de los "estadios" durante los primeros años de vida, definiendo
una "fase genital primitiva" anterior a la fase anal en el desarrollo libidinal.
A la edad de 62 años, afectada por una enfermedad de la piel que la desfiguraba, Arminda
Aberastury decidió darse muerte. Su suicidio, como algunos otros en la historia del psicoanálisis,
suscitó relatos contradictorios, y fue considerado una "muerte trágica" por la historiografía
oficial.
Médico y psicoanalista alemán (Bremen 1877 -Berlín 1925).
Abraham Karl. Médico y psicoanalista alemán (Bremen 1877 -Berlín 1925).
Abraham Karl
Médico y psicoanalista alemán (Bremen 1877 -Berlín 1925).
fuente(2)
Trabaja con E. Bleuler en el Burghölzli, el hospital psiquiátrico de Zurich. Es allí donde conoce a
C. Jung, quien lo inicia en las ideas de S. Freud. Funda en 1910 la Asociación Psicoanalítica de
Berlín, primera rama de la Asociación Psicoanalítica Internacional, de la que se convierte en
presidente en 1925. Es uno de los que más han aportado a la difusión del psicoanálisis fuera de
Viena. Su contribución personal es muy rica: introducción de la noción de objeto parcial,
definición de los procesos de introyección e incorporación, estudio de los estadios pregenitales.
Además de su correspondencia con Freud, su producción incluye numerosas obras: Sueño y
mito (1909), Examen de la etapa más precoz de la libido (1916).
(1877-1925). psiquiatra y psicoanalista alemán
Abraham Karl (1877-1925). psiquiatra y psicoanalista alemán
Abraham Karl
(1877-1925) Psiquiatra y psicoanalista alemán
fuente(3)
El nombre de Karl Abraham es indisociable de la historia de la gran saga freudiana. Miembro de la
generación de los discípulos de] padre fundador, desempeñó un papel pionero en el desarrollo
del psicoanálisis en Berlín. Implantó la clínica freudiana en el dominio de] saber psiquiátrico,
transformando de tal modo el tratamiento de las psicosis -esquizofrenia y psicosis
maníaco-depresiva (melancolía)-. Elaboró también una teoría de los estadios de la organización
sexual en la que se inspiró Melanie Klein, quien fue su discípula. Formó a numerosos analistas,
entre ellos Helene Deutsch, Edward Glover, Karen Horney, Sandor Rado, Ernst Simmel.
Nacido en Bremen el 3 de mayo de 1877, en una familia de comerciantes judíos instalados en el
norte de Alemania desde el siglo XVIII, Abraham era un hombre afable, cálido, inventivo,
elocuente y polígloto (hablaba ocho idiomas). Durante toda su vida siguió siendo un ortodoxo de
la doctrina psicoanalítica, una "peña de bronce" según las palabras de Sigmund Freud. Fue en la
Clínica del Burghölzli, donde era asistente de Eugen Bleuler junto con Carl Gustav Jung, donde
comenzó a familiarizarse con los textos vieneses. En 1906 se casó con Hedwig Bürgner. Tuvo
con ella dos hijos y analizó a la hija, Hilda Abraham (1906-1971), describiendo su caso en un
artículo de 1913 titulado "La pequeña Hilda, ensueños y síntomas en una niña de 7 años". Hilda
Abraham iba a convertirse en psicoanalista y redactó una biografía inconclusa del padre.
Como no tenía ninguna posibilidad de hacer carrera en Suiza, Abraham se instaló en Berlín en
1907. El 15 de diciembre se dirigió a Viena para realizar su primera visita a Freud. Ése fue el
comienzo de una bella amistad y de una larga correspondencia -quinientas cartas entre 1907 y
1925- que sólo se conoce en parte. Publicada en 1965 por Ernst Freud e Hilda, esa
correspondencia ha sido lamentablemente amputada de numerosas piezas, sobre todo de
intercambios acerca de los sueños de Hilda, sobre los conflictos con Otto Rank en el Comité
Secreto, y también sobre los desacuerdos entre los dos hombres.
En 1908, junto con Magnus Hirschfeld, Ivan Bloch (1872-1922), Heinrich Körber y Otto
Juliusburger, Abraham creo un primer círculo que, en marzo de 1910, se convirtió en la Sociedad
Psicoanalítica de Berlín, de la cual fue presidente hasta su muerte. En 1909 comenzó a
sostenerla Max Eitingon, y de tal modo, con la creación del Berliner Psychoanalytisches Institut,
se inició la historia de] movimiento psicoanalítico alemán, el cual, como se sabe, fue diezmado por
el nazismo a partir de 1933.
Durante la Primera Guerra Mundial, después de haber sido miembro del Comité Secreto, Abraham
digirió los asuntos de la International Psychoanalytical Association (IPA), de la que fue secretario
en 1922, y presidente en 1924. De modo que se trata de uno de los grandes militantes del
movimiento, como clínico y como organizador y docente.
La obra de este fiel se construyó en función de los progresos de la obra del maestro. Más clínico
que teórico, Abraham escribió artículos claros y breves en los que prevalece la observación
concreta. Hay que distinguir tres épocas. Entre 1907 y 1910, se interesó en una comparación
entre la histeria y la demencia precoz (que aún no se denominaba esquizofrenia), y en la
significación del trauma sexual en la infancia. Durante los diez años siguientes estudió la
psicosis maníaco-depresiva, el complejo de castración en la mujer y las relaciones del sueño con
los mitos. En 1911 publicó un importante estudio sobre el pintor Giovanni Segantini (1859-1899),
afectado por trastornos melancólicos. En 1912 redactó un artículo sobre el culto monoteísta de
Atón, que Freud utilizó en Moisés y la religión monoteísta, olvidando citar a su discípulo.
Finalmente, en el tercer período describió los tres estadios de la libido: anal, oral, genital.
Enfermo de enfisema, Karl Abraham murió a los 48 años, el 25 de diciembre de 1925, como
consecuencia de una septicemia consecutiva a un absceso pulmonar sin duda causado por un
cáncer. Esta muerte prematura fue experimentada como un verdadero desastre por el
movimiento freudiano, y sobre todo por Freud, quien asistió impotente a la evolución de la
infección, no vacilando en escribirle: "Me entero por Sachs con sorpresa, pero también con
disgusto, que su enfermedad no ha concluido. Esto no concuerda con la imagen que tengo de
usted. Sólo me lo imagino trabajando sin cesar, indefectiblemente. Experimento su enfermedad
como una especie de competencia desleal, y le ruego que la interrumpa lo antes posible. Espero
novedades suyas a través de sus allegados directos."
(1919-1977). psicoanalista francés
Abraham Nicolas (1919-1977). psicoanalista francés
Abraham Nicolas
(1919-1977) Psicoanalista francés
fuente(4)
De origen judío-húngaro, Nicolas Abraham nació en Kecskemet y emigró a París en 1938.
Filósofo de formación, marcado por la fenomenología de Husserl, hablaba varios idiomas.
Después de un primer matrimonio en 1946, en el que tuvo dos hijos varones, tomó como
compañera a María Torok, también de origen húngaro. Analizado, igual que ella, por Bela
Grunberger, en el redil de la Société psychanalytique de Paris (SPP), muy pronto quedó
caracterizado como disidente, y su cura didáctica no fue homologada. Nunca se convirtió en
miembro pleno de la SPP, y siguió como afiliado. En 1959 anudó una sólida amistad con el filósofo
Jacques Derrida, sobre la base de su pasión por la filosofía y una cierta manera de analizar los
textos freudianos.
Se hizo célebre en 1976, con la publicación del Verbier de l'Homme aux loups, redactado
conjuntamente con Maria Torok, y con prefacio de Derrida. Siguiendo a Muriel Gardiner,
comentaba allí el caso del Hombre de los Lobos, señalando el poliglotismo inherente a toda esa
historia. A la lengua rusa (o lengua materna), la lengua alemana (o lengua de la cura) y la lengua
inglesa (o lengua de la nodriza del paciente), los autores añadieron una cuarta, la francesa, lo
cual les permitió subrayar que el yo clivado del paciente llevaba consigo "una cripta", lugar de
todos sus secretos inconscientes. Esta teoría de la cripta ponía el acento en el delirio del Hombre
de los Lobos y el carácter necesariamente delirante y polisémico de la teoría clínica en sí.
Abreacción
Abreacción
Abreacción
s. f. (fr. abréaction; ingl. abreaction; al. Abreagieren).
fuente(5)
Aparición en el campo de la conciencia de un afecto hasta entonces reprimido.
Algunos afectos, que no han sido normalmente experimentados en el momento de su actualidad,
se encuentran ahora en el inconciente en razón de su ligazón con el recuerdo de un traumatismo
psíquico. Afectos y recuerdos así ligados fueron reprimidos entonces a causa de su carácter
penoso. Cuando el afecto y la verbalización del recuerdo irrumpen al mismo tiempo en la
conciencia, se produce la abreacción, que se manifiesta con gestos y palabras que hacen
explícitos estos afectos. La mayor parte de las veces, la abreacción sobreviene en el momento
de levantarse la resistencia a esta irrupción, en el curso de una cura analítica y gracias a la
trasferencia sobre el analista.
Abreacción
Abreacción
Abreacción
Al.:Abreagieren.
Fr.: abréaction.
Ing.: abreaction.
It.: abreazione.
Por.: abreação.
fuente(6)
Descarga emocional, por medio de la cual un individuo se libera del afecto ligado al recuerdo de
un acontecimiento traumático, lo que evita que éste se convierta en patógeno o siga siéndolo. La
abreacción puede ser provocada en el curso de la psicoterapia, especialmente bajo hipnosis,
dando lugar a una catarais; pero también puede producirse de forma espontánea, separada del
trauma Inicial por un Intervalo más o menos prolongado.
El concepto de abreacción sólo puede comprenderse recurriendo a la teoría de Freud acerca de
la génesis del síntoma histérico, tal como la expuso en El mecanismo psíquico de los fenómenos
histéricos (über den psychischen Mechanismus hysterischer Phänomene, 1893)(a). La
persistencia del afecto ligado a un recuerdo depende de varios factores: el más importante de
ellos es la forma como el sujeto reacciona frente a un determinado acontecimiento. Esta reacción
puede consistir en reflejos voluntarios o involuntarios, y abarcar desde el llanto hasta la
venganza. Si tal reacción es lo suficientemente intensa, gran parte del afecto ligado al
acontecimiento desaparece. Si esta reacción es reprimida (unterdrückt), el afecto persiste ligado
al recuerdo.
Así, pues, la abreacción constituye el mecanismo normal que permite al individuo reaccionar
frente a un acontecimiento y evitar que éste conserve un quantum de afecto demasiado
importante. Con todo, para que esta reacción posea un efecto catártico, es preciso que sea
«adecuada».
La abreacción puede ser espontánea, es decir, seguir al acontecimiento con un intervalo lo
bastante breve como para impedir que su recuerdo se halle cargado de un afecto lo
suficientemente intenso para convertirse en patógeno. Pero también puede ser secundaria,
provocada por la psicoterapia catártica, que permite al enfermo recordar y objetivar verbalmente
el acontecimiento traumático y liberarlo así del quantum de afecto que lo convertía en patógeno.
En efecto, Freud señaló ya en 1895: «El hombre encuentra en el lenguaje un substitutivo de la
acción, mediante el cual el afecto puede ser derivado por abreacción casi en idéntica forma».
Pero la abreacción masiva no es la única forma en que un individuo puede liberarse del recuerdo
de un hecho traumático: el recuerdo puede ser también integrado en una serie asociativa que
permita la corrección del acontecimiento, su reinstalación en el lugar correspondiente. Desde los
Estudios sobre la histeria (Studien über Hysterie), Freud describe a veces como proceso de
abreacción una auténtica labor de rememoración y elaboración psíquica, mediante la cual el
mismo afecto es reavivado de modo paralelo al recuerdo de los diferentes acontecimientos que
lo suscitaron.
La falta de abreacción determina que ciertos grupos de representaciones, que se hallan en el
origen de los síntomas neuróticos, subsistan en estado inconsciente y aislados del curso normal
del pensamiento: «Las representaciones que se han vuelto patógenas conservan su actividad
por el hecho de no hallarse sometidas al desgaste normal por la abreacción, y por la
imposibilidad de su reproducción en los estados asociativos libres».
Breuer y Freud distinguieron las diversas clases de condiciones que impiden al individuo
abreaccionar. Algunas de ellas dependerían, no de la naturaleza del acontecimiento en sí, sino
del estado psíquico en que se hallaba el sujeto en el momento de producirse aquél: susto,
autohipnosis, estado hipnoide; otras van ligadas a circunstancias, generalmente de tipo social,
que obligan al individuo a contener sus reacciones. Finalmente, puede tratarse de un
acontecimiento que «[...] el enfermo quiso olvidar y que hechazó, inhibió, suprimió
intencionadamente, alejándose de su pensamiento consciente». Estas tres clases de
condiciones definen los tres tipos de histeria: hipnoide, de retención y de defensa. Como es
sabido, Freud, después de la publicación de los Estudios sobre la histeria, sólo conservó esta
última forma.
El acento puesto exclusivamente en la abreacción para la eficacia de la psicoterapia caracteriza
el período denominado del método catártico. Con todo, este concepto sigue estando presente en
la teoría de la cura psicoanalítica, por razones de hecho (presencia en toda cura, en diversos
grados según los tipos de pacientes, de manifestaciones de descarga emocional) y de fondo, en
la medida en que toda teoría de la cura toma en consideración no sólo el recuerdo sino también la
repetición. Conceptos tales como los de transferencia, trabajo elaborativo, actuar, implican una
referencia a la teoría de la abreacción, al tiempo que conducen a concepciones de la cura más
complejas que las de la pura y simple liquidación del afecto traumatizante.
Al parecer, el neologismo abreagieren fue creado por Breuer y Freud a partir del verbo
reagieren, utilizado en su forma transitiva, y el prefijo ab, que posee diversas significaciones, en
especial distancia en el tiempo, separación, disminución, supresión, etc.
Abreacción
Abreacción
Alemán: Abreagieren.
Francés: Abréaction.
Inglés: Abreaction.
fuente(7)
Término introducido por Sigmund Freud y Josef Breuer en 1893 para definir un proceso de
descarga emocional que, al liberar el afecto ligado al recuerdo de un trauma, anula sus efectos
patógenos.
El término abreacción apareció por primera vez en la "Comunicación preliminar" de Josef Breuer
y Sigmund Freud dedicada al estudio del mecanismo psíquico que opera en los fenómenos
histéricos.
En ese texto pionero, los autores anuncian desde el comienzo el sentido de su trayecto:
partiendo de las formas que revestían los síntomas, se proponían llegar a identificar el
acontecimiento que, inicialmente y a menudo lejos en el pasado, había provocado el fenómeno
histérico. El establecimiento de esa génesis tropezaba con diversos obstáculos provenientes del
paciente, a los que más tarde Freud denominó resistencias, y que sólo se podían superar
recurriendo a la hipnosis.
Lo más frecuente es que un sujeto afectado por un acontecimiento reaccione a él, en términos
voluntarios o no, de modo reflejo: el afecto vinculado al acontecimiento queda entonces
evacuado si dicha reacción es suficientemente intensa. En los casos en que la reacción no se
produce o no es lo bastante fuerte, el afecto sigue ligado al recuerdo del acontecimiento
traumático, y lo que actúa como agente de los trastornos histéricos es el recuerdo -y no el
acontecimiento en sí-. Breuer y Freud son muy precisos al respecto: "...la histérica sufre sobre
todo de reminiscencias". Se encuentra la misma precisión respecto de la adecuación de la
reacción del sujeto: sea ésta inmediata (voluntaria o no) o diferida y provocada en el marco de
una psicoterapia bajo la forma de rememoraciones y asociaciones, ella tiene que estar en
relación de intensidad o proporción con el acontecimiento incitador para que tenga un efecto
catártico, es decir, liberador. Por ejemplo, la venganza en respuesta a una ofensa, si no es
proporcional o ajustada a esta última, deja abierta la herida ocasionada por ella.
Desde ese momento, Breuer y Freud subrayaron hasta qué punto era importante que el acto se
pudiera reemplazar por el lenguaje, "gracias al cual el afecto puede ser abreactuado casi de la
misma manera". Añaden que, en ciertos casos (una queja, una confesión), sólo las palabras
constituyen "el reflejo adecuado".
El término abreacción siguió ligado al trabajo en colaboración con Breuer y a la utilización del
método catártico, pero la creación del método analítico y el empleo, en 1896, de la palabra
"psicoanálisis" no significaron sin embargo su desaparición, y esto, como lo precisan los autores
del Vocabulaire de la psychanalyse, por dos razones: una razón fáctica, en cuanto la cura,
fuera cual fuere el método, seguía siendo, sobre todo con ciertos pacientes, un lugar de fuertes
reacciones emocionales, y una razón teórica, puesto que la conceptualización de la cura
recurría a la rememoración y la repetición, formas paralelas de abreacción.
¿Por qué Breuer y Freud emplearon este término, del que Freud no renegó al evocar el método
catártico en su autobiografía?
El término "abreacción" es un neologismo compuesto por el prefijo alemán "ab" y la palabra
"reacción", a su vez constituida por el prefijo "re" y el vocablo "acción". La primera razón de esta
duplicación parece haber sido el deseo de los autores de evitar el carácter demasiado general
de la palabra "reacción". Pero, por otra parte, el término remite al enfoque fisiologista del siglo
XIX, un enfoque en el cual funcionó como sinónimo de reflejo, designación del elemento de una
relación con forma de arco lineal (el arco reflejo) que vincula, término a término, un estímulo
puntual y una respuesta muscular. En los años 1892-1895, esta referencia constituía para Freud
una especie de garantía de cientificidad, concordante con su esperanza de inscribir el abordaje
de los fenómenos histéricos en continuidad con la fisiología de los mecanismos cerebrales.
Como lo subrayó Jean Starobinski en 1994, la referencia al modelo del arco reflejo sobrevivió a la
utilización de esta palabra, puesto que Freud se refiere explícitamente a él en su texto sobre el
destino de las pulsiones, donde distingue las excitaciones exteriores, que provocan respuestas
según el modo del arco reflejo, y las excitaciones interiores, cuyos efectos son del orden de una
reacción.
Más tarde, Freud iba a utilizar el término reacción con un sentido radicalmente distinto: en lugar
de designar una descarga liberadora, se referiría a un proceso de bloqueo o retención, la
formación reactiva.
Abstinencia (regla
de la, principio de la)
Abstinencia (regla de la, principio de la)
Abstinencia
(regla de la, principio de la)
Al: Abstinenz (Grundsatz der).
Fr.: abstinence (règle d').
Ing.: abstinence (rule of).
It.: astinenza (regola di).
Por.: abstinéncia (regra de).
fuente(8)
Principio según el cual la cura analítica debe ser dirigida de tal forma que el paciente encuentre el
mínimo posible de satisfacciones substitutivas de sus síntomas. Para el analista, ello implica la
norma de no satisfacer las demandas del paciente ni desempeñar los papeles que éste tiende a
imponerle. El principio de la abstinencia puede, en algunos casos y en ciertos momentos de la
cura, concretarse en consignas relativas a los comportamientos repetitivos del paciente que
entorpecen la labor de rememoración y elaboración.
La justificación de este principio es de tipo fundamentalmente económico. El analista debe evitar
que las cantidades de libido liberadas por la cura se recatecticen de modo inmediato sobre
objetos externos; en lo posible deben ser transferidas a la situación analítica. La energía libidinal
se encuentra ligada por la transferencia, y se rechaza toda posibilidad de descarga distinta a la
expresión verbal.
Desde el punto de vista dinámico, el poder de la cura se basa en la existencia de un sufrimiento
por frustración; pero este último tiende a disminuir a medida que los síntomas ceden su puesto a
comportamientos substitutivos más satisfactorios. Por consiguiente, resulta importante mantener
o restablecer la frustración para evitar la paralización de la cura.
La noción de abstinencia se halla implícitamente ligada al principio mismo del método analítico, en
tanto que éste convierte en acto fundamental la interpretación, en lugar de satisfacer las
exigencias libidinales del paciente. Por ello, no debe sorprender que sea a propósito de una
demanda particularmente imperiosa, la inherente al amor de transferencia, que Freud aborda con
claridad, en 1915, la cuestión de la abstinencia: «Debo establecer el principio de que es preciso,
en los enfermos, mantener las necesidades y aspiraciones como fuerzas que impulsan al trabajo
y al cambio, y evitar que sean acalladas por substitutivos».
Con Ferenczi, los problemas técnicos planteados por la observancia del principio de la
abstinencia pasaron al primer plano de las discusiones analíticas. Ferenczi preconizaba en
ciertos casos medidas encaminadas a hostigar las satisfacciones substitutivas halladas por el
paciente en la cura o aparte de ésta. Freud, en su alocución final al Congreso de Budapest
(1918) aprobó, en principio, estas medidas y dio una justificación teórica de las mismas: «Por
cruel que ello pueda parecer, hemos de procurar que el sufrimiento del paciente no desaparezca
prematuramente en forma marcada. Cuando, por haberse disipado y perdido su valor los
síntomas, se ha atenuado este sufrimiento estamos obligados a recrearlo en otro punto en forma
de una privación penosa».
Para esclarecer la discusión, siempre actual, en torno al concepto de abstinencia, parece
interesante distinguir claramente entre, por una parte, la abstinencia como principio y regla del
analista (simple consecuencia de su neutralidad) y, por otra, las medidas activas por medio de
las cuales se pide al paciente que él mismo se mantenga en un cierto estado de abstinencia.
Tales medidas abarcan desde las interpretaciones cuyo carácter insistente puede equivaler a
una orden, hasta las prohibiciones formales. Éstas, si bien no se dirigen a prohibir al paciente
toda relación sexual, afectan por lo general a ciertas actividades sexuales (perversiones) o a
ciertas actuaciones de carácter repetitivo que parecen paralizar la labor analítica. Pero la mayor
parte de los analistas se muestran muy reservados en cuanto a recurrir a tales medidas activas,
subrayando especialmente el hecho de que el analista corre entonces el peligro de justificar su
asimilación a una autoridad represora.
Abstinencia
fuente(9)
La regla de abstinencia prescribe al analista que incite al paciente a vedarse las satisfacciones
sustitutivas posibles en el curso del tratamiento como paliativo de sus frustraciones. La reseña
histórica del tema ha sido presentada por Ferenczi en su artículo «Prolongaciones de la técnica
activa en psicoanálisis» (1920).
Al principio del texto alude Ferenczi a una sugerencia oral de Freud (hacia 1918), a propósito de
la histeria de angustia. «Los pacientes, a pesar de una observancia rigurosa de la "regla
fundamental" y una visión profunda de sus complejos inconscientes, no llegaban a superar
ciertos puntos muertos del análisis hasta que se los incitaba a atreverse a abandonar el retiro
seguro constituido por su fobia y exponerse, a título de ensayo, a la situación de la que habían
huido con angustia en razón de su carácter penoso.»
Ahora bien, subraya Ferenczi, «al exponerse a ese afecto, los pacientes superan la resistencia
contra una parte del material inconsciente hasta entonces reprimido, que desde entonces se
vuelve accesible al análisis bajo la forma de ideas y recuerdos».
«Éste es el procedimiento que decidí designar con la expresión "técnica activa", que en
consecuencia no significaba tanto una intervención activa por parte del médico como por parte
del paciente, al cual se le imponía ahora, además de la observancia de la regla fundamental, una
tarea particular. En los casos de fobia, esa tarea consistía en realizar ciertas acciones
desagradables. Pronto tuve la oportunidad de imponer a una paciente tareas que consistían en lo
siguiente: tenía que renunciar a ciertas opciones agradables hasta entonces inadvertidas
(excitación masturbatoria de las partes genitales, estereotipias y tics, o excitaciones de otras
partes del cuerpo), dominar su impulso a realizar esos actos. El resultado fue el siguiente: se
volvió accesible un nuevo material mnémico, y el curso del análisis se aceleró de modo
manifiesto.»
«El profesor Freud -dice Ferenczi- ha extraído la consecuencia de estas experiencias y otras
similares en su informe al congreso de Budapest; incluso estuvo en condiciones de generalizar
la enseñanza extraída de estas observaciones y plantea reglas: la cura debe efectuarse en
general en la situación de la abstinencia.»
Pero Freud agrega: «No creo haber agotado el tema de la actividad requerida al médico diciendo
que, durante el tratamiento, él debe mantener la privación».
De modo que entre estos dos aspectos de la abstinencia existe una conjunción que hay que
precisar: por una parte, ella se presenta como una «privación», en el sentido de una situación
resultante de la prohibición; por otra parte, esa prohibición es una exigencia de la situación
transferencial.
Por lo tanto, la regla de abstinencia podrá intervenir según este doble punto de vista que pone en
obra dos concepciones del principio de realidad. En términos de Freud, su formulación traduce el
principio de una despersonalización del analista ilustrada en El porvenir de una ilusión
(asimilación del terapeuta al dios benefactor), y que en definitiva subordina la estrategia analítica
a la pulsión de muerte. Hay implícita en esto una desautorización de la preocupación junguiana
por la formación «moral» del paciente, desautorización prolongada por el seminario de Lacan
l'Éthique de la psychanalyse, en su crítica de una ideología de la buena voluntad.
Abstinencia
(regla de)
Alemán: Grundsatz der Abstinenz.
Francés: Règle d'abstinence.
Inglés: Rule of abstinence.
fuente(10)
Corolario de la regla fundamental, la regla de abstinencia designa el conjunto de los medios y
actitudes puestos en obra por el analista para que el analizante no pueda recurrir a formas de
satisfacción sustitutivas, capaces de ahorrarle los sufrimientos que constituyen el motor del
trabajo analítico.
Sigmund Freud habló por primera vez de la regla de abstinencia en 1915, al interrogarse sobre
cuál debía ser la actitud del psicoanalista ante las manifestaciones de la transferencia amorosa.
Precisó entonces que no se refiere sólo a la abstinencia física del analista ante la demanda
amorosa de la paciente, sino a la que debe ser la actitud del analista para que en el analizante
subsistan las necesidades y los deseos insatisfechos que constituyen el motor del análisis.
A fin de ilustrar el carácter de engaño que tendría un análisis en el cual el analista respondiera a
las demandas de sus pacientes, Freud evoca la anécdota del sacerdote llamado a dar la
extremaunción a un agente de seguros no creyente: al término de la entrevista en la habitación
del moribundo, sucede que el ateo no se ha convertido, pero el sacerdote ha suscrito una póliza
de seguros.
Dice Freud que no sólo "...le está prohibido al analista ceder", sino que debe llevar al paciente a
derrotar el principio de placer y a renunciar a las satisfacciones inmediatas, en favor de otra,
más lejana, de la cual sin embargo precisa que "puede ser también menos segura".
Freud volvió sobre el tema en el marco del V Congreso de Psicoanálisis (realizado en Budapest
en 1918), a continuación de una intervención de Sandor Ferenczi centrada en la actividad del
analista y en los medios a los cuales debe recurrir para perseguir y vedar todas las formas de
satisfacción sustitutiva que el paciente puede buscar en el marco de la cura, y también fuera de
ese encuadre. En lo esencial, Freud señaló su acuerdo con Ferenczi, subrayando que el
tratamiento psicoanalítico debe "efectuarse en la medida de lo posible en un estado de
frustración y abstinencia". Puntualiza sin embargo que no se trata de prohibirle todo al paciente,
y que la abstinencia debe articularse con la dinámica específica de la cura.
Esta última precisión se fue perdiendo progresivamente de vista, así como se olvidó el acento
que había puesto Freud en el carácter incierto de la satisfacción en el largo plazo. El surgimiento
de una concepción pedagógica y ortopédica de la cura psicoanalítica contribuyó a la
transformación de la regla de abstinencia en un conjunto de medidas activas y represivas que
apuntaban a dar una representación de la posición del analista en términos de autoridad y poder.
En su seminario de 1959-1960, dedicado a la ética del psicoanálisis, así como en textos
anteriores sobre las posibles variantes de la "cura tipo" y la dirección de la cura, Jacques Lacan
volvió sobre la noción de la neutralidad analítica, que él ubica en una , perspectiva ética. Freud
se había mostrado prudente en cuanto a la posible obtención por el paciente de una satisfacción
ulterior, fruto de su renuncia a un placer inmediato: Lacan quiso ser más radical, cuestionando el
fantasma de un "bien soberano" cuya realización marcaría el fin del análisis.
Abstinencia (regla de)
Abstinencia
(regla de)
fr. règle d'abstinence;
ingl. rule of abstinence;
al. Abstinenzregel.
fuente(11)
Principio según el cual el trabajo de la cura no puede ser llevado a buen término a menos que
excluya todo aquello que pudiera paliar en lo inmediato las dificultades neuróticas del sujeto,
especialmente las satisfacciones que pudiera encontrar en respuesta al amor de trasferencia.
S. Freud estima que la energía psíquica sólo puede estar verdaderamente disponible para la cura
si no es reinvestida inmediatamente en objetos exteriores al trabajo mismo. Por eso desaconseja
a los pacientes tomar decisiones importantes para su vida durante la cura. De igual modo,
recomienda al analista que evite gratificar al sujeto con satisfacciones afectivas que pudieran
serle suficientes y, por consiguiente, hacerle menos necesario el trabajo que conduce al cambio.
Evaluar actualmente el principio de abstinencia es delicado. Los psicoanalistas han renunciado,
en general, a prohibir toda decisión importante durante el trascurrir de las curas. Pero,
históricamente, el principio de abstinencia fue valioso al menos porque llevó a replantear la
representación de una neutralidad total del analista: esto aparece nítidamente en la «técnica
activa» de S. Ferenczi, que proscribe en especial ciertas prácticas repetitivas que paralizan el
trabajo analítico.
Acción específica
Acción específica
Acción específica
Al.: Spezifische Aktion. -
Fr.: action spécifique. -
Ing.: specific action. -
It.: azione specifica. -
Por.: ação específica.
fuente(12)
Término utilizado por Freud en algunos de sus primeros trabajos, para designar el conjunto del
proceso necesario para la resolución de la tensión Interna creada por la necesidad: intervención
externa adecuada y conjunto de reacciones preformadas del organismo que permiten la
consumación del acto.
Freud utiliza el concepto de acción específica, sobre todo en su Proyecto de psicología
científica (Entwurf einer Psychologie, 1895): el principio de inercia, del cual Freud postula que
regula el funcionamiento del aparato neuronal, se complica desde el momento en que intervienen
las excitaciones endógenas. En efecto, el organismo no puede escapar a ellas. Puede
descargarlas de dos modos:
a) de un modo inmediato, por medio de reacciones inespecíficas (manifestaciones emocionales,
gritos, etc.), que constituyen una respuesta inadecuada, y las excitaciones continúan afluyendo;
b) de forma específica, que es la única que permite una resolución duradera de la tensión. Freud
proporcionó el esquema de este proceso, haciendo intervenir especialmente la noción de umbral,
en Sobre la justificación de separar de la neurastenia cierto complejo de síntomas
denominado «neurosis de angustia» (Über die Berechtingung, von der Neurasthenie einen
bestimmten Syniptomenkoinplex als «Angstneurose» abzutrennen, 1895).
Para que se realice la acción específica o adecuada, es indispensable la presencia de un objeto
específico y de una serie de condiciones externas (aporte de alimento en el caso del hambre).
Para el lactante, debido a su desamparo original (véase: Desamparo), la ayuda exterior se
convierte en la condición previa indispensable para la satisfacción de la necesidad. Con el
nombre de acción específica, Freud designa tanto el conjunto de los actos reflejos mediante los
cuales se consuma el acto, como la intervención exterior, e incluso los dos tiempos.
Esta acción específica se presupone en el caso de la experiencia de satisfacción.
La concepción freudiana de la acción específica podría interpretarse como un esbozo de una
teoría del instinto(13). ¿Cómo armonizarla con la concepción de la pulsión sexual, tal como se
deduce de la obra de Freud? El planteamiento del problema evolucionó en el propio Freud durante
los años 1895 a 1905:
1) En el Proyecto de psicología científica, la sexualidad se clasifica entre las «grandes
necesidades»; exige, al igual que el hambre, una acción específica (véase: Pulsiones de
autoconservación).
2) Se observará que en 1895 Freud no había descubierto todavía la sexualidad infantil. En esta
época de la utilización del término «acción específica» se deduce una analogía entre el acto
sexual del adulto y la satisfacción del hambre.
3) En el artículo anteriormente citado, contemporáneo del Proyecto, la acción específica
necesaria para la satisfacción sexual se describe refiriéndose al adulto. Ahora bien, junto a los
elementos de comportamiento que constituyen un tipo de dispositivo orgánico, Freud introduce
condiciones «psíquicas» de origen histórico, subordinadas a lo que llama elaboración de la libido
psíquica.
4) La perspectiva cambia con el descubrimiento de la sexualidad infantil (véase: Sexualidad):
Freud critica en lo sucesivo la concepción que define la sexualidad humana por el acto sexual
adulto, comportamiento que sería invariable en su desarrollo, su objeto y su fin. «La opinión
popular tiene ideas fijas sobre la naturaleza y características de la pulsión sexual. Esta no
existiría durante la infancia, aparecería durante la pubertad, en estrecha relación con el proceso
de maduración, se manifestaría en forma de una atracción irresistible ejercida por un sexo sobre
el otro, y su fin sería la unión sexual, o por lo menos los actos conducentes a dicho fin».
En los Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad (Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie,
1905) Freud pone de manifiesto cómo, en el funcionamiento de la sexualidad del niño, las
condiciones orgánicas capaces de proporcionar un placer sexual son poco específicas. Si
puede decirse que se especifican rápidamente, es debido a factores de tipo histórico. En
definitiva, en el adulto, las condiciones de la satisfacción sexual pueden estar muy determinadas
para un individuo en particular, como si el hombre alcanzase, a través de su historia, un
comportamiento que puede asemejarse a un dispositivo instintivo. Esta apariencia se halla en la
base de la «opinión popular» que Freud citaba anteriormente.
Acting-out
fuente(14)
s. m. Actuar que se da a descifrar a otro, especialmente al psicoanalista, en una destinación la
mayor parte de las veces inconciente. El acting-out debe ser claramente distinguido del pasaje al
acto.
Para S. Freud, el término Agieren intentaba recubrir los actos de un sujeto tanto fuera del análisis
como en el análisis. Este término deja naturalmente planeando una ambigüedad, puesto que
recubre dos significaciones: la de moverse, de actuar, de producir una acción; y la de
reactualizar en la trasferencia una acción anterior. En este caso preciso, para Freud, el Agieren
vendría en lugar de un «acordarse»: por lo tanto, más bien actuar que recordar, que poner en
palabras. El inglés to act out respeta esta ambigüedad. En efecto, este término significa tanto
representar una obra, un papel, darse a ver, mostrar, como actuar, tomar medidas de hecho.
Los psicoanalistas franceses han adoptado el término «acting-out» adjuntándole por traducción
y sinonimia el de «passage à l'acte» [«pasaje al acto»], pero reteniendo únicamente del acto la
dimensión de la interpretación a dar en la trasferencia.
Hasta entonces, el acting-out era definido habitualmente como un acto inconciente, cumplido por
un sujeto fuera de sí, que se producía en lugar de un «acordarse de». Este acto, siempre
impulsivo, podía llegar hasta el asesinato o el suicidio. Sin embargo, tanto la justicia como la
psiquiatría clásica se habían visto regularmente interrogadas por estas cuestiones de actos
fuera de toda relación trasferencial, en los que se debía determinar una eventual responsabilidad
civil.
A partir de allí, justamente, el psicoanálisis se ha planteado la pregunta: ¿qué es un acto para un
sujeto?
J. Lacan, en su Seminario X (1962-63), «La angustia», ha propuesto una conceptualización
diferenciada entre el acto, el pasaje al acto y el acting-out, apoyándose en observaciones
clínicas de Freud: Fragmento de análisis de un caso de histeria (Dora, 1905) y Psicogénesis de
un caso de homosexualidad femenina (1920). En estos dos casos, los Agieren estaban
situados en la vida de estas dos jóvenes aun antes de que una u otra hubiesen pensado en la
posibilidad de un trabajo analítico.
¿Qué es entonces un acto? Para Lacan, un acto es siempre significante. El acto inaugura
siempre un corte estructurante que permite a un sujeto reencontrarse, en el après-coup,
radicalmente trasformado, distinto del que había sido antes de este acto. La diferencia
introducida por Lacan para distinguir acting-out y pasaje al acto puede ser ilustrada clínicamente.
Todo el manejo de Dora con el señor K. era la mostración de que ella no ignoraba las relaciones
que su padre mantenía con la señora K., lo que precisamente su conducta trataba de ocultar.
En lo que concierne a la joven homosexual, todo el tiempo que ocupa en pasearse con su dama
bajo las ventanas de la oficina de su padre o alrededor de su casa es un tiempo de acting-out
con relación a la pareja parental: viene a mostrarles a la liviana advenediza de la que está
prendada y que es causa de su deseo.
El acting-out es entonces una conducta sostenida por un sujeto y que se da a descifrar al otro a
quien se dirige. Es una trasferencia. Aunque el sujeto no muestre nada, algo se muestra, fuera
de toda rememoración posible y de todo levantamiento de una represión.
El acting-out da a oír a otro, que se ha vuelto sordo. Es una demanda de simbolización exigida en
una trasferencia salvaje.
Para la joven homosexual, lo que su mostración devela es que habría deseado, como falo, un hijo
del padre, en el momento en que, cuando tenía 13 años, un hermanito vino a agregarse a la
familia, arrancándole el lugar privilegiado que ocupaba junto a su padre. En cuanto a Dora, haber
sido la llave maestra para facilitar la relación entre su padre y la señora K. no le permitía en nada
saber que era la señora K. el objeto causante de su deseo. El acting-out, buscando una verdad,
mima lo que no puede decir, por defecto en la simbolización. El que actúa en un acting-out no
habla en su nombre. No sabe que está mostrando, del mismo modo en que no puede reconocer
el sentido de lo que devela. Es al otro al que se confía el cuidado de descifrar, de interpretar los
guiones escénicos. Es el otro el que debe saber que callarse es metonímicamente un equivalente
de morir.
Pero, ¿cómo podría ese otro descifrar el acting-out, puesto que él mismo no sabe que ya no
sostiene el lugar donde el sujeto lo había instalado? ¿Cómo habría podido comprender fácilmente
el padre de Dora que la complacencia de su hija se debía a que los dos tenían el mismo objeto
causa de su deseo? Y aun cuando lo hubiera adivinado, ¿se lo habría podido decir a Dora? ¿De
qué otro modo habría ella podido responder si no era por medio de una denegación o un pasaje
al acto? Pues el acting-out, precisamente, es un rapto de locura destinado a evitar una angustia
demasiado violenta. Es una puesta en escena tanto del rechazo de lo que podría ser el decir
angustiante del otro como del develamiento de lo que el otro no oye. Es la seña [y el signo] hecha
a alguien de que un real falso viene en lugar de un imposible de decir. Durante un análisis, el
acting-out es siempre signo de que la conducción de la cura está en una impasse, por causa del
analista. Revela el desfallecimiento del analista, no forzosamente su incompetencia. Se impone
cuando, por ejemplo, el analista, en vez de sostener su lugar, se comporta como un amo [maître;
también: maestro] o hace una interpretación inadecuada, incluso demasiado ajustada o
demasiado apresurada.
El analista no puede más que otro interpretar el acting-out, pero puede, por medio de una
modificación de su posición trasferencial, por lo tanto de su escucha, permitirle a su paciente
orientarse de otra manera y superar esa conducta de mostración para insertarse nuevamente
en un discurso. Pues que el acting-out sea sólo un falso real implica que el sujeto puede salir de
él. Es un pasaje de ¡da y vuelta, salvo que lleve en su continuidad a un pasaje al acto, el que, la
mayor parte de las veces, es una ¡da simple.
El pasaja al acto. Para Dora, el pasaje al acto se sitúa en el momento mismo en que el señor K., al
hacerle la corte, le declara: «Mi mujer no es nada para mí». En ese preciso momento, cuando
nada permitía preverlo, ella lo abofetea y huye.
El pasaje al acto en la mujer homosexual es ese instante en el que, al cruzarse con la mirada
colérica de su padre cuando hacía de servicial caballero de su dama, se arranca de su brazo y
se precipita de lo alto de un parapeto, sobre unas vías muertas de ferrocarril. Se deja caer (al.
Niederkommen), dice Freud. Su tentativa de suicidio consiste tanto en esta caída, este «dejar
caer», como en un «dar a luz [mettre bas = parir; literalmente: poner abajo], parir», los dos
sentidos de niederkommen.
Este «dejarse caer» es el correlato esencial de todo pasaje al acto, precisa Lacan. Completa así
el análisis hecho por Freud e indica que, partiendo de este pasaje al acto, cuando un sujeto se
confronta radicalmente con lo que es como objeto para el Otro, reacciona de un modo impulsivo,
con una angustia incontrolada e incontrolable, identificándose con este objeto que es para el
Otro y dejándose caer. En el pasaje al acto, es siempre del lado del sujeto donde se marca este
«dejarse caer», esta evasión fuera de la escena de su fantasma, sin que pueda darse cuenta
de ello. Para un sujeto, esto se produce cuando se confronta con el develamiento intempestivo
del objeto a que es para el Otro, y ocurre siempre en el momento de un gran embarazo y de una
emoción extrema, cuando, para él, toda simbolización se ha vuelto imposible. Se eyecta así
ofreciéndose al Otro, lugar vacío del significante, como si ese Otro se encarnara para él
imaginariamente y pudiera gozar de su muerte. El pasaje al acto es por consiguiente un actuar
impulsivo inconciente y no un acto.
Contrariamente al acting-out, no se dirige a nadie y no espera ninguna interpretación, aun
cuando sobrevenga durante una cura analítica.
El pasaje al acto es demanda de amor, de reconocimiento simbólico sobre un fondo de
desesperación, demanda hecha por un sujeto que sólo puede vivirse como un desecho a
evacuar. Para la joven homosexual, su demanda era ser reconocida, vista por su padre de otra
manera que como homosexual, en una familia en la que su posición deseante estaba excluida.
Rechazo por lo tanto de cierto estatuto en su vida familiar. Hay que destacar, por otra parte, que
justamente a propósito de la joven homosexual Freud hace su único pasaje al acto frente a sus
pacientes, con su decisión de detener el análisis de la joven para enviarla a una analista mujer.
El pasaje al acto se sitúa del lado de lo irrecuperable, de lo irreversible. Es siempre
franqueamiento, traspaso de la escena, al encuentro de lo real, acción impulsiva cuya forma más
típica es la defenestración. Es juego ciego y negación de sí; constituye la única posibilidad,
puntual, para un sujeto, de inscribirse simbólicamente en lo real deshumanizante. Con
frecuencia, es el rechazo de una elección conciente y aceptada entre la castración y la muerte.
Es rebelión apasionada contra la ineludible división del sujeto. Es victoria de la pulsión de muerte,
triunfo del odio y del sadismo. Es también el precio pagado siempre demasiado caro para
sostener inconcientemente una posición de dominio [maîtrise], en el seno de la alienación más
radical, puesto que el sujeto está incluso dispuesto a pagarla con su vida.
Acting-out
fuente(15)
Término utilizado en psicoanálisis para designar acciones que presentan casi siempre un
carácter Impulsivo relativamente aislable en el curso de sus actividades, en contraste relativo
con los sistemas de motivación habituales del Individuo, y que adoptan a menudo una forma
auto- o heteroagresiva. En el surgimiento del acting out el psicoanalista ve la señal de la
emergencia de lo reprimido. Cuando aparece en el curso de un análisis (ya sea durante la sesión
o fuera de ella), el acting out debe comprenderse en su conexión con la transferencia y, a
menudo, como una tentativa de desconocer radicalmente ésta.
El término inglés acting out ha sido adoptado por los psicoanalistas de otras lenguas, lo que
plantea inmediatamente algunos problemas terminológicos:
1.° Dado que lo que Freud denomina agieren se traduce en inglés por to act out (forma
substantiva: acting out) este término incluye toda la ambigüedad de lo que Freud designa de este
modo (véase: Actuar). Así, el artículo acting out del Diccionario general de términos
psicológicos y psicoanalíticos de English y English da la siguiente definición: «Manifestación, en
una situación nueva, de un comportamiento intencional apropiado a una situación más antigua,
representando la primera simbólicamente a la segunda. Cf. Transfert, que es una forma de
acting out».
2.° La anterior definición se halla en contradicción con la acepción generalmente admitida del
acting out, que diferencia e incluso contrapone el terreno de la transferencia y el recurso al
acting out, viendo en este último un intento de ruptura de la relación analítica.
3.° Haremos algunas observaciones acerca del verbo inglés to act out:
a) To act, utilizado en su forma transitiva, está impregnado de significaciones pertenecientes al
ámbito teatral: to act a play = representar una obra; to act a part = representar un papel, etc. Lo
mismo puede decirse del verbo transitivo to act out.
b) La palabra out situada detrás del verbo contiene dos matices: exteriorizar, mostrar fuera lo
que se supone que se tiene dentro de sí; y, también, realizar rápidamente, hasta la terminación
de la acción (matiz que se encuentra en expresiones tales como to carry out = llevar a cabo; to
sell out = vender todas las existencias, etc.).
c) El sentido original, sólo espacial, de la palabra out ha podido inducir a algunos psicoanalistas,
erróneamente, a entender acting out como un acto realizado fuera de la sesión analítica y a
contraponerlo a un acting in, que tendría lugar en el curso de la sesión. Para expresar esta
oposición conviene hablar de acting out outside of psychoanalysis y de acting out inside of
psychoanalysis o in the analytic situation.
4.° En francés y en español, parece difícil hallar una expresión que proporcione todos los
matices señalados (se han propuesto actuar, actuación). El término «paso al acto», que es el
equivalente más a menudo conservado, tiene, entre otros, el inconveniente de haber entrado ya
en la clínica psiquiátrica, donde se tiende a reservarlo en forma exclusiva para designar actos
impulsivos violentos, agresivos, delictivos (crimen, suicidio, atentado sexual, etc.); el sujeto pasa
de una representación, de una tendencia, al acto propiamente dicho. Por otra parte, en su
utilización clínica, este término no hace referencia a una situación transferencial.
Desde el punto de vista descriptivo, la diversidad de actos que de ordinario se clasifican bajo el
título de acting out es muy amplia, incluyendo lo que la clínica psiquiátrica denomina «paso al
acto» (véase más arriba), pero también formas mucho más discretas, a condición de que en
ellas se encuentre también este carácter impulsivo, mal motivado a los propios ojos del sujeto, en
contraste con su comportamiento habitual, incluso aunque la acción en cuestión sea
secundariamente racionalizada; estos caracteres señalan para el psicoanalista el retorno de lo
reprimido. También pueden considerarse como acting out algunos accidentes ocurridos al
individuo, sintiéndose éste ajeno a su producción. Tal ampliación de sentido plantea
evidentemente el problema de la delimitación del concepto de acting out, relativamente impreciso
y variable según los autores, relacionándolo con otros conceptos creados por Freud, en
especial el de acto fallido y los llamados fenómenos de repetición(16). El acto fallido es también
concreto, aislado, si bien, al menos en sus formas más típicas, resulta patente su carácter de
transacción; por el contrario, en los fenómenos de repetición vivida (por ejemplo, «compulsión de
destino»), los contenidos reprimidos retornan, a menudo con gran fidelidad, en un guión del cual
el sujeto no se reconoce como el autor.
Una de las aportaciones del psicoanálisis ha consistido en relacionar la aparición de un
determinado acto impulsivo con la dinámica de la cura y la transferencia. Es ésta una vía
claramente indicada por Freud, quien subrayó la tendencia de algunos pacientes a «llevar a la
acción» (agieren) fuera del análisis las mociones pulsionales develadas por éste. Pero, dado
que, como es sabido, Freud describe también la transferencia sobre la persona del analista
como una forma de «llevar a la acción», de ello se deduce que no diferenció claramente ni
articuló unos con otros los fenómenos de repetición en la transferencia y los del acting out. La
distinción que introdujo parece responder a preocupaciones primordialmente técnicas, en el
sentido de que el individuo que lleva a la acción los conflictos fuera de la cura seda menos
accesible a la toma de conciencia de su carácter repetitivo, y capaz, fuera de todo control y de
toda interpretación del analista, de satisfacer hasta el final, hasta el acto completo, sus pulsiones
reprimidas: «En modo alguno es deseable que el paciente, fuera de la transferencia, lleve a la
acción (agiert) en lugar de recordar; lo ideal, para nuestra finalidad, sería que se comportase lo
más normalmente posible fuera del tratamiento y que sólo manifestase sus reacciones
anormales dentro de la transferencia».
Una de las tareas del psicoanálisis sería la de intentar basar la distinción entre transferencia y
acting out en criterios diferentes a los puramente técnicos o meramente espaciales (lo que
ocurre en el despacho del analista o fuera del mismo); esto supondría, sobre todo, una nueva
reflexión sobre los conceptos de acción, de actualización y sobre lo que define los diferentes
modos de comunicación.
Sólo después de haber esclarecido en forma teórica las relaciones entre el acting out y la
transferencia analítica, se podría investigar si las estructuras descubiertas son extrapolables
fuera de toda referencia a la cura; es decir, preguntarse si los actos impulsivos de la vida
cotidiana no podrían explicarse en conexión con relaciones de tipo transferencial.
Acting out
Acting-out
fuente(17)
Cuando un sujeto no puede acordarse de un elemento reprimido, a veces actúa sin saber qué es
lo que de tal modo vuelve en forma de acción. Refiriéndose al tema en 1914, en «Recordar,
repetir y reelaborar», Freud designa esta puesta en acto con el término Agieren, que ha sido
traducido al inglés como acting out, expresión que subraya la dimensión de juego teatral. En esa
oportunidad Freud introduce la compulsión a la repetición y la asocia con la transferencia, en
tanto ésta sería la repetición, en actos, del pasado imposible de rememorar. Sea que haya tenido
lugar durante una sesión de análisis o fuera de ella, un acting out reproduce un cliché o un guión
inconsciente, y tiene una dimensión transferencial. En su seminario l'Angoisse, de 1963, Lacan
dice que es una «transferencia salvaje», e insiste en el alcance actual de lo que viene a
mostrarse en la escena.
En efecto, en el análisis, un acting out puede constituir un llamado, un desafío, una réplica que
atestigua un desfallecimiento del decir, que responde a una intervención en lo real o significa lo
que resta intocado por la interpretación. Representa por lo tanto una verdad no reconocida, y se
ubica en la frontera entre la vida real y la escena de la ficción, lo que hace que perturbe el juego,
pero también que haga posible el análisis cuando encuentra acceso a la representación y hace
lugar a la palabra.
Acting out
Acting-out
Alemán: Agieren.
Francés: Passage à l'acte.
Inglés: Acting out.
fuente(18)
Noción elaborada por los psicoanalistas de lengua inglesa, y después retomada con el mismo
nombre en francés, para traducir lo que Sigmund Freud llama "puesta en acto", con el verbo
alemán agieren. La palabra remite a la técnica psicoanalítica y designa el modo en que un sujeto
pasa al acto inconscientemente, fuera o dentro del marco de la cura, para evitar la verbalización
del recuerdo reprimido, y al mismo tiempo para sustraerse a la transferencia.
Freud propuso la palabra Agieren (poco corriente en alemán) en 1914, para designar el
mecanismo por el cual un sujeto actúa pulsiones, fantasmas, deseos. Por otra parte, hay que
relacionar esta noción con la de abreacción (Abreagieren). El mecanismo está asociado a la
rememoración, la repetición y la elaboración (o reelaboración). El paciente "traduce en actos" lo
que ha olvidado: "Tenemos que contar -dice Freud- con que él ceda al automatismo de repetición
que ha reemplazado el recuerdo por la compulsión, y esto no sólo en sus relaciones personales
con el médico, sino también en todas sus otras ocupaciones y relaciones actuales, y cuando,
por ejemplo, le sucede que en el curso del tratamiento se enamora".
Para responder a este mecanismo, Freud preconiza dos soluciones: 1) Hacer prometer al
paciente que, mientras se desarrolla el tratamiento, no tomará ninguna decisión importante
(matrimonio, elección de un amor definitivo, profesión) antes de estar curado. 2) Reemplazar la
neurosis ordinaria por una neurosis de transferencia, de la que lo curará el trabajo terapéutico.
En 193 8, en el Esquema del psicoanálisis, Freud subraya que es deseable que el paciente
manifieste sus reacciones en el interior de la transferencia.
Los psicoanalistas de lengua inglesa distinguen el acting in del acting out propiamente dicho. El
acting in designa la sustitución de la verbalización por un actuar en el interior de la sesión
psicoanalítica (cambio de la posición del cuerpo o aparición de emociones), mientras que el
acting out caracteriza el mismo fenómeno fuera de la sesión. Los kleinianos insisten en el
aspecto transferencial del acting in y en la necesidad de analizarlo, sobre todo en los estados
límite.
Por otra parte, en 1967, el psicoanalista francés Michel de M'Uzan ha propuesto distinguir el
acting out directo (acto simple sin relación con la transferencia) y el acting out indirecto (ligado a
una organización simbólica relacionada con una neurosis de transferencia).
En el vocabulario psiquiátrico francés, la expresión "pasaje al acto" apunta a la violencia de una
conducta por la cual el sujeto se precipita a una acción que lo supera: suicidio, delito, agresión.
Partiendo de esta definición, Jacques Lacan, en 1962-1963, en su seminario sobre la angustia,
instaura una distinción entre acto, acting out y pasaje al acto. En el marco de su concepción del
otro y de la relación de objeto, y a partir de un comentario sobre dos observaciones clínicas de
Freud (el caso "Dora" y "Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina"),
Lacan, en efecto, estableció una jerarquía en tres niveles. Según él, el acto es siempre un acto
significante que le permite al sujeto transformarse retroactivamente (posterioridad). El acting out,
por el contrario, no es un acto, sino una demanda de simbolización que se dirige a un otro. Es un
acceso de locura, destinado a evitar la angustia. En la cura, el acting out es el signo de que el
análisis se encuentra en un atolladero, en el cual se revela la debilidad del psicoanalista. No
puede ser interpretado, pero se modifica si el analista lo entiende y cambia de posición
transferencial.
En cuanto al pasaje al acto, en Lacan se trata de un "actuar inconsciente", un acto no
simbolizable con el cual el sujeto cae en una situación de ruptura integral, de alienación radical.
Se identifica entonces con el objeto (pequeño) a, es decir, con un objeto excluido o rechazado
de todo marco simbólico. Para Lacan, el suicidio está del lado del pasaje al acto, como lo
atestigua el modo mismo de morir, abandonando la escena a través de una muerte violenta: salto
en el vacío, defenestración, etcétera.
Actividad - pasividad
Al.: Aktivität -
Passivität. -
Fr.: activité - passivité. -
Ing.: activity - passivity. -
It.: attivitá - passivitá. -
Por.: atividade - passividade.
fuente(19)
Uno de los pares de antitéticos fundamentales en la vida psíquica. Especifica determinados tipos
de fines pulsionales. Desde un punto de vista genético, la oposición activo-pasivo figuraría en
primer lugar con respecto a oposiciones ulteriores en las cuales viene a integrarse aquélla:
fálico-castrado y masculino-femenino.
Si bien actividad y pasividad califican principalmente, según Freud, las modalidades de la vida
pulsional, ello no presupone que puedan oponerse pulsiones activas a pulsiones pasivas. Por el
contrario, Freud subrayó, especialmente en su polémica con Adler (véase: Pulsión agresiva),
que la pulsión es por definición activa: «[...] cada pulsión es un fragmento de actividad; cuando
se habla en forma descuidada de pulsiones pasivas, sólo puede referirse a pulsiones con un fin
pasivo».
Esta pasividad del fin la observan los psicoanalistas en aquellos ejemplos privilegiados en que el
individuo quiere ser maltratado (masoquismo) o visto (exhibicionismo). ¿Qué debe entenderse
aquí por pasividad? Es preciso distinguir dos niveles: por una parte, el comportamiento
manifiesto; por otra, las fantasías subyacentes. En cuanto al comportamiento, es cierto que el
masoquista', por ejemplo, responde a la exigencia pulsional mediante una actividad encaminada a
situarlo en condiciones de satisfacción. Pero la última fase de su comportamiento sólo se
alcanza si el individuo puede hallarse en una posición que lo ponga a merced del otro. A nivel de
las fantasías, es posible mostrar cómo toda posición pasiva es inseparable de su contraria; así,
en el masoquismo, «[...] el yo pasivo se sitúa de nuevo en la fantasía, en el lugar [...] qee es
ahora cedido al sujeto ajeno». En este sentido, se encontraría siempre, a nivel de fantasía, la
presencia simultánea o alternativa de los dos términos: «actividad» y «pasividad». Con todo,
tanto en la naturaleza de la satisfacción buscada como en la posición fantasiosa, esta
complementariedad no debe hacernos perder de vista lo que puede haber de irreductible en la
fijación a un papel sexual activo o pasivo.
Por lo que respecta al desarrollo del sujeto, Freud atribuye un gran papel a la oposición
actividad-pasividad, que precede a los otros pares antitéticos: fálico-castrado y
masculinidad-feminidad. Según Freud, es en la fase anal cuando « [...] aparece claramente la
oposición que se encuentra de un modo general en la vida sexual [...] el elemento activo está
constituido por la pulsión de apoderamiento, la cual está ligada a la musculatura; el órgano cuyo
fin sexual es pasivo será representado por la mucosa intestinal erógena». Esto no implica que,
en la fase oral, no coexistan actividad y pasividad, sino que éstas todavía no se han erigido en
términos antagonistas.
Ruth Mack Brunswick, describiendo La fase preedípica de la evolución de la libido (The
Preoedipal Phase of the Libido Development, 1940), dice: «A lo largo de todo el período de
desarrollo de la libido existen tres grandes pares antitéticos, mezclándose, imbricándose,
combinándose sin jamás coincidir totalmente, para finalmente substituirse el uno al otro; la vida
del lactante y del niño pequeño se caracteriza por los dos primeros, y la del adolescente por el
tercero». La autora muestra cómo el niño empieza siendo totalmente pasivo en su relación con
una madre que satisface sus necesidades y cómo, progresivamente, «[...] cada fragmento de
actividad se basa en cierta medida en una identificación con la madre activa».
Actividad - pasividad
Actividad - pasividad
fuente(20)
Al identificar los traumas infantiles como fuente de neurosis, Freud los atribuye primero a los
abusos sexuales perpetrados por adultos o niños de más edad, y sufridos pasivamente, así
como a las acciones sexuales de carácter agresivo seguidas de reproches. De modo que lo
primero sería una escena de «seducción», incluso si ella sólo tiene efecto a posterior . o
obstante, desde 1897, Freud relativiza esa concepción, porque no toma en cuenta como es
debido la dimensión fantasmática. En adelante pondrá más bien el acento en la actividad sexual
infantil y en las «teorías» que acompañan a las observaciones e investigaciones sexuales de
niño, lo cual permite tener en cuenta su basamento pulsional.
En una nota añadida en 1915 a los Tres ensayos de teoría sexual, Freud dice que «la pulsión es
siempre activa, incluso cuando se ha fijado una meta pasiva». El mismo año, en «Pulsiones y
destino de pulsión», explora las modalidades de transformación de una forma activa de
satisfacción y su inversión en meta pasiva. De tal modo, el pasaje de «mirar» a «ser mirado» o
de «atormentar» a «ser atormentado» puede corresponder, en el idioma de las perversiones, a la
inversión del voyeurismo en exhibicionismo o del sadismo en masoquismo. Actividad y pasividad
están constituidas en pares de opuestos, y se entiende que, al principio, «el yo-sujeto es pasivo
ante las excitaciones exteriores, y activo por el hecho de sus propias pulsiones». Pero, como el
sujeto puede hacerse objeto, la pulsión es también articulable, según lo propuso Lacan en 1964,
en los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, en términos tales como «hacerse ver»
o «hacerse pegar», lo que subraya la actividad que hay en juego incluso en la versión pasiva.
La suerte de una moción pulsional depende entonces de las ubicaciones respectivas del sujeto y
el objeto. Es así como, cuando la actividad es atribuida al Otro, a una instancia separada o a una
persona exterior, el sujeto puede encontrarse reducido al yo-objeto. O, aún más, la posición del
objeto determina que una pulsión de destrucción tome la forma de pulsión de muerte vuelta
contra la propia persona, o de pulsión de dominio y agresión derivada hacia el exterior.
Finalmente, el juego infantil le muestra a Freud que «una impresión que el niño experimenta
pasivamente hace nacer en él la tendencia a una reacción activa». «Sobre la sexualidad
femenina» (1931); la repetición con inversión de la pasividad en actividad constituye también una
búsqueda de lo nuevo.
Por otro lado, Freud no deja de preguntarse por qué la oposición entre actividad y pasividad
ocupa el lugar de la representación de la diferencia de sexos, sin, no obstante, permitir
elucidarla. Según él, esta oposición se establece en el curso de las fases anal y fálica, y en ella
activo y pasivo pasan a corresponder a fálico y castrado. Desde ese momento las metas
pasivas quedan asociadas en el varón a la angustia de castración. En cuanto a la actividad
sexual de la niña, será de carácter fálico y se prolongará en la «envidia del pene». Entonces lo
femenino aparece como enigma en su relación con una libido llamada masculina. Sigue siendo
cierto que actividad y receptividad no se excluyen y que, si el deseo está ligado a la falta, es la
relación con el goce lo que tal vez decide la identificación con lo masculino o lo femenino. De
modo que el debate sigue abierto en el psicoanálisis contemporáneo.
Finalmente, algunos, Ferenczi entre ellos, han opuesto una «técnica activa» (que supone
prohibiciones o consuelos) a la práctica en la que el analista permanece abstinente. Esto invita a
recordar que la posición analítica supone la capacidad de pasar de un estado a otro es decir, un
modo de actividad psíquica qu¿ acompaña la escucha y permite obtener consecuencias tanto del
silencio como de la palabra, en la que el decir puede convertirse en acontecimiento.
Acto
(pasaje al)
fuente(21)
Utilizada para designar ciertas formas impulsivas del actuar (Agieren es el término empleado por
Freud), la noción de «pasaje al acto» subraya en psiquiatría la violencia o la brusquedad de
diversas conductas que crean cortocircuitos en la vida mental y precipitan al sujeto en una
acción: agresión, suicidio, comportamiento perverso, delito, etcétera. Su empleo a menudo
peyorativo carece por lo tanto de especificidad psicoanalítica. No obstante, Lacan ha tratado de
delimitarla mejor, identificándola con una salida de escena en la que, como en una
defenestración o un salto al vacío, el sujeto queda reducido a un objeto excluido o rechazado.
Esto no excluye entonces que haya puesta en acto del deseo del Otro. Pero aquí el acto no sería
«algo que quiere decir», y correspondería a una ruptura del marco del fantasma y a una
expulsión del sujeto.
Acto fallido
fuente(22)
(fr. acte manqué; ingl. bungled action, parapraxis; al. Fehlleistung). Acto por el cual un sujeto
sustituye, a su pesar, un proyecto o una intención, que él se ha propuesto con deliberación, por
una acción o una conducta totalmente imprevistas.
Mientras que la psicología tradicional nunca prestó una atención particular a los actos fallidos, S.
Freud los integra de pleno derecho al funcionamiento de la vida psíquica. Reúne todos esos
fenómenos en apariencia dispares y sin lazos en un mismo cuerpo de formaciones psíquicas, de
los que da cuenta desde el punto de vista teórico por medio de dos principios fundamentales. En
primer lugar, los actos fallidos tienen un sentido; en segundo lugar, son «actos psíquicos».
Postular que los actos fallidos son fenómenos psíquicos significativos conduce a suponer que
resultan de una intención. Por eso deben ser considerados como actos psíquicos en sentido
estricto.
La intuición nueva de Freud será no sólo identificar el origen del acto fallido, sino además tratar
de explicitar su sentido en el nivel del inconciente del sujeto. Si el acto fallido le aparece al sujeto
como un fenómeno que atribuye de buen grado a un efecto del azar o de la falta de atención, es
porque el deseo que en él se manifiesta es inconciente y precisamente le significa al sujeto
aquello de lo que no quiere saber nada. En tanto el acto fallido realiza ese deseo es un auténtico
acto psíquico: acto que el sujeto ejecuta, sin embargo, sin saberlo. Si hay que ver en el acto
fallido la expresión de un deseo inconciente del sujeto que se realiza a pesar de él, la hipótesis
freudiana presupone entonces necesariamente la intervención previa de la represión. Es el
retorno del deseo reprimido lo que irrumpe en el acto fallido bajo la forma de una tendencia
perturbadora que va en contra de la intención conciente del sujeto. La represión de un deseo
constituye por consiguiente la condición indispensable para la producción de un acto fallido,
como lo precisa Freud: «Una de las intenciones debe haber sufrido, pues, cierta represión para
poder manifestarse por medio de la perturbación de la otra. Debe estar turbada ella misma antes
de llegar a ser perturbadora» (Conferencias de introducción al psicoanálisis, 1916). El acto
fallido resulta entonces de la interferencia de dos intenciones diferentes. El deseo inconciente
(reprimido) del sujeto intentará expresarse a pesar de su intención conciente, induciendo una
perturbación cuya naturaleza no parece depender, de hecho, más que del grado de represión:
según, por ejemplo, que el deseo inconciente sólo llegue a modificar la intención confesa, o
según que se confunda simplemente con ella, o según, por último, que tome directamente su
lugar. Estas tres formas de mecanismos perturbadores se encuentran particularmente bien
ilustradas por los lapsus, de los que Freud da numerosos ejemplos en 1901 en Psicopatología
de la vida cotidiana. Se puede, pues, asimilar los actos fallidos a las formaciones de síntomas,
en tanto los síntomas resultan en sí mismos de un conflicto: el acto fallido aparece, en efecto,
como una formación de compromiso entre la intención conciente del sujeto y su deseo
inconciente. Ese compromiso se expresa a través de perturbaciones que adoptan la forma de
«accidentes» o de «fallos» de la vida cotidiana.
Con la teoría psicoanalítica del acto fallido quedan descartadas de raíz las tentativas de
explicación puramente orgánicas o psicofisiológicas, que con frecuencia se esgrimen a cuento
de tales «accidentes» de la vida psíquica. El método de la asociación libre, aplicado con juicio al
análisis de tales «accidentes», no deja de confirmar la asimilación hecha del acto fallido a un
verdadero síntoma tanto en lo que concierne a su estructura de compromiso como en lo que
concierne a su función de cumplimiento de deseo. Por otro lado, teniendo en cuenta la naturaleza
de los mecanismos inconcientes que gobiernan la producción de tales «accidentes», la teoría
psicoanalítica de los actos fallidos constituye una introducción fundamental al estudio y la
comprensión del funcionamiento del inconciente.
Acto fallido
Acto fallido
Al.: Fehlleistung. -
Fr.: acte manqué. -
Ing.: parapraxis. -
It.: atto mancato. -
Por.: ato falho o perturbado.
fuente(23)
Acto en el cual no se obtiene el resultado explícitamente perseguido, sino que se encuentra
reemplazado por otro. Se habla de actos fallidos no para designar el conjunto de los errores de
la palabra, de la memoria y de la acción, sino aludiendo a aquellas conductas que el Individuo
habitualmente es capaz de realizar con éxito, y cuyo fracaso tiende a atribuir a la falta de
atención o al azar. Freud demostró que los actos fallidos son, como los síntomas, formaciones
de compromiso entre la intención consciente del sujeto y lo reprimido.
Acerca de la teoría del acto fallido, remitimos al lector a la Psicopatología de la vida cotidiana, de
Freud (Zur Psychopathologie des Alltagslebens, 1901), de la cual se deduce que el acto
llamado fallido es, en otro plano, un acto ejecutado con éxito: el deseo inconsciente se ha
realizado en una forma a menudo muy manifiesta.
El término «acto fallido» traduce la palabra alemana Feh1leistung que para Freud comprende no
solamente acciones stricto sensu, sino también toda clase de errores y lapsus de la palabra y
del funcionamiento psíquico.
La lengua alemana, mediante el prefijo ver, pone en evidencia lo que hay de común en todos
estos yerros, como por ejemplo das Vergessen (olvido), das Versprechen (lapsus linguae), das
Verlesen (error de lectura), das Verschreiben (error de escritura), das Vergreifen (error de la
acción), das Verlieren (el extraviar).
Obsérvese que, antes de Freud, este conjunto de fenómenos marginales de la vida cotidiana no
había sido agrupado ni designado por un mismo concepto; éste ha surgido en virtud de la teoría
de Freud. Los editores de la Standard Edition señalan que, para designar este concepto, ha sido
preciso crear en inglés un término: el de parapraxis. Los traductores al español y al francés de
la Psicopatología de la vida cotidiana utilizan el término «acto fallido» (acte manqué), el cual ha
adquirido derecho de ciudadanía, pero, al parecer, en el uso psicoanalítico corriente, designa
más bien una parte del campo que abarca el término alemán Feh1leistung, a saber, los fallos en
la acción stricto sensu.
Acto fallido
Acto fallido
fuente(24)
Al estudiar la fuerza de las palabras en su fallo con relación a la intención del locutor, en
Psicopatología de la vida cotidiana (1901) y en Conferencias de introducción al psicoanálisis
(1916), Freud subraya que ellas se sitúan siempre en un intercambio entre por lo menos dos
personas: «con palabras, un hombre puede hacer que su semejante sea feliz o empujarlo a la
desesperación, y es con las palabras que el maestro les transmite su saber a los discípulos, que
un orador arrastra a quienes lo escuchan y determina sus juicios y decisiones», escribe en las
Conferencias de introducción al psicoanálisis. Esto supone que toda palabra lleva en sí una
intención consciente; sin embargo, según la expresión de Freud, puede «no dar en el blanco»
(«Cinco conferencias sobre psicoanálisis»). Los actos fallidos se presentan en forma de lapsus,
falsa lectura, falsa audición, olvido, olvido de ejecutar un proyecto, no encontrar un objeto,
pérdidas, ciertos errores. Se trata en realidad de un acto en el que está en juego el cuerpo en un
instante dado: un acto de habla o de escritura es reemplazado por otro; esos actos, sustituidos,
desviados o invertidos, omitidos, tienen una doble función de lenguaje: en primer lugar,
atestiguan la puesta de un deseo inconsciente; al mismo tiempo, dan prueba de un inconsciente
estructurado como un lenguaje (condensación, desplazamiento, metáfora, metonimia), y a causa
de ello pueden ser descifrados como un mensaje. Por esto Freud ubica al acto fallido como una
formación de compromiso entre lo consciente y lo reprimido. Freud dice que con frecuencia el
sujeto tiende a atribuir los actos fallidos al azar. Cabe pensar que esta impresión se debe a que
el acto fallido suele ser instantáneo y a que se produce en una situación construida: por ejemplo,
se necesita un objeto para realizar una cierta acción, se pronuncia un discurso para defender
una idea. Es decir que lo inconsciente se da a menudo en una fractura, en una falla temporal que
indica el célebre «ello [ça] habla». Freud descubre también el acto fallido en ciertos fenómenos
psíquicos: las ideas espontáneas como el chiste o la asociación libre, los sueños, los actos
sintomáticos, accidentales. A menudo los acompaña «una multitud de pequeños fenómenos
secundarios» que ponen en juego al cuerpo, lo gestual, la emoción visible en un rostro, la
impaciencia, la repetición del acto fallido o un segundo lapsus.
Nunca hay que descifrar el acto fallido en su forma, sino en el intento al que sirve. Se debe
analizar con mucha fineza esa interferencia de dos intenciones: por ejemplo, perder un objeto
puede significar que ya no se lo aprecia o que ya no se aprecia a la persona que nos lo ha dado;
esto puede entenderse como una pérdida voluntaria o como un sacrificio voluntario. Asimismo,
en el caso del olvido de una palabra, no se trata de que ella recuerde una situación
desagradable, sino de que está articulada con otras asociaciones estrechamente relacionadas
con esa palabra: «se trata principalmente de la negativa de la memoria a evocar recuerdos
asociados a sensaciones penosas, recuerdos cuya evocación reproduciría tales sensaciones»,
escribe Freud en las Conferencias de introducción al psicoanálisis. Como vemos, el acto fallido
tiene una función defensiva con relación a ciertas representaciones que amenazan con
perturbar el equilibrio psíquico del sujeto.
Acto fallido
Acto fallido
Alemán: Fehlleistung.
Francés: Acte manqué.
Inglés: Parapraxis.
fuente(25)
Acto mediante el cual un sujeto, a pesar suyo, reemplaza por una acción o una conducta
imprevistas el proyecto al que apuntaba deliberadamente.
Lo mismo que con el lapsus, Sigmund Freud fue el primero en atribuir, a partir de La
interpretación de los sueños, una verdadera significación al acto fallido, mostrando que es
preciso relacionarlo con los motivos inconscientes de quien lo comete. El acto fallido, o acto
accidental, se convierte en el equivalente de un síntoma, en la medida en que es un compromiso
entre la intención consciente del sujeto y su deseo inconsciente.
En 1901, en Psicopatología de la vida cotidiana, Freud, con mucho humor, proporciona los
mejores ejemplos de actos fallidos, utilizando numerosas historias que le acercaron sus
discípulos; por ejemplo, la narrada por Harms Sachs: en una cena con su marido, la esposa se
equivoca y pone junto al asado, en lugar de la mostaza reclamada por el esposo, un frasco del
medicamento que ella utiliza para curarse el dolor de estómago. Los vieneses han tenido siempre
un gusto pronunciado por los interminables relatos de lapsus y actos fallidos, que transforman
en historias divertidas.
Después de ellos, Jacques Lacan se revelará en este dominio como uno de los mejores
comentadores de Freud. En particular, en 1953, en "Función y campo de la palabra y el lenguaje
en psicoanálisis", dio la siguiente definición: "Para la psicopatología de la vida cotidiana, otro
campo consagrado por otra obra de Freud, está claro que todo acto fallido es un discurso
logrado, incluso bastante bellamente construido...".
Acto psicoanalítico
Acto psicoanalítico
Acto psicoanalítico
fuente(26)
(fr. acte psychanalytique; ingl. psychoanalytical act). Intervención del analista en la cura, en
tanto ella constituye el marco del trabajo psicoanalítico y tiene un efecto de franqueamiento.
¿Cómo evaluar los efectos, las consecuencias de un psicoanálisis? El levantamiento del síntoma
quizá no baste aquí, en tanto que, de no haber modificación de la estructura psíquica, puede
perfectamente reaparecer en otro punto. Más decisivo sería que un sujeto encontrara en un
psicoanálisis la ocasión de romper con lo que lo hacía circular siempre por los mismos carriles: si
la cura permite un franqueamiento, se reconocerá que ha habido en ver -dad un acto
psicoanalítico.
Es evidente que la definición de este acto puede parecer problemática. Si, en efecto, se estima,
con Freud, que el analista debe mantenerse en una cierta neutralidad, y no dirigir a su paciente
en el sentido que él juzgaría bueno, mal se ve cómo podría decirse que actúa. No obstante, si no
dirige a su paciente, el analista dirige en cambio la cura. Debe, por ejemplo, evitar que el sujeto
se atasque en la repetición, que la resistencia neutralice el trabajo que la cura hace cumplir.
Algunos autores han insistido en este punto. S. Ferenczi, especialmente, había derivado de ahí la
idea de una «técnica activa». Para evitar que la energía psíquica se distrajera del trabajo
psicoanalítico, prohibía las satisfacciones sustitutivas, sistematizando así el principio de
abstinencia freudiano. O incluso prescribía a un sujeto -por ejemplo a un fóbico- enfrentar lo que
lo espantaba a fin de reactivar un conflicto psíquico y volver a impulsar -lo al trabajo.
Si la técnica activa en tanto tal planteó diversos problemas y fue abandonada, la idea de dar
cuenta de lo que constituye el acto del psicoanalista sigue siendo de actualidad. J. Lacan,
especialmente, ha considerado esta cuestión, y se ha empeñado, por ejemplo, en averiguar la
dimensión de corte que hay en la interpretación. En dos seminarios sucesivos, Lógica del
fantasma (1966-67) y Acto psicoanalítico (1967-68), estudia por otra parte más explícitamente el
acto del psicoanalista.
¿Qué es un acto, desde el punto de vista del psicoanálisis? El acto fallido podría dar una primera
idea de ello. Cuando el sujeto, «involuntariamente», rompe un objeto que detesta, el acto 4állido»
es un acto particularmente logrado, tanto más cuanto que el deseo inconciente, como es
manifiesto en este caso, va más lejos que las intenciones del individuo. Pero es sin duda sobre
todo en una recuperación significante cuando el acto fallido tiene valor de acto. Cualquiera
puede tropezar. Pero habrá acto desde el momento en que el sujeto reconozca que ha dado «un
paso en falso».
En esta dimensión de una palabra que vuelve sobre sus propias huellas insistirá Lacan, y
desembocará en el particular movimiento de báscula que constituye el pasaje del analizante al
psicoanalista. En la cura, el psicoanalizante experimentará que el psicoanalista, planteado al
principio, en tanto soporte de la trasferencia, como sujeto-supuesto-al-saber, se reduce al
término del proceso a ser el que sostiene el lugar [lugar -teniente] del objeto a, es decir, un
objeto destinado a ser desechado. A partir de allí se da cuenta de que no podrá ser/estar [en fr.,
être = ser/estar] en el acto analítico, que no podrá garantizar la tarea del analizante, a no ser que
consienta en exponerse él mismo a tal destitución. He aquí al menos lo que Lacan suponía, y
justamente para asegurarse de ello propuso el dispositivo del pase.
Actuar
Al.: Agieren. -
Fr.: mise en acte. -
Ing.: acting out. -
It.: agire. -
Por.: agir.
fuente(27)
Según Freud, hecho en virtud del cual el sujeto, dominado por sus deseos y fantasías
Inconscientes, los vive en el presente con un sentimiento de actualidad, tanto más vivo cuanto
que desconoce su origen y su carácter repetitivo.
Al introducir la expresión «actuar» intentamos únicamente proponer una traducción del término
agieren o Agieren, que se encuentra repetidas veces en Freud como verbo o como substantivo,
Agieren, término de origen latino, no es corriente en lengua alemana. Para hablar de acción, de
actuar, el alemán utiliza de preferencia palabras como die Tal, tun, die Wirkung, etc. Freud
utiliza agieren en sentido transitivo, al igual que el término de idéntica raíz Abreagieren (véase:
Abreacción): se trata de «llevar a la acción» pulsiones, fantasías, deseos, etc.
Agieren se asocia casi siempre a erinnern (recordar), oponiéndose ambos términos como dos
formas de hacer retornar el pasado en el presente.
Esta oposición se le puso de manifiesto a Freud sobre todo en la cura, de tal forma que lo que
Freud designa casi siempre como «actuar» es la repetición en la transferencia: el paciente «[...
por así decirlo, actúa (agiert) ante nosotros en lugar de informarnos ...]», pero el «actuar» se
extiende más allá de la transferencia propiamente dicha: «Debemos esperar a que el analizado
se abandone a la compulsión de repetición, que entonces reemplaza el impulso a recordar, y no
sólo en sus relaciones personales con el médico, sino también en todas las restantes
actividades y relaciones de su vida presente, por ejemplo efectuando, durante la cura, la
elección de un objeto amoroso, encargándose de una tarea, ocupándose en una empresa».
El término Agieren, como también el de «actuar», implica un equívoco, que es el del propio
pensamiento de Freud: éste confunde lo que, en la transferencia, es actualización con el hecho
de recurrir a la acción motriz, el cual no se halla necesariamente implicado por la transferencia
(véase: Transferencia, Acting out). Así, pues, resulta difícil comprender cómo pudo Freud, para
explicar la repetición en la transferencia, atenerse constantemente al modelo metapsicológico de
la motilidad propuesto a partir de La interpretación de los sueños (Die Traunideutung, 1900):
«[...] el hecho de la transferencia, al igual que las psicosis, nos enseña que [los deseos
inconscientes] aspiran, pasando por el sistema preconsciente, a llegar a la conciencia y al
control de la motilidad».
Acuerdo inconsciente
fuente(28)
Definición
Acordar: poner de acuerdo a personas, poner acordes instrumentos musicales; resolver;
determinar. Del latín: accordare: poner de acuerdo, derivado de cor cordis, corazón, según el
modelo de concordare: estar de acuerdo y discordare: discrepar (Corominas, J., 1961). Acordar:
Es ponerse de acuerdo, lo cual implica una suerte de combinación de puntos de vista diferentes
(Real Academia Española, 1956).
Tomando la conceptualización de Berenstein y Puget puede definirse el acuerdo inconsciente del
siguiente modo: Conjunto de estipulaciones inconscientes donde por lo menos dos yoes, regulan
los intercambios de aquellos aspectos compartibles de cada uno, a efectos de crear lo más
deseado, lo más provechoso, y lo menos prohibido para cada yo, en una composición con
carácter de estructura más o menos estable. Constituyen así una unidad que implica y supera la
mera suma de los aportes de cada yo en una combinatoria, que articula las constelaciones
objetales individuales. Dicha estructura está compuesta por: una parte del yo, una parte del otro,
y una envoltura afectiva que los liga, constituyendo una vivencia de unidad compartida e
inscripta en cada mente con el doble carácter de simultaneidad y uniterritorialidad.
Origen e historia del término
Dado que los acuerdos y pactos inconscientes, son modos específicos de las estipulaciones
inconscientes que se entrelazan en los vínculos de pareja y familia, los antecedentes históricos
remiten en general, a los mismos autores. Se agrega en sendas reseñas históricas, algún autor
que desarrolla conceptos afines al término tratado, en un mayor grado de particularidad.
H.V. Dicks (1967) habla de "complementariedad inconsciente".
Utilizando la teoría de las relaciones objetales, para explicar la complicidad sincronizada y la
reciprocidad observables de la pareja conyugal, propone el concepto de "complementariedad
inconsciente". Lo conceptualiza como una división de aportes que cada miembro proporciona a
la alianza, como cualidades Perdidas en el otro, a consecuencia de sus mecanismos de escisión
y proyección, y que pueden entonces ser recuperados por identificación introyectiva. Articula
las nociones de relación de objeto, proyección, identificación introyectiva, sincronización y
reciprocidad.
Albert Scheflen (1975) al referirse a algunas características de las relaciones bipersonales
regresivas señala: "En tales parejas puede mantenerse una conspiración inconsciente, para
ocultar la dependencia detrás del rol de dador, de más fuerte. Así se preservan el masoquismo
de uno y el narcisismo de otro. Ser indispensable para el compañero débil resulta un método que
preserva la autoestima y asegura el vínculo en tanto disfraza sus necesidades de dependencia".
Liga así la noción de "conspiración inconsciente" a los conceptos de dependencia, narcisismo y
masoquismo.
James Framo (1980) sostiene: "Los partícipes desempeñan recíprocamente funciones psíquicas
y hacen tratos inconscientes". "Seré tu conciencia si tú traduces en actos mis conflictos."
Intenta así relacionar lo intrasubjetivo y lo intersubjetivo.
A. Cohan de Urribarri y R. Uribarri (1986) relacionan la idea de "contrato inconsciente" a la mutua
satisfacción de deseos del otro como cada yo lo percibe, que asegura a cambio la satisfacción
de los propios. Si esto no sucede, aparecen sentimientos de desilusión, abandono, depresión o
rabia".
R. Kaës (1976) - Desarrolla el concepto de "inter-fantasmatización", como producción vincular
inconsciente; al que nos referiremos más adelante, en el desarrollo del término.
A. Ruffiot (1981) - Entiende por "interfantasmatización" una escena de intercambio inconsciente
entre los yoes, con lugares para cada uno de ellos y según acuerdos y pactos inconscientes.
Desarrollo desde la perspectiva vincular
El origen de los acuerdos inconscientes puede conceptualizarse como resultante de la tendencia
de la vida anímica, a la unificación del funcionamiento mental y vincular. Esta tendencia, podría
tener origen en el sentimiento oceánico, al que alude Freud en El malestar en la cultura y que
pone en evidencia la indiscriminación yo-no yo, vinculada a un resto de narcisismo originario.
Pensando en términos vinculares puede resultar más conveniente ubicar el origen de esta
tendencia apelando al concepto del pictograma, desarrollado por Piera Aulagnier. El pictograma
permite la representación de una escena, como una entidad única e indisociable, a la que llama:
"la imagen del objeto-zona complementaria". Dice: "Esta imagen es el pictograma, en cuanto
puesta en forma de un esquema relacional en que el representante se refleja como totalidad
idéntica al mundo. Lo que la actividad psíquica contempla y catectiza en el pictograma, es el
reflejo de sí misma que le asegura que entre el espacio psíquico, y el espacio de lo exterior a la
psique, existe una relación de identidad, y de especularización recíprocas". El acuerdo
inconsciente sería un ejercicio por el cual se intenta unificar armónicamente diversas
resoluciones del narcisismo y del complejo de Edipo de cada yo, en una vivencia de encuentro
que brinde el anhelado e ilusorio carácter de unicidad.
Implica un yo y un otro, únicos pasibles para ambos, en ese momento, de despertar esa
experiencia emotiva, en una suerte de cooperación mutua, para evocar inconscientemente un
determinado tipo de vínculo, que realiza un deseo compartido y que contiene los lugares del
parentesco. Los lugares a su vez, funcionan al modo de una oferta a los yoes, para ser
ocupados según ciertas cualidades que la trama vincular propone. Así mismo, el modo de
habitación del lugar por los yoes hace a las cualidades de lugar, significa los lugares.
Todo acuerdo inconsciente comporta la ilusión de eternidad y el deseo de cada yo, de contar
con el otro, como un objeto único. El acuerdo inconsciente se haría en base de una apropiación
mutua y compartida de aspectos de la vida mental de cada yo; o en otros términos, tendría un
fuerte componente de coidentificación sobre la base de una comunidad de motivos. Se alude
aquí al concepto de identificación propuesto por Freud en 1900, en La interpretación de los
sueños donde sostiene: "Por tanto, la identificación no es simple imitación sino apropiación sobre
la base de la misma reivindicación etiológica; expresa un 'igual que' y se refiere a algo común
que permanece en lo inconsciente".
Concibiendo al acuerdo inconsciente, como un cierto tipo de estipulación inconsciente regulada,
parece útil la referencia al concepto de organizador inconsciente. A. Eiguer, retornando los
desarrollos de Spitz, Kaës, Anzieu, sobre organizadores inconscientes, propone la existencia de
tres organizadores inconscientes de la alianza matrimonial.
Primer organizador. El complejo de Edipo, que según D. Anzieu, diferencia a los grupos
informales, de la pareja y la familia. Este primer organizador, determinaría la elección de objeto y
la estructura de la pareja.
Segundo organizador. El soi-conjoint, denominado así por Eiguer, que actúa como un
determinante del sentimiento de pertenencia, el hábitat interior, y las relaciones entre el ideal del
yo y el yo ideal. Lo define como una representación compartida por los cónyuges, de su pareja,
en una continuidad témporo-espacial.
Tercer organizador. La interfantasmatización (D. Anzieu y R. Kaës) pensada como una
coproducción fantasmática dentro de un grupo, de carácter inconsciente y compartida. Incluye
un conjunto de fantasías: las originarias; fantasías de pérdida; daño, devoración, posesión,
asfixia, interpenetración, entre otras. Una misma interfantasmatización, determinaría la estructura
de la pareja, el modo conflictual y estaría ya activa desde el comienzo del encuentro amoroso.
Los acuerdos inconscientes podrían ser pensados, como efectos de estos organizadores, en el
sentido de estipulaciones inconscientes, necesarias para regular la actividad de la producción
inconsciente compartida. El concepto de acuerdo inconsciente sostiene el de memoria vincular,
conceptualizada como cooperación mutua de los yoes para evocar inconscientemente un cierto
tipo de relación. La memoria vincular trasciende a cada yo, es sostenida con el otro, o los otros,
al tiempo que la memoria de éstos puede ser portada por un yo. La memoria vincular es resultado
de un acuerdo inconsciente, siendo imposible sólo para uno de los yoes. La evolución vincular
requiere la reformulación de los acuerdos, que si no logran ser reactualizados generan
sufrimiento vincular, que no necesariamente es inmediato, pudiendo aparecer tardíamente. En
relación a la estructura familiar inconsciente pueden proponerse distintos tipos de acuerdos en
función del grado de desarrollo de la misma, según propone I. Berenstein.
Para el grado B, las estipulaciones en juego determinan una organización vincular neurótica.
Sugerimos que el acuerdo inconsciente neurótico, se desplegaría en el nivel pregenital. El placer
de lo genital inhibido por el pacto neurótico propio del grado B de la estructura, puede ser
desplazado a la actividad sexual procreadora. Un resto no desplazado a la actividad
procreadora o un resto no restringido a la misma, puede proporcionar un cierto placer genital.
El acuerdo inconsciente perverso, correspondiente al grado C de la estructura, podría ser
pensado como la posibilidad de los yoes de compartir una situación triangular sin exclusiones.
El acuerdo psicótico correspondiente a la estructura D, consistiría en la habitación por parte de
los yoes, de un único espacio modelizado sobre la familia materna; donde el padre real existe en
tanto borrado en su función, adoptando caracteres de sumisión o de autoritarismo sin autoridad.
Los acuerdos y los pactos se constituyen mediante reglas inconscientes o pautas ordenadoras.
Las reglas pautan: Cómo ser (identificaciones) a quién tener (elección de objeto), y como quién
hacer (lo prescripto y lo prohibido).
Existen además metarreglas que serían reglas sobre las reglas y que pueden indicar aún lo
contrario a la regla.
Problemáticas conexas
¿Qué es lo que cada yo se apropiaría del otro? ¿rasgos? ¿modos vinculares?
Si el acuerdo intenta la realización de la ilusión de unicidad tendríamos que pensar que un
acuerdo sería concordar en que es innecesario acordar.
El concepto de identificación al que aluden J. Puget e I. Berenstein como sostén de los acuerdos
inconscientes, es el propuesto por Freud en 1900, como identificación histérica.
Pensamos que el concepto de identificación histérica es impreciso en cuanto a su extensión y
comprensión. Es constitutivo del mismo, la noción de comunidad, como condición del proceso
identificatorio, pero la cualidad de dicha comunidad es poco clara. Con el nombre de
identificación histérica Freud nomina igual mecanismos identificatorios que considero dispares, y
por tanto creo clarificador precisar a qué se alude cuando se habla de identificación histérica.
Tomando la conceptualización de Puget y Berenstein, sobre tipología del vínculo de pareja, es
posible proponer un cierto correlato entre estructura vincular y modalidad identificatoria
predominante. En la estructura 1 o dual, un predominio de la identificación primaria, tendiente a
anular la distinción yo-no yo. En la estructura 2 o terceridad limitada, alternarían como formas
predominantes la identificación primaria y la identificación histérica en tríada, no triangular. En
ambas estructuras, los mecanismos identificatorios son apropiaciones de rasgos del otro, que
puede o no según sea la modalidad identificatoria, ser distinguido del yo. En la estructura 3, o
terceridad ampliada, predominaría la identificación histérica de la triangularidad edípica. Esta
identificación no ocurriría con el cónyuge, sino con quien ocupe en la fantasía, el lugar de rival
frente a éste.
Por otra parte, el concepto de interfantasmatización, como coproducción original de un vínculo,
aporta una dimensión de mayor novedad en los acuerdos inconscientes, que trasciende la
repetición o la combinatoria de lo ya existente. Además, la actividad fantasmática inconsciente
de la pareja o la familia, activa la producción de fantasías conscientes, un entrelazamiento de
fantasías generador de un espacio, al modo del espacio transicional, apto para la creatividad. A.
Ruffiot sostiene la idea del amor-creación. Dice: "¿De dónde viene que el vínculo amoroso
comporta esta creatividad, ese carácter de novedad, esa vivencia de nuevo nacimiento?'.
Propone explicar esa creatividad, en la pervivencia de lo originario (en el sentido de P. Aulagnier)
durante toda la vida, en lo que denomina actividad pictográfica constante.
Adler Alfred. Médico
y psicólogo austríaco (Viena 1870 - Aberdeen 1937).
Adler Alfred. Médico y psicólogo austríaco (Viena 1870 - Aberdeen 1937).
Adler Alfred
Médico y psicólogo austríaco (Viena 1870 - Aberdeen 1937).
fuente(29)
Alumno de S. Freud desde 1902, participa en el primer congreso de psicoanálisis de Salzburgo
(1908). Se separa rápidamente (1910) del movimiento psicoanalítico, pues no comparte la opinión
de Freud sobre el rol de la pulsión sexual, y piensa que se puede dar cuenta de la vida psíquica
del individuo a partir del sentimiento de inferioridad que resulta del estado de dependencia que
cada uno experimenta en su infancia, así como de la inferioridad de los órganos. Según Adler, el
sentimiento de inferioridad es compensado por una voluntad de poderío que empuja al niño a
querer mostrarse superior a los otros. (Freud admite que el sentimiento de inferioridad es un
síntoma frecuente, pero piensa que es una construcción que viene a encubrir los motivos
inconcientes, que deben ser profundizados.) Adler funda su propio grupo y denomina a su teoría
psicología individual. Sus principales obras son: El temperamento nervioso (1912), Teoría y
práctica de la psicología individual, Psicología del niño difícil (1928), El sentido de la vida (1933).
Adler Alfred
(1870-1937) Médico austríaco, fundador de la escuela de psicología individual
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El que fue el primer gran disidente de la historia del movimiento psicoanalítico nació en
Rudolfsheim, en el suburbio cercano a Viena, el 7 de febrero de 1870. De hecho, nunca adhirió a
las tesis de Sigmund Freud, de quien se separó en 1911 sin haber sido, a diferencia de Carl
Gustav Jung, el discípulo predilecto. Catorce años menor que el maestro, no buscó reconocerlo
como una autoridad paterna. Le atribuía más bien el lugar de un hermano mayor, y no mantuvo
con él ninguna relación epistolar íntima. Los dos eran judíos y vieneses, y los dos provenían de
familias de comerciantes que no habían conocido verdaderamente el éxito social. Alfred Adler
concurrió al mismo Gymnasium que Freud, y realizó estudios médicos casi idénticos a los de
este último. No obstante, como provenía de una comunidad del Burgenland, era húngaro, lo que
lo convertía en súbdito de un país cuyo idioma no hablaba. Se hizo austríaco en 1911, y nunca
tuvo la impresión de pertenecer a una minoría ni de ser víctima del antisemitismo.
Había sido el segundo de seis hermanos; era enfermizo, raquítico, y padecía crisis de ahogo.
Además, tenía celos del hermano mayor, que se llamaba Sigmund, y estaba con él en rivalidad
permanente, como más tarde con Freud. Protegido por el padre, rechazado por la madre y
sufriendo por su lugar de hermano menor, siempre atribuyó más importancia a los vínculos de
grupo y de fraternidad que a la relación entre padres e hijos. A sus ojos, la familia no era tanto el
lugar de expresión de una situación edípica como un modelo de sociedad. De allí el interés que
prestó al análisis marxista.
En 1897, se casó con Raisa Epstein, hija de un comerciante judío originario de Rusia. Ella
pertenecía a los círculos de la intelligentsia y hacía alarde de opiniones de izquierda que la
alejaban del modo de vida de la burguesía vienesa, para la cual la mujer tenía que ser en primer
lugar madre y esposa. Por ella, Adler frecuentó a León Trotski (1879-1940) y, más tarde, en
1908, fue el terapeuta de Adolf Abramovich loffe (18831927), futuro colaborador de Trotski en el
periódico Pravda.
En 1898 publicó su primera obra, Manual de higiene para la corporación de los sastres. Allí
pintó un cuadro sombrío de la situación social y económica de ese oficio a fines de ese siglo:
condiciones de vida deplorables, que entrañaban escoliosis y enfermedades diversas, ligadas al
empleo de tinturas, los salarios de miseria, etcétera.
Como lo subraya el escritor Manès Sperber, su notable biógrafo y alguna vez discípulo, Adler
nunca tuvo la misma concepción de su judeidad que Freud. Aunque no lo animaba, como a Karl
Kraus y Otto Weininger, un sentimiento de "auto odio judío", prefirió escapar a su condición. En
1904 se convirtió al protestantismo con sus dos hijas. Este paso al cristianismo no le impidió
seguir siendo toda su vida un librepensador, partidario del socialismo reformista. Observemos
que no lo ligaba ningún vínculo de parentesco con Viktor Adler (1852-1918), fundador del Partido
Socialdemócrata Austríaco.
En 1902, después de haber conocido a Freud, comenzó a frecuentar las reuniones de la
Sociedad Psicológica de los Miércoles, donde trabó amistad con Wilhelm Stekel. Durante nueve
años permaneció en el círculo freudiano, en el cual dedico su primera comunicación, del 7 de
noviembre de 1906, a "Las bases orgánicas de las neurosis". Al año siguiente presentó un caso
clínico; en 1908, una contribución a la cuestión de la paranoia, y, en 1909, otro aporte, "La
unidad de las neurosis". En ese entonces comenzaron a ponerse de manifiesto divergencias
fundamentales entre sus posiciones y las de Freud y sus partidarios. Se puede seguir la
descripción de ellas en las Actas de la Sociedad, transcritas por Otto Rank y editadas por
Hermann Nunberg.
En febrero de 1910, Adler dio una conferencia en la Sociedad sobre el hermafrotidismo psíquico.
En ella subrayó que los neuróticos calificaban de "femenino" lo que era "inferior", y situó la
predisposición a la neurosis en un sentimiento de inferioridad reprimido desde la primera relación
del niño con la sexualidad. La aparición de la neurosis era a sus ojos la consecuencia de un
fracaso de la "protesta masculina". Asimismo, las formaciones neuróticas derivaban de la lucha
entre lo femenino y lo masculino.
Freud emprendió entonces una crítica del conjunto de las posiciones de Adler, reprochándole
que siguiera apegado a un punto de vista biológico, que utilizara la diferencia de los sexos en un
sentido estrictamente social y, finalmente, que valorizara en exceso la noción de inferioridad.
Observemos que hoy en día se vuelve a encontrar la concepción adleriana de la diferencia de
los sexos en los teóricos del género.
El 1 de febrero de 1911, Adler volvió a la carga con una comunicación sobre la protesta
masculina, cuestionando las nociones freudianas de represión y libido, que él consideraba poco
aptas para explicar la "psique desviada e irritada" del yo en los primeros años de la vida. De
hecho, Adler estaba edificando una psicología del yo, de la relación social, de la adaptación, sin
inconsciente ni determinación por la sexualidad. De tal modo se alejaba del sistema de
pensamiento freudiano. Estaba basándose en las concepciones desarrolladas en su obra de
1907, Estudios sobre la inferioridad de los órganos.
La noción de órgano inferior existía ya en la historia de la medicina, donde numerosos clínicos
habían subrayado que un órgano de menor resistencia corría siempre el riesgo de ser la sede de
una infección. Adler trasponía esta concepción a la psicología, para hacer de la inferioridad de
tal o cual órgano la causa de una neurosis transmisible por predisposición hereditaria. Era así
como aparecían, según él, enfermedades del oído en familias de músicos, o enfermedades de
los ojos en familias de pintores, etcétera.
La ruptura entre Freud y Adler fue de una violencia extrema, como lo atestiguan los juicios que
emitieron, cada uno sobre el otro, treinta y cinco años más tarde. A un interlocutor
norteamericano que lo interrogaba sobre Freud, Adler le afirmó en 1937 que ese hombre, de
quien él no había "sido jamás discípulo, era un estafador astuto y maquinador". Por su lado, al
enterarse de la muerte de su compatriota, Freud escribió las siguientes palabras terribles en una
célebre carta a Arnold Zweig: "Para un muchacho judío de un suburbio vienés, una muerte en
Aberdeen es una carrera poco habitual en sí misma, y una prueba de su ascenso. El mundo lo
recompensó real y generosamente por el servicio que le prestó al oponerse al psicoanálisis." En
"Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico" (1914), narró de manera parcial esta
ruptura. Los partidarios de Freud aplastaron a los adlerianos, y éstos diabolizaron a los
freudianos. Hubo q