Dador de la mujer
fuente(1)
Definición
El modelo de la Estructura Familiar Inconsciente establece la relación entre cuatro lugares o
funciones: materna, paterna, filial y representante de la familia materna o dador de la mujer. Este
cuarto término es el lugar que simboliza el "intercambio original" subyacente entre la nueva
familia y las familias de origen.
Origen e historia del término
Se pueden delimitar dos aspectos en relación con la función del cuarto término de la estructura
familiar inconsciente: uno, como representante de la introducción de la regla fundamental en la
familia (en lo referente a la prescripción de la exogamia y promoción del intercambio) y otro,
como depositario del ideal narcisista familiar.
Estos dos aspectos aparecerían con predominancias diferentes según las etapas por las que
atraviese el grupo familiar. Así, en el primer momento de enamoramiento, el partenaire podrá ser
idealizado si posee algo que lo signifique como doble del cuarto término. Por otro lado, la
posibilidad de constitución de la alianza de manera efectiva implica al dador como promotor de la
exogamia y a la función del marido como el que ejercita el corte de la mujer con la familia dadora.
En la etapa de filiación, el lugar del hijo es el depositario del ideal narcisístico familiar; y la función
paterna representa la interdicción que separa al hijo de la madre.
Desarrollo desde la perspectiva vincular
Desde la perspectiva vincular, la prohibición del incesto es una y se va encarnando en los
diferentes lugares de la estructura: la escena de la cesión corresponde al avúnculo, y la escena
de la interdicción a la función paterna. Estas dos escenas son dos caras de una misma moneda.
El interjuego entre estos dos lugares posibilita la vigencia del tabú del incesto dentro del grupo
familiar.
El vínculo con el representante de la familia materna puede pasar por diversas alternativas,
siendo dos los extremos:
a) Baluarte narcisista: el dador no efectiviza la entrega de la hermana al marido. La relación
preponderante es la de consanguinidad (entre el dador y la mujer). La función paterna está
fallida pues no se realiza el corte con la familia materna. La función materna también está
perdida, ya que aún cuando el lugar del infans esté libidinizado no estará significado como
sostén basado en la discriminación del otro. En este caso, la función del dador queda
semantizada como "baluarte narcisista".
b) Testigo de la alianza: el dador efectiviza el don. La relación preponderante es la de alianza
(entre marido y mujer). Aquí la función del avúnculo pierde su primitiva eficacia y permanece,
pero transformado en símbolo del testimonio de la realización de la alianza.
La función paterna simboliza el corte con la familia de origen, y la función materna permite la
narcisización del hijo sin el costo de la indiferenciación tanática. Esto permite entonces la
constitución de un tercer lugar para el hijo. Por lo tanto, si la exogamia se realiza, es decir, si se
produce el corte con la familia de origen, el dador queda como "testigo de la alianza".
Problemáticas conexas
Matus relaciona los diferentes modos de funcionamiento familiar (neurótico, perverso y
psicótico), con las formulaciones que realiza Godino Cabas sobre las fases o transformaciones
de la estructura del narcisismo.

Vínculos familiares             Fase del narcisismo             Vicisitudes del dador             Vicisitudes del
narcisismo primario

Psicótico             Especular             Baluarte narcisista
(repudio)
(desmentida)
Situado en el lugar del
avúnculo
Perverso             Narcisismo del yo             Baluarte narcisista
la pareja
Neurótico             Narcisismo edípico             Testigo de la alianza
Situado en el lugar de
Situado en el lugar del
(represión)
hijo (erotización del
vínculo)
Dirección del análisis
familiar
Narcisismo
secundario
Testigo de la alianza
(sepultamiento)
Situado en el lugar del
hijo (resignación del

      vínculo)
En el cuadro aparece la correspondencia de las características de cada una de las fases:
especular, narcisismo del yo y edípica, con los vínculos familiares psicóticos, perversos y
neuróticos.
En los dos primeros, el dador está semantizado como baluarte narcisista, con diferencias en
cuanto al modo en que está negada la castración: el repudio o la desmentida. En ambos casos
está dificultado el proyecto narcisista para el lugar del hijo, de manera que el ideal familiar está
situado en el avi1nculo, en el vínculo psicótico; y en el vínculo perverso, con frecuencia lo está
en el lugar de la pareja.
Por otro lado, el dador aparece como testigo de la alianza en el funcionamiento neurótico. Aquel
cayó bajo la represión con la consecuente posibilidad de vuelta de lo reprimido. El proyecto
narcisista familiar está ubicado en el lugar del hijo, lugar que simboliza el narcisismo primario del
infans. En este funcionamiento, los vínculos filiales están en mayor o menor medida erotizados, y
esto impide su resignación.
En la clínica estos tipos de vínculos se entremezclan en las relaciones familiares, pudiendo sólo
en determinados momentos hablar de predominancias que darían cuenta de una cualidad
estructural diferencial de la familia en cuestión.
La dirección del análisis familiar tenderá hacia el procesamiento del lugar del dador como testigo
de la alianza permitiendo al grupo familiar el pasaje hacia un funcionamiento donde la cualidad
amparadora está semantizada al modo del narcisismo secundario. Esto implicará pues, la
posibilidad de resignación del vínculo filial, con la consecuente efectivización de la salida
exogámica.



Defensa

fuente(2)
s. f. (fr. defénse; ingl. defence; al. Abwehr). Operación por la cual un sujeto confrontado con una
representación insoportable la reprime, a falta de medios para ligarla con otros pensamientos a
través de un trabajo de pensamiento.
S. Freud averiguó mecanismos de defensa típicos para cada afección psicógena: la conversión
somática para la histeria; el aislamiento, la anulación retroactiva, las formaciones reactivas para
la neurosis obsesiva; la trasposición del afecto para la fobia; la proyección para la paranoia. La
represión tiene un estatuto particular en la obra de Freud, pues, por una parte, instituye el
inconciente, y, por otra, es el mecanismo de defensa por excelencia, según el cual los otros se
modelan. A estos destinos pulsionales considerados como procesos defensivos, se agregan la
vuelta sobre la persona propia, la trasformación en lo contrario y la sublimación. En su conjunto,
los mecanismos de defensa son puestos en juego para evitar las agresiones internas de las
pulsiones sexuales cuya satisfacción trae conflictos al sujeto y para neutralizar la angustia que
de ello se deriva. Se observará sin embargo que, en Inhibición, síntoma y angustia (1926), a
partir especialmente de una reinterpretación de la fobia, Freud se vio llevado a privilegiar «la
angustia ante un peligro real» y a considerar como un derivado la angustia ante la pulsión.
El origen de la defensa es atribuido por Freud al yo. Este concepto remite necesariamente a
todas las dificultades ligadas a la definición del yo, según se haga de él un representante del
principio de realidad, que tendría una función de síntesis, o más bien un producto de una
identificación imaginaria, objeto del amor narcisista.
Defensa
Defensa
Al.: Abwehr.
Fr.: défense.
Ing.: defence.
It.: difesa.
Por.: defesa.
     
fuente(3)
Conjunto de operaciones cuya finalidad consiste en reducir o suprimir toda modificación
susceptible de poner en peligro la integridad y la constancia del Individuo biopsicológico. En la
medida en que el yo se constituye como la Instancia que encarna esta constancia y que busca
mantenerla, puede ser descrito como «lo que está en juego» y el agente de estas operaciones.
La defensa, de un modo general, afecta a la excitación Interna (pulsión) y electivamente a las
representaciones (recuerdos, fantasías) que aquélla comporta, en una determinada situación
capaz de desencadenar esta excitación en la medida en que es Incompatible con dicho equilibrio
y, por lo tanto, displacentero para el yo. Los afectos displacenteros, motivos o señales de la
defensa, pueden ser también el objeto de ésta.
El proceso defensivo se especifica en mecanismos de defensa más o menos integrados al yo.
La defensa, marcada e infiltrada por aquello sobre lo que en definitiva actúa (la pulsión),
adquiere a menudo un carácter compulsivo y actúa, al menos parcialmente, en forma
Inconsciente.
Al situar en primer plano la noción de defensa en la histeria, y muy pronto también en otras
psiconeurosis, Freud estableció su propia concepción de la vida psíquica, en oposición a los
puntos de vista de sus contemporáneos (véase: Histeria de defensa). Los Estudios sobre la
histeria (Studien über Hysterie, 1895)
muestran toda la complejidad de las relaciones existentes
entre la defensa y el yo, al cual se atribuye aquél?[. En efecto, el yo es aquella región de la
personalidad, aquel «espacio» que se intenta proteger de toda perturbación (por ejemplo,
conflictos entre deseos opuestos). Es también un «grupo de representaciones » que se halla en
desacuerdo con una representación «incompatible» con él, siendo la señal de esta
incompatibilidad un afecto displacentero; finalmente, es agente de la operación defensiva (véase:
Yo).
En los trabajos de Freud donde se elabora el concepto de psiconeurosis de defensa, se
realiza siempre la idea de incompatibilidad de una representación con el yo; los diferentes tipos
de defensa consisten en las diversas formas de tratar esta representación actuando en
especial sobre la separación de ésta del afecto que originalmente estaba ligado a ella. Por otra
parte, sabemos que Freud muy pronto opuso a las psiconeurosis de defensa las neurosis
actuales, grupo de neurosis en las cuales un aumento intolerable de la tensión interna, debido a
una excitación sexual no descargada, encuentra su salida en diversos síntomas somáticos;
resulta significativo el hecho de que, en este último caso, Freud rehusa hablar de defensa, a
pesar de que también aquí hay una forma de proteger el organismo y buscar la restauración de
cierto equilibrio. La defensa, ya en el mismo momento de su descubrimiento, es implícitamente
diferenciada de las medidas que adopta un organismo para reducir cualquier aumento de
tensión.
En la misma época en que Freud intenta especificar las diversas modalidades del proceso
defensivo según las enfermedades, y cuando la experiencia de la cura le permite reconstruir
mejor, en los Estudios sobre la histeria, el desenvolvimiento de este proceso (resurgimiento de
los afectos displacenteros que han motivado la defensa, escalonamiento de las resistencias,
estratificación del material patógeno, etc.), intenta dar un modelo metapsicológico de la defensa.
En un principio esta teoría se refiere, como sucederá constantemente después, a una oposición
entre las excitaciones externas, de las que se puede huir o contra las cuales existe un
dispositivo de barrera mecánica que permite filtrarlas (véase: Protector contra las excitaciones),
y las excitaciones internas, de las que no es posible huir. Contra esta agresión desde dentro,
que es la pulsión, se constituyen los diferentes procedimientos defensivos. El Proyecto de
psicología científica (Entwurf einer Psychologie, 1895)
aborda de dos maneras el problema de
la defensa:
1) Freud busca el origen de lo que llama «defensa primaria» en una «experiencia de dolor», de
igual modo que encontró el modelo del deseo y de su inhibición por el yo en una «experiencia de
satisfacción». Con todo, esta concepción no puede aprehenderse, en el Proyecto, con tanta
claridad como la de la experiencias de satisfacción(4).
2) Freud intenta distinguir una defensa normal y una defensa patológica. La primera actúa en el
caso de una reviviscencia de una experiencia penosa; es preciso que el yo haya podido ya,
durante la experiencia inicial, empezar a inhibir el displacer por medio de «catexis laterales»:
«Cuando se repite la catexis de la huella mnémica, se repite también el displacer, pero las
facilitaciones del yo ya están establecidas; la experiencia muestra que, la segunda vez, la
liberación (de displacer) es menos importante, y finalmente, tras varias repeticiones, se reduce a
la intensidad, conveniente al yo, de una señal».
Tal defensa evita al yo el peligro de verse sumergido e infiltrado por el proceso primario, como
ocurre en la defensa patológica. Ya es sabido que Freud encuentra la condición para esta última
en una escena sexual que cuando se produjo no suscitó defensa, pero cuyo recuerdo
reactivado desencadena, desde dentro, una magnitud de excitación. «La atención se halla
dirigida hacia las percepciones que habitualmente dan lugar a la liberación de displacer. [Ahora
bien] aquí no se trata de una percepción, sino de una huella mnémica que, de forma inesperada,
libera displacer, y el yo es informado de ello demasiado tarde». Esto explica que «[...] en un
proceso del yo se produzcan consecuencias que habitualmente sólo se observan en los
procesos primarios».
Así, la condición de la defensa patológica consiste en el desencadenamiento de una excitación
de origen interno, que provoca displacer y contra la cual no se ha establecido ningún
aprendizaje defensivo. Por consiguiente, no es la intensidad del afecto en sí lo que motiva la
puesta en marcha de la defensa patológica, sino condiciones muy específicas que no pueden
englobarse en una percepción desagradable ni tampoco en el recuerdo de una percepción
penosa. Según Freud, estas condiciones sólo se cumplirían en la esfera de la sexualidad (véase:
Posterioridad; Seducción).
Cualesquiera que sean las modalidades del proceso defensivo en la histeria, la neurosis
obsesiva, la paranoia, etc. (véase: Mecanismos de defensa), los dos polos del conflicto son
siempre el yo y la pulsión. El yo intenta protegerse frente a una amenaza interna. Esta
concepción, si bien resulta confirmada constantemente por la clínica, no deja de plantear un
problema teórico que Freud siempre tuvo presente: ¿cómo la descarga pulsional, que por
definición está destinada a producir placer, puede ser percibida como displacer o como una
amenaza de displacer hasta el punto de poner en marcha una defensa? La diferenciación tópica
del aparato psíquico permite enunciar que aquello que constituye placer para un sistema,
representa displacer para otro (el yo), pero este reparto de papeles obliga a explicar lo que hace
que determinadas exigencias pulsionales sean contrarias al yo. Una solución teórica que Freud
rechazó es aquella según la cual la defensa entraría en acción « [...] cuando la tensión aumenta
en forma intolerable porque una moción pulsional se halla insatisfecha». Así, el hambre
insatisfecha no es reprimida; cualesquiera que sean los «medios de defensa» de que dispone el
organismo para enfrentarse a una amenaza de este tipo, no se trata aquí de la defensa en
sentido psicoanalítico. Para explicar ésta no es condición suficiente la homeostasis del
organismo.

¿Cuál es el móvil último de la defensa del yo? ¿Por qué percibe éste como displacer una
determinada moción pulsional? Esta pregunta, fundamental en psicoanálisis, puede encontrar
diversas respuestas, que, por lo demás, no se excluyen necesariamente entre sí. Con
frecuencia se admite una primera distinción referente al origen último del peligro inmanente a la
satisfacción pulsional: puede considerarse la propia pulsión como peligrosa para el yo, como una
agresión interna; también puede adscribirse, en último análisis, todo peligro a la relación del
individuo con el mundo exterior, entonces la pulsión es peligrosa por los daños reales a que
podría conducir su satisfacción. Así, la tesis admitida por Freud en Inhibición, síntoma y
angustia (Hemmung, Symptom und Angst, 1926), y sobre
todo su reinterpretación de la fobia, le
lleva a conceder un papel primordial a «la angustia ante un peligro real» (Real angst) y, en último
término, a considerar como derivada de ésta la angustia neurótica o angustia ante la pulsión.
Si abordamos el mismo problema desde el punto de vista de la concepción del yo, las soluciones
variarán evidentemente según se haga recaer el acento en su función de agente de la realidad y
representante del principio de realidad, o se insista en su «compulsión a la síntesis», o se le
describa, ante todo, como una forma, especie de duplicado intrasubjetivo del organismo,
regulado, como éste, por un principio de homeostasis. Finalmente, desde el punto de vista
dinámico, puede intentarse explicar el problema planteado por el displacer de origen pulsional por
la existencia de un antagonismo que no sería sólo el de las pulsiones y la instancia del yo, sino el
de dos clases de pulsiones con objetivos opuestos. Este último camino es el seguido por Freud
en los años 1910-1915, al oponer a las pulsiones sexuales, las pulsiones de autoconservación o
pulsiones del yo. Como es sabido, este par pulsional será substituido, en la última teoría de
Freud, por el antagonismo entre pulsiones de vida y pulsiones de muerte, y esta nueva oposición
ya no coincide directamente con el juego de fuerzas presentes en la dinámica del conflicto.
La misma palabra defensa, sobre todo cuando se utiliza de un modo absoluto, es fuente de
equívocos y exige algunas distinciones conceptuales. Dicha palabra designa tanto la acción de
defender (tomar la defensa) como la de defenderse. Por otra parte, en francés se añade el
concepto de «défense de», es decir, de prohibición. En consecuencia, sería útil distinguir
diversos parámetros de la defensa, incluso aunque éstos coincidan más o menos unos con
otros: lo que está en juego: el «lugar psíquico» amenazado; su agente: el soporte de la acción
defensiva; su finalidad: por ejemplo, la tendencia a mantener y restablecer la integridad y la
constancia del yo y evitar toda perturbación que se traduciría subjetivamente por displacer; sus
motivos: lo que enuncia la amenaza y pone en marcha el proceso defensivo (afectos reducidos
a la función de señales, señal de angustia); y, finalmente, sus mecanismos.
Para terminar, la distinción entre la defensa, en el sentido casi estratégico que ha adquirido en
psicoanálisis, y lo prohibido, especialmente en la forma que se presenta en el complejo de Edipo,
al tiempo que subraya la heterogeneidad de dos niveles, el de la estructuración del aparato
psíquico y el de la estructura del deseo y de las fantasías más fundamentales, deja sin resolver
el problema de su articulación en la teoría y en la práctica de la cura.
Defensa
Defensa
fuente(5)
En el agregado a Inhibición, síntoma y angustia (1925), «Represión y defensa», Freud propone
una visión global de las vicisitudes del concepto de defensa. Vuelve a ese término, explica, del
que se había servido treinta años antes, en la exposición sobre «Las neuropsicosis de
defensa», y que había abandonado para reemplazarlo por el de represión. En efecto, la palabra
defensa debe designar de manera general todas las técnicas que utiliza el yo en sus conflictos,
que pueden eventualmente culminar en la neurosis. El término «represión» de todas maneras se
conserva, reservándolo para una de esas defensas en particular.
Freud recuerda que «al principio aprendimos a conocer la represión y la formación de síntomas
en el terreno de la histeria. En ese caso, el contenido perceptivo de experiencias generadoras
de excitación, el contenido de representación de formaciones ideativas patógenas, es olvidado,
excluido del proceso de reproducción en el recuerdo», y es por ello que «el mantenimiento fuera
de la conciencia ha sido reconocido como el carácter principal de la represión histérica».
Más tarde, el estudio de la neurosis obsesiva reveló que en esta afección los acontecimientos
no se olvidan; «siguen conscientes, pero son "aislados"». Aunque el resultado sea el mismo que
en la amnesia histérica, uno se ve llevado a pensar que el proceso por el cual se elimina una
exigencia pulsional no puede ser el mismo que en la histeria. De allí el interés de tomar el
concepto de defensa ampliado, para que abarque, además del proceso de represión histérica,
otros procesos que ponen de manifiesto la misma tendencia: la protección del yo ante las
exigencias pulsionales. Una vez adoptado, este punto de vista permitirá caracterizar a cada uno
de los diferentes tipos de afección según la especificidad del proceso de defensa que en él se
pone en obra. Así, concluye la nota, se podrá pensar en relacionar cada afección con un
momento definido del desarrollo de la organización del yo.
De modo que el concepto de defensa, originalmente elaborado en función de las exigencias de la
primera tópica, será retomado con el objeto de satisfacer las exigencias de la segunda. Este
proceso permitirá rastrear las vicisitudes de la función del yo a través de las renovaciones
sucesivas del pensamiento psicoanalítico, desde el análisis de la histeria hasta una sistemática
gobernada por la teoría de la psicosis.
Defensa
Defensa
Alemán: Abwehr
Francés: Défense.
Inglés: Defence.
     
fuente(6)
Sigmund Freud designa con este término el conjunto de las manifestaciones de protección del yo
contra las agresiones interiores (de tipo pulsional) y exteriores, capaces de constituir fuentes de
excitación y ser de tal modo factores de displacer.
A las diversas formas de defensa, capaces de especificar las afecciones neuróticas, se las
agrupa en general bajo la expresión de "mecanismos de defensa".
En 1894 Freud publicó un artículo titulado "Las neuropsicosis de defensa", en el cual aparecía la
noción de defensa como pivote del funcionamiento neurótico en relación con los procesos de
organización del yo.
En ese momento -y los Estudios sobre la histeria, escritos en colaboración con Josef Breuer, lo
confirman- la cuestión consiste en identificar las modalidades según las cuales el yo, entonces
asimilado a la conciencia o el consciente, reaccionaba a las diversas solicitaciones capaces de
perturbarlo, que provocaban en él efectos displacientes. Esos elementos parásitos podían tener
un origen exterior, existiendo entonces la posibilidad de que el yo huyera de ellos, o procediera a
investiduras laterales. La cuestión es de entrada más delicada cuando los elementos
inconciliables son de origen interno, pulsional y, más precisamente, sexual. En una carta a
Wilhelm Fliess del 21 de inayo de 1894, Freud lo declara claramente: "La defensa se erige contra
la sexualidad".
Primero elaborada en el marco de la etiología de la histeria, la noción de defensa adquirió para
Freud un papel diferenciador entre las diversas afecciones neuróticas, sobre todo en el artículo
de 1896 titulado "Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa". El mecanismo
de defensa reviste entonces la forma de la conversión en la neurosis histérica, la forma de la
sustitución en la neurosis obsesiva, y la forma de la proyección en la paranoia. Bajo estos
diversos aspectos, ligados a la especificidad de la entidad patológica, la defensa persigue
siempre el mismo objetivo: separar la representación perturbadora del afecto ligado originalmente
a ella, cuando esta operación no se ha podido realizar directamente por medio de la abreacción.
En 1915, en los términos de su metapsicología, Freud utiliza de nuevo la expresión mecanismo de
defensa; primero en el artículo dedicado al inconsciente, para agrupar el conjunto de los
procesos de defensa (sin discriminar las diversas neurosis), y después en el consagrado a los
destinos de las pulsiones, para evocar las diversas formas de la evolución de una pulsión
(represión, transformación en lo contrario, orientación hacia la propia persona, sublimación). En
su carta a Wilhelm Fliess del 6 de diciembre de 1896, dedicada a la formulación del aparato
psíquico, Freud asimilaba ya la defensa a la represión: "La condición determinante de una
defensa patológica (es decir, de la represión) es entonces el carácter sexual del incidente y su
ocurrencia en el curso de una fase anterior".
En 1926, en el suplemento a su libro Inhibición, síntoma y angustia, vuelve a considerar esa
asimilación, refiriéndose en primer lugar a las razones por las cuales ha abandonado la
expresión "procesos de defensa". A continuación reconoce haberla reemplazado por la de
represión, pero sin precisar la naturaleza de la relación entre las dos nociones. Propone
entonces conservar el término represión para designar ciertos casos de defensa, ligados a
afecciones neuróticas particulares (toma el ejemplo del vínculo preciso entre represión e
histeria), y utilizar "el viejo concepto de defensa" para englobar los procesos de la misma
orientación: la de "protección del yo contra las exigencias pulsionales".
Con los trabajos de Anna Freud, la noción de mecanismo de defensa vuelve a ser central en la
reflexión psicoanalítica, y adquiere incluso el valor de concepto. Para la hija de Freud, los
mecanismos de defensa intervienen contra las agresiones pulsionales, pero también contra
todas las fuentes exteriores de angustia, incluso las más concretas. El desarrollo de esta
perspectiva globalizadora implica una concepción del yo que representa un retroceso respecto
de la expresada por Freud en el marco de la gran reestructuración teórica de la década de 1920.
El yo vuelve a ser sinónimo de lo consciente, es asimilado a la persona, y el objetivo del
psicoanálisis consiste entonces en ayudar a sus defensas para consolidar su integridad. Esta
concepción alcanzó su pleno desarrollo en la corriente de la Ego Psychology. Ha sido
fuertemente combatida, en particular por Jacques Lacan en diversos artículos de los años
1950-1960; el autor de los Escritos la denuncia como una transformación del psicoanálisis en
una gestión adaptativa, una forma de ortopedia social contra la cual él emprende su "retorno a
Freud".
Para Melanie Klein, el concepto de defensa y las formas que puede tomar están inscritos en la
fase arcaica, preedípica; se basan tanto en los elementos exteriores interiorizados, o sometidos
a intentos de control, como en los elementos pulsionales.


Deformación
Deformación
Deformación
Al.: Entstellung.
Fr.: déformation.
Ing.: distortion.
It.: deformazione.
Por.: deformação.
     
fuente(7)
Efecto global del trabajo del sueño: los pensamientos latentes se transforman en un producto
manifiesto difícil de reconocer.
Remitimos al lector a los artículos Trabajo del sueño, Contenido manifiesto, Contenido latente.
La edición francesa de L'interprétation du rêve (La interpretación de los sueños [Die
Traumdeutung, 1900])
traduce Entstellung por transposition (transposición). Esta palabra nos
parece demasiado pobre. Las ideas latentes no sólo se expresan en otro registro (como si se
tratara de la transposición de una melodía), sino que son desfiguradas de tal forma que
únicamente es posible restituirlas mediante una labor de interpretación. El término «alteración» ha
sido descartado por su matiz peyorativo. Por esto proponemos el de deformación.


Delay Jean
(1907-1987). Psiquiatra francés

Delay Jean (1907-1987). Psiquiatra francés
Delay Jean
(1907-1987) Psiquiatra francés
fuente(8)
Nacido en Bayona, en una familia de médicos, alumno de Pierre Janet, analizado por Edouard
Pichon, amigo y contemporáneo de Jacques Lacan, miembro de la Academia de Medicina en
1955, y de la Academia Francesa en 1959, Jean Delay fue el principal representante francés de
la escuela de psiquiatría biológica de la segunda mitad del siglo. En este sentido, no se mostró
favorable a las teorías freudianas, que conocía perfectamente, ni manifestó ninguna simpatía por
los progresos de la psiquiatría dinámica. Después de haber sido en 1945 experto en el tribunal
de Nuremberg para juzgar la responsabilidad penal de ciertos verdugos nazis, fue elegido titular
de la cátedra de clínica de enfermedades mentales y del encéfalo en el Hospital Sainte-Anne,
donde ayudó a Lacan, poniendo un anfiteatro a su disposición. Ocupó ese cargo hasta 1970, e
introdujo en Francia los tratamientos farmacológicos para curar las enfermedades mentales:
principalmente los neurolépticos y los antidepresivos. En 1956 publicó una notable obra
psicobiográfica, La feunesse d'André Gide, a la cual Lacan dedicó un largo comentario.
Con un trayecto opuesto al de Henri Ey, Delay alcanzó, como aquél, un renombre internacional.
Formó a varios discípulos, sobre todo a Pierre Pichot, adversario del psicoanálisis y de las tesis
de Henri F. Ellenberger, defensor en Francia del célebre Diagnostic and Statistical Manual of
Mental Disorders (DSM-IV).
Este manual tuvo un éxito considerable en las sociedades
industriales avanzadas, por el hecho de que reduce la locura a un comportamiento puramente
mecánico, y el sujeto pensante a un cuerpo máquina, a contrapelo del saber clínico y de la
práctica hospitalaria acumulados desde fin del siglo XIX, cuando Sigmund Freud y Eugen Bleuler
denunciaron precisamente todas las formas de "nihilismo terapéutico".



Delirio
fuente(9)
s. m. (fr. délire; ingl. delusion; al. Delirium, Wahn). Según Freud, tentativa de curación, de
reconstrucción del mundo exterior por restitución de la libido a los objetos, privilegiada en la
paranoia y hecha posible por el mecanismo de la proyección, que permite que lo abolido adentro
le vuelva al sujeto desde afuera.
Freud concluye en 1911 sus Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia
descrito autobiográficamente (el presidente Schreber)
de la siguiente manera: «Los rayos de
Dios
schreberianos, que se componen de rayos solares, de fibras nerviosas y de
espermatozoides, todo condensado en uno, no son en el fondo sino la representación
concretizada y proyectada afuera de investimientos libidinales y le prestan al delirio de Schreber
una impresionante concordancia con nuestra teoría». Y agrega: «El futuro dirá si la teoría
contiene más locura de lo que yo quisiera, o la locura más ver -dad que la que otros hoy están
dispuestos a otorgarle». El valor que Freud acuerda así al delirio de Schreber, el gusto que se
da, es, nos dice Lacan, «simplemente aquel, decisivo en la materia, de introducir allí al sujeto
como tal, lo que quiere decir no calibrar rápidamente al loco en términos de déficit y de
disociación de las funciones». De esta posición freudiana inicial, tomando apoyo en el texto de
Schreber mismo (Memorias de un neurópata, 1903), volverá a partir J. Lacan para poner a
prueba la tesis del inconciente estructurado como un lenguaje en la cuestión de la psicosis y el
delirio. El Seminario III, 1955-56, «Las psicosis», retomado en lo esencial en 1959, en el texto
«De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis» (Escritos, 1966), es
testimonio de ello. El conjunto de estos textos, incluido el del propio Schreber, constituye la
referencia indispensable para el abordaje psicoanalítico de la cuestión del delirio.
Significación y mecanismo del delirio. Freud se aparta radicalmente de las concepciones de su
época concernientes a la significación del delirio: «Lo que tomamos por una producción mórbida,
la formación del delirio, es en realidad una tentativa de curación, una reconstrucción». ¿Cómo
entender esta definición? En la concepción freudiana del aparato psíquico, tal como se articula
en la primera tópica, esta definición da al delirio la significación de un síntoma, es decir, de una
formación sustitutiva cuyas condiciones de aparición dependen de un mecanismo general común
a la neurosis y a la psicosis. Así, las propiedades atribuidas al delirio: tentativa de curación,
reconstrucción, se relacionan también con otras formaciones sustitutivas (conversión, obsesión,
etc.). Son las manifestaciones de la etapa de la evolución de todo proceso psicopatológico que
sobreviene después de la represión y que Freud llama «el retorno de lo reprimido». Si la
represión consiste en desprender la libido de los objetos en el mundo exterior, en la realidad, el
retorno de lo reprimido, por el contrario, es una tentativa de restitución de la libido hacia el mundo
exterior, pero de un modo regresivo con relación al precedente. Si la significación del retorno de
lo reprimido como tentativa tiene un alcance general, el síntoma por el cual se manifiesta, en
cambio, depende de condiciones particulares. En lo concerniente al delirio, que Freud vincula de
una manera paradigmática con la paranoia, conviene concebirlo como un medio para el sujeto de
defenderse de un aflujo de libido homosexual. En la paranoia, en efecto, la libido, primero
desprendida del mundo exterior por la represión, permanece por un tiempo flotante, luego viene a
reforzar por regresión los diversos puntos de fijación que se han producido en el curso de su
desarrollo y, sobre todo, el fantasma de deseo homosexual, primordialmente reprimido en la
infancia. Este aflujo de la libido homosexual (que, para poder circular, tiende a sexualizar los
investimientos sociales del sujeto y, en particular, las relaciones con personas del mismo sexo
que él) representa así una doble amenaza: la de la aniquilación de las adquisiciones de la
sublimación y la de estar en el origen de representaciones inaceptables como tales para la
conciencia.
¿En qué consiste entonces el mecanismo del delirio, que le permite al sujeto defenderse en tal
situación? Freud cita este mecanismo bajo el término proyección. Pero es importantísimo
destacar que lo articula como segundo tiempo de un procedimiento de trasformación gramatical
de una proposición inicial, procedimiento que constituye el verdadero mecanismo de la formación
del delirio. Así, señala que las diferentes formas del delirio en la paranoia corresponden a las
diferentes posibilidades gramaticales de declinar la contradicción de una proposición inicial cuyo
contenido es un fantasma de deseo homosexual: «yo lo amo». Según que esta contradicción, en
el caso de un hombre, recaiga sobre el verbo (lo odio), sobre el objeto (la amo a ella, no a él) o
sobre el sujeto (ella lo ama), tendremos el primer tiempo de la formación del delirio de
persecución, del erotomaníaco, o del celotípico. El segundo tiempo, el de la proyección,
corresponde a una interversión del sujeto de la proposición intermedia y completa la fórmula
delirante haciéndola aceptable para la conciencia: él me odia (persecución), es ella la que me
ama (erotomanía). Este tiempo de la proyección no es necesario para constituir la fórmula del
delirio de celos [ya que el yo ha sido desimplicado de la acción, dice Freud]. Partiendo del
conjunto de esta deducción gramatical, Freud da una definición del mecanismo del delirio: «Lo
abolido adentro, vuelve desde afuera».
La metáfora delirante. Lacan partirá de esta deducción gramatical y de esta definición freudianas
del delirio refiriéndolas, respectivamente, a la dimensión del mensaje (la significación) y a la del
código (el tesoro del significante), las que le permitirán distinguir, en el delirio psicótico, la
relación del sujeto con el otro en el registro imaginario (pequeño otro) y en el registro simbólico
(gran Otro). En la vertiente del mensaje, la proposición inicial «Yo lo amo») vuelve como
significación al sujeto según las tres modalidades de formación del delirio, es decir, según tres
formas de alienación primitiva de la relación con el otro, que diferencian tres tipos de presencia,
de estructuración del pequeño otro en el delirio. Lacan distingue así:
la alienación invertida del mensaje en el delirio de celos, donde el sujeto hace llevar su mensaje
por otro, un alter ego cuyo sexo ha sido cambiado: «Es ella quien lo ama». La característica
principal del pequeño otro es aquí ser indefinido, como lo muestra la clínica: no es un hombre en
particular el que está implicado en el delirio de celos, sino casi cualquier hombre;
la alienación divertida del mensaje en el delirio erotomaníaco: «No es a él a quien amo, es a ella».
Las características principales del otro al que se dirige el erotómano son el alejamiento, la
despersonalización y la neutralización, que permiten que sea agrandado hasta las dimensiones
mismas del mundo;
la alienación convertida del mensaje en el delirio de persecución, en el sentido de que, por un
mecanismo cercano a la denegación, el amor ha devenido odio. La propiedad principal del
pequeño otro, del perseguidor, reside en su demultiplicación, su extensión en red que acompaña
a la extensión del delirio. En la vertiente del código o, más exactamente, del tesoro del
significante que constituye el gran Otro, de la relación del sujeto con lo simbólico, Lacan insistirá
en un mecanismo del delirio que no retuvo la atención de Freud: la interpretación. Lacan
caracteriza en efecto la psicosis por la forclusión de un significante primordial en el Otro, el
Nombre-del-Padre, significante metafórico por excelencia que le permite al sujeto acceder a la
significación fálica. El déficit de este significante en lo simbólico, el agujero que allí constituye
traen consigo un déficit y un agujero correspondientes en lo imaginario fálico. La interpretación
delirante sería la tentativa de paliar este déficit en lo simbólico y sus consecuencias en lo
imaginario, pero al precio, para el sujeto, de tener que sostener él mismo, en el lugar del falo en
déficit, la significación en su conjunto. La interpretación es así una metáfora delirante que Lacan
resume en el caso Schreber en estos términos: «A falta de poder ser el falo que le falta a la
madre, le queda la solución de ser la mujer que le falta a los hombres», metáfora feminizante
inaugural a partir de la cual se pueden seguir las trasformaciones sucesivas del delirio hasta la
redención final.
Delirio
Delirio
fuente(10)
En ausencia de una teoría psiquiátrica sistemática de los delirios, que desemboque en una
noción homogénea de la estructura del proceso delirante, lo que pone en evidencia un aporte
propiamente psicoanalítico a la concepción del delirio se ve reducido al empleo en los dominios
de la patología, de hipótesis de extensión creciente, en un trabajo de aproximación progresiva.
La mejor de las presentaciones sobre el tema se encuentra en un artículo de 1924, «La pérdida
de realidad en la neurosis y la psicosis». Allí se evocan, no solamente las modificaciones que el
delirio impone a la realidad, sino también la función que le corresponde en la economía del sujeto:
«El remodelamiento de la realidad se basa en la psicosis en los sedimentos psíquicos de las
relaciones precedentes con esa realidad, es decir, en las huellas mnémicas, las
representaciones y los juicios que hasta ese momento se habían obtenido de ella y por los
cuales ella era representada en la vida psíquica. Pero esa relación no era una relación ya
acabada sino continuamente enriquecida y modificada por nuevas percepciones. De modo que la
psicosis tiene por tarea, también ella, procurar percepciones que correspondan a la nueva
realidad, meta que es alcanzada de la manera más radical por la vía de la alucinación. Si las
ilusiones del recuerdo, los delirios y las alucinaciones tienen un carácter tan penoso en tantas
formas y casos de psicosis, y están ligadas a un desarrollo de angustia, esto muestra que todo
el proceso de reestructuración se realiza contra violentas fuerzas contrarias. Es posible
construir este proceso según el modelo de la neurosis, que conocemos mejor. En la neurosis, a
todo intento de irrupción de la moción reprimida le responde una reacción de angustia, y el
resultado del conflicto es necesariamente un compromiso que sólo aporta una satisfacción
incompleta. Es verosímil que, en la psicosis , el fragmento de la realidad rechazado vuelva sin
cesar a forzar su entrada en la vida psíquica, como lo hace en la neurosis la moción reprimida, y
por ello las consecuencias son las mismas en los dos casos». Y, en conclusión, «el examen de
los diferentes mecanismos que en las psicosis tienen por función el apartamiento e la realidad y
la construcción de otra, así como el de la amplitud del éxito que esos mecanismos pueden
alcanzar, es una tarea de la psiquiatría especial, que aún no ha sido emprendida».
La noción esencial implicada en este texto es la de «reconstrucción», tal como queda
retroactivamente subrayado por otra parte en el comentario, realizado unos cuantos anos antes,
de las memorias del presidente Schreber. En ese texto, en efecto, el delirio paranoico nos es
presentado como una reconstrucción consecutiva al derrumbe narcisista del sujeto. El modo en
que se produce consiste en una permutación de las funciones del sujeto, del objeto y del verbo.
Según esta óptica, el problema del delirio hace intervenir la referencia a la verdad histórica,
concebida por Freud como uno de los momentos genéticamente asignables del discurso en su
relación con criterios de validez solidarios de las vicisitudes del destino pulsional. La forclusión
del Nombre-del-Padre, en a acepción que le asigna la teoría de la psicosis en Lacan, aparece así
perfectamente alineada con las anticipaciones freudianas.


Delirio y los sueños
en la "Gradiva" de W. Jensen (el)

Delirio y los sueños en la "Gradiva" de W. Jensen (el)
Delirio y los sueños
en la "Gradiva" de W. Jensen (el)
fuente(11)
Obra de Sigmund Freud publicada en 1907 con el título de Der Wahn und die Träume in W.
Jensens "Gradiva".
Traducida por primera vez al francés en 1931 por Marie Bonaparte con el
titulo de Délires et rêves dans la "Gradiva" de Jensen, precedida por Gradiva, fantaisie
pompéienne
de Wilhelm Jensen (1837-1911), a su vez publicada originalmente en alemán en
1903 con el título Gradiva, ein pompejanisches Phantasiestück, y traducida en 1931 por E. Zak
y G. Sadoul. Retraducida en 1986 por Paule Arhex y Rose-Marie Zeitlin, precedida del texto de
Wilhelm Jensen traducido por Jean Bellemin-Noél en 1983. Traducida al inglés por primera vez en
1917 por H. M. Downey, con el título Delusion and Dream y precedida por el texto de Wilhelm
Jensen en inglés. Retraducida en 1959 por James Strachey con el titulo Delusions and Dreams
in Jensen's "Gradiva".

Ernest Jones lo dice con algo de escepticismo: habría sido Carl Gustav Jung quien llamó la
atención de Freud respecto de la novela de Wilhelm Jensen titulada Gradiva, fantasía
pompeyana.
Para agradar a su discípulo, Freud habría entonces redactado su ensayo
psicoanalítico sobre esa obra, a la que en 1925, en su autobiografía, califica de "novelita sin gran
valor en sí misma".
En la correspondencia entre Freud y Jung nada confirma las afirmaciones atribuidas a Jung,
pero éste, como lo atestiguan dos de sus cartas, se entusiasmó con el ensayo. El 24 de mayo de
1907 exclamó: "¡Su Gradiva es magnífica! La he leído de un tirón, la claridad de su exposición es
fascinante...". Más adelante, en la misma carta, añade, lo que no podía dejar de encantar a
Freud, "Bleuler dice que su Gradiva es maravillosa..."
Nacido en Alemania del Norte, Jensen fue un escritor prolífico. No obstante, sólo se lo recuerda
como autor de esta obra, Gradiva, que Freud tomó para realizar su segundo psicoanálisis de
libros (el primero, que quedó inédito, sólo se lo envió a Wilhelm Fliess, y se refería a una novela
de Conrad Ferdinand Meyer, 1825-1898), inaugurando con ella la colección de psicoanálisis
aplicado que acababa de crear con el nombre de Schriften zur angewandten Seelenkunde.
La novela de Jensen es la historia de un joven arqueólogo, Norbert Hanold, enamorado de la
figura de un bajorrelieve descubierto en Roma en una colección de antigüedades, que
representaba a una joven griega de paso seductor: "Ella camina -narra Freud, que sin duda
tembién está bajo el influjo del encanto- y tiene un poco alzada la túnica de pliegos numerosos,
revelando así sus pies calzados con sandalias. Uno de ellos reposa enteramente en tierra; el
otro, para acompañarlo, se eleva, y sólo toca el suelo con la punta de los dedos [ ... ]. El paso
inhabitual y particularmente seductor así representado había sin duda despertado la atención del
artista y, después de tantos siglos, cautiva ahora la mirada de nuestro espectador arqueólogo."
Norbert es invadido por los fantasmas que le inspira esa joven a la que bautiza Gradiva
(Gradiva: la que avanza), al punto de colgar en una pared de su estudio una copia del
bajorrelieve, como lo harán más tarde Freud y sus discípulos. En una pesadilla, Norbert ve a la
joven caer víctima de la erupción que sepultó a Pompeya en el año 79. Al despertar, liberándose
trabajosamente de la convicción de haber presenciado también él la catástrofe, sigue persuadido
de la veracidad de su sueño. Se acerca entonces a la ventana y ve en la calle una silueta
semejante a la de su heroína. Se precipita vanamente para alcanzarla. Prisionero de sus
fantasmas, parte a Pompeya: en la hora "ardiente y sagrada" del mediodía, cuando los turistas
huyen de las ruinas para guarecerse a la sombra, él ve de pronto salir de una casa a su
Gradiva, marchando con su paso ligero. La joven no es un fantasma, es muy real, y se llama Zoé
Bengang (este nombre significa Ia que brilla por su paso"), y le pide que le hable en alemán, no
en griego o en latín como él acababa de hacerlo, si quiere conversar. Comprendiendo el estado
mental en el que se encuentra el joven, Zoé se consagra a curarlo, desde luego con éxito,
revelándole progresivamente lo que Norbert ha reprimido: el hecho de que ella vive en la misma
ciudad que él, y que en su infancia ambos fueron compañeros de juego.
Poco después de la publicación de La interpretación de los sueños y de su Psicopatología de la
vida cotidiana,
Freud descubría algo inesperado: un autor literario, totalmente ignorante del
psicoanálisis, había escrito una ficción cuya conclusión y desarrollo confirmaban y aclaraban,
sin demostración ni pesadez conceptual, la verosimilitud de lo que él había teorizado tan
laboriosamente durante los años anteriores.
La tesis central de este ensayo de Freud postulaba que los sueños inventados por los
escritores pueden interpretarse de la misma manera que los sueños reales.
La empresa se organiza en dos dimensiones. La primera, efecto del encanto experimentado en
el curso de su lectura, es de tipo transferencial; Freud se identifica a veces con el autor, a
veces con el personaje de Norbert. La segunda, teórica, deriva de la sensación de que el relato
oculta una verdad: que los procesos inconscientes y la actividad creadora son análogos. De
modo que, en el punto de partida, el ensayo sobre Gradiva no constituye un ejercicio de
aplicación rudimentaria del psicoanálisis a un material literario, sino el intento de hacer progresar
esa disciplina mediante el estudio de los procesos de la creación artística.
La realización del proyecto está lejos de ser satisfactoria. Freud es consciente de los límites de
su trabajo, pero no se demora en ellos, e intenta incluso ir más allá, con riesgo de abrir
perspectivas psicobiográficas y psicohistóricas cuyo desarrollo será criticado por él mismo.
La principal debilidad de este ensayo reside en el lugar que en él ocupa el razonamiento
analógico. Hay en primer término una analogía global entre la novela de Jensen y una cura
psicoanalítica, y de allí se desprende una serie de otras analogías. Por ejemplo, la postulada
entre los sueños del héroe y los sueños reales, que está en contradicción con la afirmación que
encontramos en La interpretación de los sueños, en el sentido de que a los sueños inventados
por los novelistas y poetas les corresponde la interpretación simbólica, y no una interpretación
freudiana basada en las asociaciones del soñante. Hay una analogía entre Norbert Hanold y un
paciente en análisis, entre Zoé Bertgang y el psicoanalista, y finalmente una analogía -central y
la más seductora, a la cual Freud no se resiste- entre la represión psíquica y el sepultamiento de
Pompeya por la lava incandescente del Vesuvio.
Fuera cual fuere la prudencia de Freud en este punto, él no pudo evitar ir más allá y entregarse
al inventario jubiloso de las concordancias que supuestamente fortalecían la analogía inicial, con
riesgo de forzar el texto -por ejemplo, calificando de delirio los fantasmas de Norbert, mientras
que Jensen no emplea jamás esta palabra-.
Si bien este trabajo suscitó el entusiasmo de los discípulos, los psicoanalistas de las
generaciones siguientes nunca lo han ubicado en la primera fila de las obras freudianas.
Jacques Lacan, en un debate en la Universidad de Yale en 1975, no consideró "especialmente
felices" los intentos de Freud de "ver en el arte una especie de testimonio del inconsciente", y
citó, como ejemplo de fracaso, el ensayo sobre Gradiva.
No obstante, Freud quiso ir aún más lejos, y se interesó, "naturalmente -como escribe Jones con
cierta ingenuidad-, por la posibilidad de vincular los motivos develados en la Gradiva con la
personalidad del autor. También en este punto su trabajo tropezó con serias limitaciones. De
hecho, Freud le envió a Jensen un ejemplar de su libro, y recibió en respuesta una amable carta
en la que se le confirmaba que había comprendido perfectamente las intenciones del novelista.
Freud no se detuvo. "Alentado por esa respuesta", sigue escribiendo Jones, le pidió más
informaciones a Jensen. Éste se manifestó evasivo acerca del origen de su novela y de las
condiciones en las cuales la había escrito. Freud comunicó estas respuestas a sus colegas, el
-15 de mayo de 1907, en una sesión de la Sociedad Psicoanalítica de los Miércoles.
Más tarde, en una carta del 2 de noviembre de 1907, Jung le señaló a Freud la existencia de dos
novelas de Jensen en las cuales se podían encontrar algunas informaciones acerca de la
infancia del escritor. En la sesión del miércoles 11 de diciembre, dedicada a la comunicación de
Max Graf sobre "la metodología del psicoanálisis de escritores", Freud, después de haber
comparado los diversos textos del autor de Gradiva, formuló la hipótesis de que tenía una
hermana menor, una jovencita con un pie deforme, por la cual Jensen habría experimentado un
deseo muy fuerte. El novelista respondió al envío de esta interpretación con una carta fechada el
14 de diciembre de 1907. En ella deja primero despuntar una cierta irritación ("No, yo no he tenido
hermana"), pero, como serenado, confía haber experimentado, de niño, sentimientos amorosos
por una amiga prematuramente desaparecida...
Freud, comenta Jean-Bertrand Pontalis, "habría querido más". No obstante, las cosas quedaron
allí, puesto que Jensen rehusó encontrarse con Freud después de esta última carta.



Demanda
fuente(12)
s. f. (fr. demande; ingl. request; al. Verlangen, Anspruch). Forma ordinaria que toma la expresión
de una aspiración, en el caso en que se trata de obtener algo de alguien, a partir de la cual el
deseo se distingue de la necesidad.
El término demanda se ha hecho de uso corriente en el campo no sólo del psicoanálisis, sino
también de las diversas psicoterapias que se inspiran en él de cerca o de lejos. Especialmente,
no es raro evaluar la posibilidad de comenzar una cura refiriéndose a la fuerza de la demanda o
a su calidad: ¿se trata, por ejemplo, de una simple aspiración por comprender que no resistirá las
dificultades del trabajo psicoanalítico? ¿O se trata de una verdadera aspiración a un cambio
porque el sujeto no puede soportar más lo que constituye su síntoma? Sin recusar este uso, que
tiene su pertinencia, hay que destacar que la noción de demanda no puede ser entendida sólo
por las representaciones triviales que este término, muy simple aparentemente, puede sugerir.
En particular, ha tomado un sentido específico en la teoría de Lacan, sentido que el uso cotidiano
que se hace de él trasunta, pero también de ordinario disimula.
J. Lacan introduce la noción de demanda oponiéndola a la de necesidad [besoin]. Lo que
especifica al hombre es que depende de los otros hombres, con los que está ligado por un uso
común de la palabra y el lenguaje, para sus necesidades más esenciales. En oposición a un
mundo animal en el que cada ser se apropiaría, tanto como le es posible, de aquello que le pide
su instinto, el mundo humano impone al sujeto demandar, encontrar las palabras que serán
audibles para el otro. En este mismo dirigirse se constituye el Otro, escrito con una gran A
[Autre], porque esta demanda que el sujeto le dirige constituye su poder, su ascendiente sobre el
sujeto.
Mas, a partir de que el sujeto se coloca en dependencia del otro, la particularidad a la que aspira
su necesidad queda en cierto modo anulada. Lo que le importa es la respuesta del otro como tal,
independientemente de la apropiación efectiva del objeto que reivindica. Vale decir que la
demanda deviene aquí demanda de amor, demanda de reconocimiento. La particularidad de la
necesidad resurgirá más allá de la demanda, en el deseo, bajo la forma de la «condición
absoluta». El deseo, en efecto, encuentra su causa en un objeto especificado y sólo se
mantiene en proporción a la relación que lo liga con este objeto.
Se puede agregar, en una perspectiva clínica, que la intricación de la demanda y del deseo es
particularmente visible en la neurosis. Así, por ejemplo, el neurótico obsesivo no tiene por objeto
de deseo sino la demanda del otro. Allí donde podría suponerse que puede desear, de hecho se
dedica a obtener el reconocimiento del Otro, dándole sin cesar pruebas de su buena voluntad
con su comportamiento de buen alumno o de buen hijo.


Denegación
Denegación
Denegación
Alemán: Verneinung.
Francés: Dénégation.
Inglés: Negation.
     
fuente(13)
Término propuesto por Sigmund Freud para caracterizar un mecanismo de defensa mediante el
cual el sujeto expresa de manera negativa un,deseo o un pensamiento cuya presencia o
existencia niega.
Aunque Freud puso de manifiesto este mecanismos en los Estudios sobre la histeria, sólo en
1925, en un artículo breve sobre la negación (Verneinung) lo explicó en términos
metapsicológicos, demostrando que, en una frase como "no es mi madre" pronunciada por un
sujeto a propósito de un sueño, lo reprimido era reconocido de manera negativa, sin ser
aceptado. De modo que la denegación es un medio para tomar conciencia de lo que se reprime
en el inconsciente. Por lo tanto, a través de ese medio el pensamiento se libera, con una lógica
de la negatividad, de las limitaciones que le impone la represión. Otto Rank había ya empleado el
término con una acepción idéntica. Desde la perspectiva freudiana, la denegación es diferente
de la renegación (Verleugnung), introducida en 1923 y teorizada en 1927 a propósito del
fetichismo. Este último término, que también incluye el prefijo Ver (privativo), remite a un
mecanismo de negación propio de la psicosis y la perversión.
En Francia, la traducción de la Verneinung freudiana suscitó numerosas polémicas, generadas
en un primer lugar por una discusión entre Freud y René Laforgue a propósito de la
escotomización, después por las teorías de Édouard Pichon sobre la negación gramatical, y
finalmente por el concepto de forclusión creado por Jacques Lacan. En 1934, Henri Hoesli, para
verter el término freudiano, adoptó la palabra négation. En 1956, en su debate con Lacan, el
filósofo hegeliano Jean Hyppolite (1907-1968) prefirió dénégation y, en 1967, Jean Laplanche y
Jean-Bertrand Pontalis propusieron (dé)négation para la Verneinung y déni (renegación) para la
Verleungnung, rebautizada désaveu (desmentida) por Guy Rosolato, ese mismo año. En 1989, el
equipo de Jean Laplanche y André Bourguignon (1920-1996) adoptó de nuevo la palabra
négation.


Denegación [o
negación]

Denegación [o negación]
Denegación
[o negación]
fuente(14)
s. f. (fr. dénégation; ingl. negation; al. Verneinung). La enunciación, bajo una forma negativa, de
un pensamiento reprimido, que a menudo representa la única forma posible de retorno de lo
reprimido, a partir de la cual Freud elaboró una teoría importante referida a la constitución del yo.
Para el psicoanálisis (S. Freud, Die Verneinung, 1934), la negación está ligada a la represión.
Pues, si niego algo en un juicio, significa que preferiría reprimirlo, siendo el juicio el sustituto
intelectual de la represión. El paciente que, acerca de una persona que aparece en su sueño,
dice que no es su madre, lo lleva a Freud a concluir: por lo tanto, es su madre. Si de esta manera
abstraemos de la negación, obtenemos el contenido del pensamiento reprimido. Este puede
hacerse conciente a condición de hacerse negar. Notemos que la aceptación intelectual de la
represión no suprime por ello la represión.
Es fácil ver la importancia que puede presentar, en la práctica de la cura, y especialmente en la
interpretación, el reconocimiento del mecanismo de la denegación. Pero el artículo de Freud va
mucho más allá. A partir de este hecho clínico, Freud mostrará el papel de la negación en la
función del juicio. Por medio del símbolo de la negación, el pensamiento se libera de las
limitaciones de la represión. En primer lugar, Freud considera las dos decisiones de la función del
juicio: está el juicio que atribuye o rehusa una propiedad a una cosa y está el juicio que reconoce
o que cuestiona a una representación su existencia en la realidad.
En cuanto al primero, al juicio de atribución, el criterio más antiguo para atribuir o rehusar es el
criterio de lo bueno y de lo malo. Lo que en el idioma de las pulsiones más antiguas se traduce de
la siguiente manera: «A esto quiero introducirlo en mí y a aquello, excluirlo de mí». El yo-placer
originario introyecta lo bueno y expulsa de sí lo malo. Pero lo malo, lo extraño al yo, que se
encuentra afuera, le es primero idéntico. Un estado de indiferenciación caracteriza esta primera
fase de la historia del juicio. En esta fase, todavía no se trata del sujeto. A partir de un yo
indiferenciado, se constituye el yo-placer, donde lo de adentro se liga a lo bueno y lo de afuera,
a lo malo.
La otra decisión de la función del juicio, la que recae sobre la existencia real de una cosa
representada, concierne al yo-realidad definitivo, que se desarrolla a partir del yo-placer. Es el
examen de realidad. En esta nueva fase, se trata de saber si algo presente en el yo como
representación puede también ser vuelto a hallar en la percepción (realidad). Lo no real o
únicamente representado está adentro; lo otro, lo real, está afuera. En esta fase, por lo tanto, se
distingue, adentro, una realidad psíquica, y afuera, la realidad material. Es importante entonces
saber que la cosa buena, admitida en el yo y simbolizada, existe también en el mundo de afuera
y uno puede apoderarse de ella según su necesidad. Como se ve, el examen de realidad se
hace a partir de la simbolización de la segunda fase (introyección). Pero el problema de esta
fase no es cotejar una representación con la percepción que la habría precedido. Se trata, en el
orden perceptivo, de la verificación de una percepción. El examen de realidad «no es encontrar
en la percepción real un objeto que corresponda a la representación, sino efectivamente volver
a encontrarlo». Es sabido que, para Freud, el objeto, desde el principio, es objeto perdido. Volver
a encontrarlo en la realidad es reconocerlo. La cuestión del adentro y el afuera se plantea
entonces de otra manera. Si el pensar puede efectivamente reactualizar lo que ha sido percibido
una vez, entonces el objeto ya no tiene razón de estar presente afuera. Desde el punto de vista
del principio de placer, la satisfacción también podría venir de una «alucinación» del objeto.
Justamente para evitar esta tendencia a alucinar, se hace necesaria la intervención del principio
de realidad. Notemos que la reproducción de la percepción en la representación no siempre es
fiel. Hay omisiones y fusiones de elementos. El examen de realidad debe controlar la extensión
de estas deformaciones.
En esta tercera fase aparece el criterio de acción motora. Esta pone fin al aplazamiento del
pensar. Hace pasar al actuar. Ahora el juzgar se debe entender como un tanteo motor, con una
débil descarga. Este aplazamiento (al. Denkaufschub) debe verse como un motorisches Tasten
que requiere pocos esfuerzos de descarga: mit geringen Abführaufwänden. Pero abführen es
llevar, trasportar... evacuar, expulsar. El yo va a catar las excitaciones exteriores para retirarse
nuevamente después de cada uno de sus avances tentativos. Como se ve, esta actividad motriz
es distinta de la que se puede imaginar en la primera fase. El movimiento del yo, por avance y
retirada, recuerda al primer esbozo del afuera y el adentro. Este eco de la fase primitiva se
destaca en los diferentes sentidos de las palabras empleadas por Freud.
Esta génesis del interior y el exterior da una perspectiva del nacimiento del juicio desde las
pulsiones primarias. La afirmación (al. Bejahung), como equivalente de la unificación, es obra de
Eros. En el juicio de atribución, es consecuencia del hecho de introyectar, de apropiarnos en
lugar de expulsar hacia afuera. La afirmación es el equivalente (al. Ersatz) de la unificación (al.
Vereinigung); y la negación es la sucesora (al. Nachfolger) de la expulsión o del instinto de
destrucción
(al. Destruktionstrieb). El cumplimiento de la función del juicio sólo se ha hecho
posible por medio de la creación del símbolo de la negación. De ahí su independencia de la
represión y del principio de placer. Ningún «no», dice Freud, proviene del inconciente.
El reconocimiento del inconciente por el yo se expresa con una fórmula negativa. Desde los
Estudios sobre la histeria (1895), Freud había comprobado esta forma particular de resistencia.
En los sueños, observa que un pensamiento dirigido en un sentido tiene, a su lado, un
pensamiento de sentido opuesto, y los dos pensamientos están ligados en virtud de una
asociación por contraste. Luego agrega: «No llegar a hacer algo es la expresión del no». A esta
dimensión de lo imposible Lacan la llamará lo real. De este modo, la negación, como símbolo, se
articula con lo real.


Depresión
Depresión
Depresión
fuente(15)
s. f. (fr. dépression; ingl. depression; al. Depression, Gedrücktheit). Modificación profunda del
humor en el sentido de la tristeza y del sufrimiento moral, correlativa de un desinvestimiento de
toda actividad.
El término depresión es usado en nuestros días de un modo muy laxo y designa en su uso
corriente patologías muy diversas. Es sin duda porque evita plantear la cuestión de un
diagnóstico de estructura y remite la cuestión de «eso que no anda» a una perturbación
momentánea del humor.
Para el psicoanalista, en cambio, esta extensión no es evidente. El concepto de depresión en el
fondo no está definido rigurosamente salvo en la melancolía, o también en lo que se llama
«psicosis maníaco-depresiva», donde designa una hemorragia de la libido, desplazada primero
del objeto al yo, y que luego lleva al yo mismo a una depreciación y un desinvestimiento
radicales. Es verdad, sin. embargo, que se encuentran episodios depresivos, a veces graves,
en las neurosis. No por ello se hará de la depresión una entidad clínica específica. Esta parece
traducir un rechazo de los valores fálicos, o sea, del cumplimiento de las tareas propuestas por
la existencia, con las limitaciones que las definen. Más allá de ello, quizá remita a ese momento
en el que el sujeto se ha dado cuenta de todo aquello a lo que se ha visto llevado a renunciar,
por pertenecer a un mundo humano, un mundo reglado por la ley del lenguaje y de la cultura. En
todo caso, se traduce en una relación muy particular con el tiempo, el que no aparece nunca
como un orden orientado donde las tareas del presente estuvieran determinadas por las
necesidades futuras, en las que viniera a inscribirse un proyecto. El sujeto deprimido vive en un
tiempo uniforme y monótono. Aunque registre modificaciones del humor, estas, al ser cíclicas, no
constituyen en ningún caso cambios verdaderos. Lo que plantea, por otra parte, todo el
problema de la relación del sujeto deprimido con el análisis. ¿Cómo hacer para que pueda
comprometerse en él, si no puede interrogar espontáneamente lo que constituye su historia en
función de la posibilidad de un cambio real? La respuesta debe ser reinventada cada vez.


Depresión
anaclítica

Depresión anaclítica
Depresión anaclítica
Al.: Anlehnungsdepression.
Fr.: dépression anaclitique.
Ing.: anaclitic depression.
It.: depressione anaclitica.
Por.: depressão anaclítica.
     
fuente(16)
Término creado por René Spitz: trastornos que recuerdan clínicamente a los de la depresión en
el adulto y que sobrevienen de modo progresivo en el niño privado de su madre después de
haber tenido con ella una relación normal, por lo menos, durante los seis primeros meses de la
vida.
Remitimos al lector al artículo Anaclítico, donde encontrará las observaciones terminológicas
acerca de este adjetivo.
El cuadro clínico de la depresión anaclítica lo describe R. Spitz del siguiente modo:
«Primer mes. Los niños se vuelven llorones, exigentes y se aferran al observador que entra en
contacto con ellos.
»Segundo mes. Rechazo del contacto. Posición patognomónica (los niños permanecen la mayor
parte del tiempo acostados en su cama boca abajo). Insomnio. Continúa la pérdida de peso.
Tendencia a contraer enfermedades intercurrentes. Retardo motor generalizado. Rigidez de la
expresión facial.
»Después del tercer mes. Se ha establecido la rigidez del rostro. Cesa el llanto, que es
substituido por raros gemidos. Se acentúa el retardo y aparece un aletargamiento.
»Si, antes de que haya transcurrido un período crítico, que se sitúa entre el final del 3° mes y el
final del 5°, la madre vuelve con su hijo, o se consigue encontrar un substituto materno aceptable
para el niño, el trastorno desaparece con sorprendente rapidez.»
Spitz considera «la estructura dinámica de la depresión anaclítica como fundamentalmente
distinta de la depresión en el adulto».


Depresiva posición
Depresiva posición
Depresiva (posición)

fuente(17)
Concepto creado por Melanie Klein desde sus primeros trabajos, «la posición depresiva infantil
es la posición central del desarrollo. El desarrollo normal de un niño y su aptitud para amar
parecen depender, en gran medida, de la elaboración de esta posición decisiva» (1935).
Durante los primeros meses, una parte esencial de la vida emocional del bebé está determinada
por la lactancia. Sea cual fuere la calidad de los cuidados, ella se caracteriza por la sucesión y
repetición de experiencias de pérdida y reencuentro. Así nace en el niño el sentimiento de que
existe un objeto «bueno» (pecho, madre) que gratifica y es amado, y un objeto «malo »,
perseguidor, que frustra y es odiado. Paralelamente a estas experiencias que implican factores
externos, los procesos intrapsíquicos (sobre todo la proyección y la introyección) contribuyen a
reforzar el clivaje del objeto primitivo: «El bebé proyecta sus mociones amorosas y las atribuye al
pecho gratificador ("bueno"), así como proyecta al exterior sus mociones destructivas y las
atribuye al pecho frustrante ("malo"). Al mismo tiempo, por introyección, se constituyen en su
interior un pecho "bueno" y un pecho "malo"» (1943). Este clivaje es un mecanismo de defensa
característico de la posición esquizo-paranoide: consiste en mantener al objeto perseguidor y
terrorífico separado del objeto amado y protector, posibilitando así al yo una relativa seguridad;
en este sentido, es la « ... condición previa a la instauración de un objeto bueno» interno (1957),
a la cual llegará el yo una vez elaborada la posición depresiva.
Si bien Klein modificó un poco la ubicación cronológica de esta posición, siempre tuvo la
preocupación de hacerla comenzar más precozmente (en los primerísimos meses), y sostuvo al
mismo tiempo que ella representa un proceso con respecto a la posición esquizo-paranoide.
«Inmediatamente antes, durante y después del destete» (1940), « ... llevado a comprender que el
objeto de amor es el mismo que el objeto de odio» (1934), el yo comienza a efectuar la síntesis
entre esos sentimientos de amor y sus mociones destructivas. Entonces surge la angustia
depresiva. Su aparición significa que el yo está accediendo a la posición depresiva, proceso que
se inscribe en una duración ligada a la complejidad y a la diversidad de los mecanismos en juego:
conciliación de los aspectos bueno y malo de un mismo objeto conciliación del amor y el odio,
introyección progresiva de la madre como objeto total, etcétera.
La introyección de la madre como objeto total genera « ... inquietud y dolor ante la destrucción
posible de ese objeto» (1940). En adelante, el pequeño experimenta el sentimiento de una
«pérdida del objeto del amor», a la vez temor de perder el objeto amado y de no ser capaz de
proteger su objeto bueno interno. Se alcanza la posición depresiva cuando la angustia por la
posible pérdida del objeto amado toma el relevo (sin reemplazarla nunca totalmente) de la
angustia de ser perseguido por el objeto terrorífico. Pero, mientras que la angustia de
persecución de la posición esquizo-paranoide se relacionaba con los peligros que amenazaban
aniquilar al yo, «la angustia depresiva se relaciona con los peligros que son experimentados
como amenazando al objeto amado interno, y esto principalmente por la agresividad del sujeto»
(1949). Temiendo que el objeto amado sea dañado o destruido por su odio, el niño experimenta
«.. un sentimiento de culpa y la necesidad imperiosa de reparar» (1957). La «tendencia a la
reparación» característica de la posición depresiva, es la consecuencia de ese sentimiento de
culpa.
Para tratar de huir de los sentimientos ligados a las angustias específicas de la posición
depresiva, el yo puede utilizar tanto defensas maníacas (idealización, negación) como
obsesivas, o regresar a la posición esquizo-paranoide, reactivando los procesos de clivaje.
La posición depresiva se considera «elaborada» cuando el pequeño se ha identificado con su
objeto de amor. Esta elaboración implica que « ... se atenúa el temor de haber destruido al objeto
en el pasado y de que pueda ser destruido en el futuro» (1957). Implica también « ... una
confianza más grande en el objeto bueno interno», la cual genera un sentimiento de seguridad
interior. Por ello aparece como « ... una de las condiciones previas a la existencia de un yo
estable e integrado y de buenas relaciones de objeto» (1955). No obstante, nunca es posible la
integración completa y definitiva del yo; «ese duelo precoz es revivido cada vez que, más tarde,
se experimenta una pena» (1940): entonces se reactiva la posición depresiva, pero si ella ha
sido elaborada en el curso del desarrollo precoz, el sujeto puede hacer frente a esa resurgencia
y reconstruir su mundo interior.
La comparación así planteada entre la elaboración de la posición depresiva y el trabajo del duelo
tiene una implicación triple.
-Por una parte, la evolución de un duelo y su salida, normal o patológica, están determinadas en
el adulto por la manera en que el recién nacido ha superado la pérdida de su primer objeto de
amor, es decir, en que ha elaborado o no su posición depresiva: «el duelo incluye la repetición
de la situación emocional que el bebé experimenta en el curso de la posición depresiva».
Confrontado a un duelo, el adulto se vuelve a encontrar frente a una tarea semejante a la que
enfrentó en el curso de su desarrollo precoz. Para cumplirla, utilizará mecanismos idénticos, por
su naturaleza y eficacia, a los que puso en obra en aquel momento. Dicho de otro modo, el
trabajo consecutivo a las pérdidas ulteriores se realizará, tanto en su éxito como en su fracaso,
siguiendo el modelo de la primera elaboración.
-Por otro lado, y como consecuencia, «la posición depresiva comprende los puntos de fijación de
los trastornos maníaco-depresivos» (1959). El fracaso en la elaboración de la posición
depresiva, vinculado sobre todo al predominio de la defensa maníaca, es una causa
determinante de la instauración de esos trastornos: el enfermo maníaco-depresivo nunca «ha
superado verdaderamente la posición depresiva infantil» (1940).
-Finalmente, esta comparación pone en perspectiva las razones por las cuales para la
comprensión de la problemática depresiva es indispensable tomar en cuenta el concepto de
posición depresiva.
Esta triple implicación justifica por sí misma el lugar central otorgado por Klein a la posición
depresiva en el desarrollo del funcionamiento psíquico. Ella aclara además la elección del término
«posición», destinado a indicar que las angustias y las defensas que aparecen desde los
primeros meses pueden reaparecer a lo largo de toda la vida, en función de las circunstancias (
1943).



Derivado del inconsciente
Al.: Abkömmling des Unbewussten.
Fr.: rejeton de l'inconscient.
Ing.: derivate of the unconscious.
It.: derivato dell'inconscio.
Por.: derivado o ramificação do inconsciente.
     
fuente(18)
Término utilizado a menudo por Freud dentro de su concepción dinámica del inconsciente; éste
tiende a hacer resurgir en la conciencia y en la acción producciones que se hallan en conexión
más o menos lejana con aquél. Estos derivados de lo reprimido son, a su vez, objeto de nuevas
medidas de defensa.
Esta expresión se encuentra sobre todo en los textos metapsicológicos de 1915. No designa de
un modo especial una determinada producción del inconsciente, sino que engloba, por ejemplo,
los síntomas, las asociaciones que se producen durante la sesión, las fantasías.
El término «derivado del representante reprimido» o «de lo reprimido» se halla en relación con la
teoría de los dos tiempos de la represión. Lo que ha sido reprimido en el primer tiempo (represión
originaria) tiende a irrumpir de nuevo en la conciencia en forma de derivados, siendo sometido
entonces a una segunda represión (represión con posterioridad).
El término «derivado» pone en evidencia una característica esencial del inconsciente: permanece
siempre activo, ejerce un empuje en dirección a la conciencia. El término francés rejeton, tomado
de la botánica, acentúa esta idea mediante la imagen de algo que rebrota después de haber
intentado suprimirlo.



Desamparo
(estado de)
fuente(19)
(fr. état de ciétresse; ingl. helplessness; al. Hilflosigkeit). Estado de dependencia del lactante,
que condiciona, según Freud, la omnipotencia de la madre, y el valor particular de la experiencia
originaria de satisfacción.
Freud ha insistido a menudo en el estado de dependencia del lactante, que es incapaz de
suprimir por sí mismo la tensión ligada a las excitaciones endógenas, como el hambre. A esta
impotencia del recién nacido humano, incapaz de emprender una acción coor -dinada y eficaz,
Freud la llama «estado de desamparo».
En el caso habitual en que la madre es la que permite la satisfacción de las necesidades, ella es
investida como omnipotente, capaz de procurar o de rehusar, a su voluntad, lo que es más
indispensable para el niño. Por otra parte, el estado de desamparo provee el prototipo de lo que
es una situación traumática, en la que el sujeto es incapaz de dominar las excitaciones. Es este
estado de desamparo el que explica el valor particular de la experiencia originaria de
satisfacción. Si se considera, en efecto, que un objeto ha podido venir a apaciguar el estado de
tensión ligado a la impotencia primitiva, la imagen de este objeto no dejará de ser buscada,
inclusive en forma alucinatoria (el lactante «alucina» el seno o el biberón que le ha sido retirado).
Hay que destacar, por último, que el estado de desamparo está ligado en Freud con la
prematuración del ser humano, que está «menos acabado (que los animales) cuando es arrojado
al mundo» (Inhibición, síntoma y angustia).
La cuestión de la prematuración del ser humano ha sido desarrollada por Lacan en su teoría de
lo imaginario y del estadio del espejo. Pero, para él, lo que constituye el fondo del desamparo del
sujeto es su estado de dependencia con relación al deseo del otro, deseo opaco ante el cual se
encuentra sin recursos.
Desamparo (estado de)
Desamparo
(estado de)
Al.: Hilflosigkeit.
Fr.: état de détresse.
Ing.: helplessness.
It.: l'essere senza aiuto.
Por.: desamparo o desarvoramento.
     
fuente(20)
Palabra del lenguaje corriente que adquiere un sentido específico en la teoría freudiana: estado
del lactante que, dependiendo totalmente de otra persona para la satisfacción de sus
necesidades (sed, hambre), se halla impotente para realizar la acción específica adecuada para
poner fin a la tensión Interna.
Para el adulto, el estado de desamparo constituye el prototipo de la situación traumática
generadora de angustia.
La palabra Hilflosigkeit, que para Freud constituye una referencia constante, merece ser
destacada y ser traducida por un término único. Proponemos estado de desamparo, en vez de
desamparo, pues se trata de un dato esencialmente objetivo: la impotencia del recién nacido
humano, que es incapaz de emprender una acción coordinada y eficaz (véase: Acción
específica); esto es lo que Freud designó como motorische Hilflosigkeit. Desde el punto de vista
económico, tal situación con duce al incremento de la tensión de necesidad, que el aparato
psíquico es todavía incapaz de dominar: ésta es la psychische Hilflosigkeit.
La idea de un estado de desamparo inicial se encuentra en el origen de varios tipos de
consideraciones.
1.ª En el plano genético, a partir de ella pueden comprenderse el valor princeps de la
experiencia de satisfacción, su reproducción alucinatoria y la diferenciación entre procesos
primario y secundario.
2.ª El estado de desamparo, inherente a la dependencia total del pequeño ser con respecto a su
madre, implica la omnipotencia de ésta. Influye así en forma decisiva en la estructuración del
psiquismo, destinado a constituirse enteramente en la relación con el otro.
3.ª Dentro de una teoría de la angustia, el estado de desamparo se convierte en el prototipo de la
situación traumática. Así, en Inhibición, síntoma y angustia (Hemmung, Symptom und Angst,
1926), Freud reconoce a los «peligros internos» una característica común: pérdida o separación,
que implica un aumento progresivo de la tensión, hasta el punto de que, al final, el sujeto se ve
incapaz de dominar las excitaciones y es desbordado por éstas: lo que define el estado
generador del sentimiento de desamparo.
4.ª Observemos finalmente que Freud relaciona explícitamente el estado de desamparo con la
prematuridad del ser humano: su «[...] existencia intrauterina parece relativamente corta en
comparación con la de la mayoría de los animales; se halla más incompleto que éstos cuando
viene al mundo. Ello hace que la influencia del mundo exterior sea más intensa, es necesaria la
diferenciación precoz del yo con respecto al ello, aumenta la importancia de los peligros del
mundo exterior, y se incrementa enormemente el valor del único objeto capaz de proteger contra
estos peligros y de reemplazar la vida intrauterina. Este factor biológico crea, pues, las primeras
situaciones de peligro y la necesidad de ser amado, que ya nunca abandonará al hombre».



Desarrollo
fuente(21)
En su momento, Lacan abrumó a Ferenczi atribuyéndole la lamentable introducción de una teoría
de los estadios en la doctrina analítica. Esta acusación es un buen ejemplo e a disputa larvada e
insistente que hace estragos en el movimiento analítico, concerniente a lo que sería una
concepción llamada genética de la maduración (en el sentido en que esto se dice de la psicología
promovida por Piaget). El psicoanálisis ¿encuentra o no uno de sus fundamentos en la idea de un
desarrollo propio del ser humano, idea producida por el propio psicoanálisis, por medio de la cual
propondría el esquema programado de un desarrollo en cuanto a lo psíquico?
Freud
Después de todo, el Lacan crítico que hemos mencionado no necesitaba buscar tan lejos su
blanco, ni emprenderla con lugartenientes. En efecto, ¿no está claro que fue Freud e primero en
instaurar lo que se presenta sin ninguna duda como una perspectiva genética que da cuenta de
la progresión graduada de un desarrollo? Nada mejor que juzgar basándose en pruebas. Y una
de esas pruebas importantes ha sido, una vez puesto de manifiesto el campo ignorado de la
sexualidad infantil, el haberlo convertido en punto de germinación de una teoría sofisticada del
desarrollo libidinal.
Aunque la libido sea finalmente definida como fuerza esencial de lo que está en juego en el
psiquismo en tanto que sometido al deseo, Freud introduce allí dos ideas complementarias cuya
conjugación hace efectiva la temática de un desarrollo. La primera designa el objetivo, la finalidad
del desarrollo del que se trata, a saber, el ordenamiento regulado de las corrientes pulsionales,
sexuales, inicialmente independientes, que van a coordinarse bajo el orden del primado de la
genitalidad, en su relación con la reproducción. El desarrollo libidinal infantil tiene un fin: es esa
organización genital que en principio se alcanza definitivamente en la adolescencia. En segundo
término, el otro aporte constitutivo será identificar, diferenciar las etapas que permiten acceder a
ese fin, en cuanto su sucesión ordenada condiciona la progresión normal hacia la primacía
genital. Cada etapa designa el dominio de un régimen pulsional que es preciso dejar atrás para
alcanzar esa primacía. Se trata de la famosa trilogía de los estadios infantiles: oral, anal y fálico.
La fase fálica se convierte, luego, por medio de la asunción edípica, en el bosquejo de lo que
podrá retomarse como verdadera organización genital en el momento de la adolescencia, una
vez atravesado el período de latencia. Es decir que esta primera elaboración conduce a una
concepción del desarrollo muy acabada, homogénea en su principio, fundamentada en su
despliegue. Cada uno de los estadios que ella distingue se encuentra caracterizado por la zona
erógena que domina entonces en la cronología pulsional: la boca en la fase oral, el esfínter anal
en el estadio anal, el sexo en la fase fálica. A esto corresponderá una progresión más o menos
coincidente, que distingue en la puesta en obra de la elección de objeto los momentos
autoerótico y narcisista, homosexual y finalmente heterosexual.
De modo que esta perspectiva de un desarrollo es verdaderamente para Freud lo que armoniza,
lo que ordena la comprensión y la operatividad de su práctica. En ella funda su comprensión fina
de la patología, hace de ella el marco seguro de su interpretación del síntoma y de la neurosis. Y
lo que instaura y confirma esta concepción de la psicopatología (como patología psicosexual) es
el tándem de las dos nociones conjugadas de fijación y regresion, que completan la puesta en
juego del desarrollo, esta vez en sus disfunciones patológicas.
De modo que existe sin duda una perspectiva que acentúa esta idea de un desarrollo, y éste
será también el caso cuando haya que tomar en cuenta la instauración del yo, o el pasaje del
principio de placer al principio de realidad.
Primeros problemas
No obstante, conviene observar, por ejemplo a propósito de la interpretación del síntoma en
relación con la escala del desarrollo libidinal, hasta qué punto esto pone a Freud en la situación
delicada de una puja incesante. Pues cada vez que trata de mantener su aparato doctrinario en
el marco de un desarrollo, tiene necesidad de agregar algo más. Esperaba que fuera suficiente
una explicación fundada en la libido; no obstante, se verá conducido a añadir la idea competitiva
de un desarrollo del yo. Hay dos ejes entonces (la libido, el yo) en los cuales jugará de modo
muy diferente, como se sabe, el pasaje del principio de placer al principio de realidad.
De hecho, cada vez que Freud cree aprehender un esquema del desarrollo de valor explicativo,
ese esquema demuestra ser inadecuado. Parecería que la explicación es imposible en términos
de desarrollo. Y esta irreductibilidad problemática lo llevará, de modificación en modificación, al
intento final de compensación mediante el dualismo pulsiones de vida/pulsiones de muerte.
El desenlace expresa bien lo que hay de problemático en la perspectiva del desarrollo en cuanto
no nos parece posible hacerla congruente con aquello de que se trata en lo psíquico, por lo
menos desde que en lo psíquico, con la libido, se reconoce el deseo en obra. Y quizás la
expresión «desarrollo libidinal» demuestre ser contradictoria en sí misma. Basta para demostrarlo
la noción de fijación que, después de todo, corresponde a lo que resiste intrínsecamente al
despliegue del supuesto «programa», y que manifiesta la dimensión del inconsciente. ¿Cómo
podría un desarrollo, por sí mismo, dar cuenta del inconsciente?
La nebulosa de las teorías del desarrollo
El hecho de que la cuestión siga siendo perentoria no se debe a que la dimensión del desarrollo,
después de Freud, no haya sido objeto incesante de investigación y reflexión en el seno del
movimiento analítico, en el centro de nuevas y múltiples elaboraciones. Aquí nos contentaremos
con mencionar, y sin duda de una manera no exhaustiva, las principales vías de inspiración de
este trayecto a partir de los primeros avances de Freud. Podemos distinguir a quienes
profundizan a Freud siguiendo estrictamente su misma línea. Tal es la contribución esencial de
Abraham (1924). Están quienes piensan completar a Freud, sea que se trate de la corriente
llamada explícitamente «genética» promovida por Hartmann, que pone el acento en el yo, o