Naesgaard Sigurd (1885-1956). Psicoanalista danés
Naesgaard Sigurd (1885-1956). Psicoanalista danés
Naesgaard Sigurd
(1885-1956) Psicoanalista danés
fuente(1)
Formado como filósofo, Sigurd Naesgaard se interesó por las ideas freudianas después de la
Primera Guerra Mundial. En este sentido fue pionero en su país, donde el psicoanálisis tuvo muy
pocos representantes. En 1922 presentó su tesis de doctorado sobre 1a estructura de la
conciencia", y después comenzó a practicar el psicoanálisis sin haber recibido la menor
formación específica. Generoso y apasionado del freudismo, era de algún modo partidario del
psicoanálisis salvaje, y no vacilaba en asumir riesgos importantes, sobre todo con pacientes
psicóticos. En agosto de 1931, junto con Alfhild Tamm, Harald Schjelderup e Yrjó Kulovesi,
participó en la famosa reunión de psicoanalistas escandinavos que llevaría a la creación de dos
sociedades, una de las cuales agrupaba a Suecia y Finlandia, y la otra a Dinamarca y Noruega.
En 1933 publicó una obra sobre el psicoanálisis en dos volúmenes, que envió a Sigmund Freud.
Ese mismo año se acercó a Wilhelm Reich, cuando éste estuvo en Copenhague entre mayo y
noviembre. Reich le propuso analizarlo, pero Naesgaard se negó, porque no sentía necesidad de
hacerlo. Le envió a Reich un paciente que se dio muerte después de algunas semanas de cura.
Ese suicidio, considerado escandaloso, precipitó la salida de Reich, ya tratado de "pornógrafo"
por la prensa danesa. El 10 de noviembre el psicoanalista Erik Carsten se dirigió a Freud
asumiendo la defensa de Reich, subrayando que Naesgaard estaba loco y que su actividad le
provocaba un perjuicio considerable al psicoanálisis. Le pedía además al maestro de Viena, que
asumiera una posición clara sobre la obligación del análisis didáctico para los psicoanalistas.
Freud no respondió, contentándose con confirmar que Reich era por cierto un psicoanalista, a
pesar de su "ideología política".
Lo mismo que muchos otros pioneros de su generación, Naesgaard se apartó del freudismo
clásico, y organizó formaciones de terapeutas "salvajes", alentando por ejemplo a algunos de
sus pacientes a practicar el psicoanálisis. Creó a tal efecto una asociacion, la Psychoanalytisk
Sarnfund, donde él mismo transmitía su enseñanza y trataba de presentar a oradores
extranjeros. Redactó además una treintena de libros sobre educación, psicología y filosofía.
Narcisismo
Al.: Narzissmus.
Fr.: narcissisme.
Ing.: narcissism.
It.: narcisismo.
Por.: narcisismo.
fuente(2)
En alusión al mito de Narciso, amor a la imagen de sí mismo.
1. La noción de narcisismo(3) aparece por vez primera en Freud en 1910, para explicar la
elección de objeto en los homosexuales; éstos «[...] se toman a sí mismos como objeto sexual;
parten del narcisismo y buscan jóvenes que se les parezcan para poder amarlos como su madre
los amó a ellos».
El descubrimiento del narcisismo condujo a Freud a establecer (en el Caso Schreber, 1911) la
existencia de una fase de la evolución sexual intermedia entre el autoerotismo y el amor objetal.
«El sujeto comienza tomándose a sí mismo, a su propio cuerpo, como objeto de amor», lo que
permite una primera unificación de las pulsiones sexuales. Estos mismos puntos de vista se
expresan en Tótem y tabú (Totem und Tabu, 1913).
2. Vemos, pues, que Freud ya utilizaba el concepto de narcisismo antes de «introducirlo»
mediante un estudio especial (Introducción al narcisismo [Zur Einführung des Narzissmus,
1914]). Pero, en este trabajo, introduce el concepto en el conjunto de la teoría psicoanalítica,
considerando especialmente las catexis libidinales. En efecto, la psicosis («neurosis narcisista»)
pone en evidencia la posibilidad de la libido de recargar el yo retirando la catexis del objeto; esto
implica que «[...] fundamentalmente, la catexis del yo persiste y se comporta, respecto a las
catexis de objeto, como el cuerpo de un animal unicelular respecto a los seudópodos que emite».
Aludiendo a una especie de principio de conservación de la energía libidinal, Freud establece la
existencia de un equilibrio entre la «libido del yo» (catectizada en el yo) y la «libido de objeto»:
«cuanto más aumenta una, más se empobrece la otra». «El yo debe considerarse como un gran
reservorio de libido de donde ésta es enviada hacia los objetos, y que se halla siempre dispuesto
a absorber la libido que retorna a partir de los objetos». Dentro de una concepción energética
que reconoce la permanencia de una catexis libidinal del yo, nos vemos conducidos a una
definición estructural del narcisismo: éste ya no aparece como una fase evolutiva, sino como un
estancamiento de la libido, que ninguna catexis de objeto permite sobrepasar completamente.
3. Este proceso de retiro de la catexis del objeto y retorno sobre el sujeto había sido ya
destacado por K. Abraham en 1908 basándose en el ejemplo de la demencia precoz: «La
característica psicosexual de la demencia precoz es el retorno del paciente al autoerotismo [...].
El enfermo mental transfiere sobre sí, como único objeto sexual, la totalidad de la libido que la
persona normal orienta sobre todos los objetos animados o inanimados de su ambiente». Freud
hizo suyas estas concepciones de Abraham: « [...] ellas se han mantenido en el psicoanálisis y
se han convertido en la base de nuestra actitud hacia las psicosis». Pero añadió la idea (que
permite diferenciar el narcisismo del autoerotismo) de que el yo no existe desde un principio
como unidad y que exige, para constituirse, «una nueva acción psíquica».
Si deseamos conservar la distinción entre un estado en el que las pulsiones sexuales se
satisfacen en forma anárquica, independientemente unas de otras, y el narcisismo, en el cual es
el yo en su totalidad lo que se toma como objeto de amor, nos veremos inducidos a hacer
coincidir el predominio del narcisismo infantil con los momentos formadores del yo.
Acerca de este punto, la teoría psicoanalítica no es unívoca. Desde un punto de vista genético,
puede concebirse la constitución del yo como unidad psíquica correlativamente a la constitución
del esquema corporal. Así, puede pensarse que tal unidad viene precipitada por una cierta
imagen que el sujeto adquiere de sí mismo basándose en el modelo de otro y que es
precisamente el yo. El narcisismo sería la captación amorosa del sujeto por esta imagen. J.
Lacan ha relacionado este primer momento de la formación del yo con la experiencia narcisista
fundamental que designa con el nombre de fase del espejo. Desde este punto de vista, según el
cual el yo se define por una identificación con la imagen de otro, el narcisismo (incluso el
«primario») no es un estado en el que faltaría toda relación intersubjetiva, sino la interiorización
de una relación. Esta misma concepción es la que se desprende de un texto como Duelo y
melancolía (Trauer und Melancholie, 1916), en el que Freud parece no ver en el narcisismo
nada más que una «identificación narcisista» con el objeto.
Pero, con la elaboración de la segunda teoría del aparato psíquico, tal concepción se esfuma.
Freud contrapone globalmente un estado narcisista primario (anobjetal) a las relaciones de
objeto. Este estado primitivo, que entonces llama narcisismo primario, se caracterizaría por la
ausencia de total relación con el ambiente, por una indiferenciación entre el yo y el ello, y su
prototipo lo constituiría la vida intrauterina, de la cual el sueño representaría una reproducción
más o menos perfecta.
Con todo, no se abandona la idea de un narcisismo simultáneo a la formación del yo por
identificación con otro, pero éste se denomina entonces «narcisismo secundario» y no
«narcisismo primario»: «La libido que afluye al yo por las identificaciones [...] representa su
"narcisismo secundario"». «El narcisismo del yo es, un narcisismo secundario, retirado a los
objetos».
Esta profunda modificación de los puntos de vista de Freud es paralela a la introducción del
concepto de ello como instancia separada, de la que emanan las otras instancias por
diferenciación, de una evolución del concepto de yo, que hace recaer el acento, no sólo sobre
las identificaciones que lo originan, sino sobre su función adaptatriz como aparato diferenciado,
y, finalmente, de la desaparición de la distinción entre autoerotismo y narcisismo. Tomada
literalmente, tal concepción ofrece un doble peligro: el de contradecir la experiencia, afirmando
que el recién nacido carecería de una apertura perceptiva hacia el mundo exterior, y el de
renovar, por lo demás en términos ingenuos, la aporía idealista, agravada aquí por una
formulación «biológica»: ¿cómo pasar de una mónada cerrada sobre sí misma al reconocimiento
progresivo del objeto?
Narcisismo
Narcisismo
fuente(4)
s. m. (fr. narcissisme; ingl. narcissism; al. Narzißmus). Amor que dirige el sujeto a sí mismo
tomado como objeto.
El concepto en Freud. La noción de narcisismo está dispersa y mal definida en la obra de Freud
hasta 1914, fecha en la que escribe Introducción de¡ narcisismo, artículo donde se preocupa de
darle, entre los otros conceptos psicoanalíticos, un lugar digno de su importancia. Hasta
entonces, el narcisismo remitía más bien a una idea de perversión: en lugar de tomar un objeto
de amor o de deseo exterior a él, y sobre todo diferente de él, el sujeto elegía como objeto su
propio cuerpo. Pero, a partir de 1914, Freud hace del narcisismo una forma de investimiento
pulsional necesaria para la vida subjetiva, es decir, ya no algo patológico sino, por el contrario,
un dato estructura] del sujeto.
Desde allí hay que distinguir varios niveles de aprehensión del concepto. En primer lugar, el
narcisismo representa a la vez una etapa del desarrollo subjetivo y un resultado de este. La
evolución del pequeño humano lo debe llevar no sólo a descubrir su cuerpo, sino también y
sobre todo a apropiárselo, a descubrirlo como propio. Esto quiere decir que sus pulsiones, en
particular sus pulsiones sexuales, toman su cuerpo como objeto. Desde ese momento existe un
investimiento permanente del sujeto sobre sí mismo, que contribuye notablemente a su dinámica
y participa de las pulsiones del yo y de las pulsiones de vida. Este narcisismo constitutivo y
necesario, que procede de lo que Freud llama primero autoerotismo, en general se ve redoblado
por otra forma de narcisismo desde el momento en que la libido inviste también objetos exteriores
al sujeto. Puede ocurrir entonces, en efecto, que los investimientos objetales entren en
competencia con los yoicos, y sólo cuando se produce cierto desinvestimiento de los objetos y
un repliegue de la libido sobre el sujeto se registrará esta segunda forma de narcisismo, que
interviene en cierto modo como una segunda fase.
De esta manera, el narcisismo representa también una especie de estado subjetivo,
relativamente frágil y fácilmente amenazado en su equilibrio. Las nociones de los ideales, en
particular el yo ideal y el ideal del yo, se edifican sobre esta base. Pueden ocurrir allí alteraciones
del funcionamiento narcisista: por ejemplo las psicosis, y más precisamente la manía y sobre
todo la melancolía, que son para Freud enfermedades narcisistas, caracterizadas o por una
inflación desmesurada del narcisismo o por su depresión irreductible. Por ello las llama
psiconeurosis narcisistas.
A partir de la década de 1920 y del advenimiento de su segunda tópica, Freud preferirá distinguir
netamente las dos formas de narcisismo antes mencionadas calificándolas de «primaria» y
«secundaria»; pero, al hacerlo, termina casi asimilando el narcisismo primario al autoerotismo.
Concepciones lacanianas. Las concepciones lacanianas del narcisismo simplifican
considerablemente estas cuestiones. Lo mejor es presentarlas a través del proceso de
estructuración del sujeto. Para J. Lacan, el infans -el bebé que no habla, que todavía no accede
al lenguaje- no tiene una imagen unificada de su cuerpo, no hace bien la distinción entre él y el
exterior, no tiene noción del yo ni del objeto. Es decir, no tiene todavía una identidad constituida,
no es todavía un sujeto verdadero. Los primeros investimientos pulsionales que ocurren
entonces, durante esta especie de tiempo cero, son por lo tanto en sentido propio los del
autoerotismo, en tanto esta terminología deja justamente entender que hay ausencia de un
verdadero sujeto.
El inicio de la estructuración subjetiva hace pasar a este niño del registro de la necesidad al del
deseo; el grito, de simple expresión de la insatisfacción, se hace llamada, demanda; las nociones
de interior/exterior, luego de yo/otro y de sujeto/objeto sustituyen a la primera y única
discriminación, la del placer/displacer. La identidad del sujeto se constituye en función de la
mirada de reconocimiento del Otro. En ese momento, como lo describe Lacan en lo que llama el
«estadio del espejo», el sujeto puede identificarse con una imagen global y aproximadamente
unificada de sí mismo («El estadio del espejo como formador de la función del yo «je», 1949;
Escritos, 1966. (Véanse espejo (estadio del) [y yo].) De allí procede el narcisismo primario, es
decir, el investimiento pulsional, deseante, amoroso, que el sujeto realiza sobre sí mismo o, más
exactamente, sobre esa imagen de sí mismo con la que se identifica.
El problema luego es que, sobre la base de esta identificación primordial, vienen a sucederse las
identificaciones imaginarias, constitutivas del «yo» [moi].Pero, fundamentalmente, este yo, o esta
imagen que es el yo, es «exterior» al sujeto y no puede entonces pretender representarlo
completamente en sí mismo. «Yo es un otro» [Moi est un autre], resume Lacan, parafraseando a
Rimbaud [Je est un autre]. El narcisismo (secundario) sería en cierto modo el resultado de esta
operación, en la que el sujeto inviste un objeto exterior a él (un objeto que no puede confundirse
con la identidad subjetiva), pero a pesar de todo un objeto que se supone es él mismo, ya que es
su propio yo, un objeto que es la imagen por «la que se toma», con todo lo que este proceso
incluye de engaño, de ceguera y de alienación (Seminario 1, 1953-54, «Los escritos técnicos de
Freud»; 1975).
Se comprende entonces que el ideal (del yo) se edifica a partir de este deseo y de este engaño.
Pues no hay que olvidar que el término narcisismo, tanto para Freud como para Lacan, remite al
mito de Narciso, es decir, a una historia de amor en la que el sujeto termina por conjugarse tan
bien consigo mismo que, por encontrarse demasiado consigo, encuentra la muerte. Ese es por
cierto el destino narcisista del sujeto, ya sea que lo sepa o que se engañe: al enamorarse de
otro que cree que es él mismo, o al apasionarse por alguien sin darse cuenta de que se trata de
sí mismo, pierde en todas las ocasiones, y sobre todo se pierde.
Narcisismo
Narcisismo
fuente(5)
«El término "narcisismo" se emplea en psicoanálisis para designar un comportamiento
(Verhalten) por el cual un individuo "se ama a sí mismo" o, en otras palabras, un comportamiento
por el cual trata a su propio cuerpo como se trata habitualmente al cuerpo de una persona
amada.» «Estar enamorado de sí mismo» sería lo que define el narcisismo según el mito griego
del joven Narciso fascinado por su propia imagen; el concepto adquirió toda su importancia en la
teoría psicoanalítica cuando pasó a designar una fase necesaria de la evolución de la libido
antes de que el sujeto se vuelva hacia un objeto sexual exterior.
Fue Havelock Ellis (1898) quien utilizó por primera vez la expresión «Narcissus like» para
caracterizar en su aspecto patológico esta forma de amor dirigido a la propia persona; a
continuación, P. Näcke (1899) utilizó la palabra «Narcismus» para significar ya una verdadera
perversión sexual. En Freud, si bien el narcisismo (término que él habría reemplazado de buena
gana por el más eufónico de «narcismo») tiene también el carácter de una perversión cuando
absorbe la totalidad de la vida sexual del individuo, constituye no obstante un estadio del
desarrollo de la libido, intermedio entre el autoerotismo y la elección de objeto; sólo la fijación en
ese estadio y sus formas excesivas constituyen una patología. «Quizás este estadio (Pliase)
mediador entre el autoerotismo y el amor objetal sea inevitable en el curso de todo desarrollo
normal -escribe Freud en su trabajo sobre el presidente Schreber-. pero parece que ciertas
personas se detienen en él de una manera insólitamente prolongada, y que muchos de los
rasgos de esta fase (Zustand) persisten en algunas personas en estadios ulteriores de su
desarrollo (spätere Entwicklungsstufen).» En la medida en que el advenimiento del estadio
narcisista remite a una época anterior a la elección de objeto, se entrevé que se trata de una
patología no ya relacionada con las neurosis de transferencia y el marco de la evolución de la
libido, sino con otro tipo de afección: las neurosis narcisistas, y el marco de la evolución del yo.
Libido del yo (libido narcisista) y libido de
objeto
Proponer entonces dos líneas de desarrollo (la de la libido y la del yo) y relacionar sus
respectivos avatares con categorías nosográficas particulares (como las neurosis de
transferencia y la psicosis, por ejemplo) abre una vía verdaderamente nueva para la teoría
psicoanalítica, al incitarla a explorar el dominio del yo y de sus producciones sintomáticas
específicas. Además, basándose en su experiencia con individualidades narcisistas y con las
parafrenias (esquizofrenias), aquí reunidas por su común inaccesibilidad a la técnica
psicoanalítica, Freud propondrá la idea de la libido del yo o libido narcisista, opuesta a la libido de
objeto y capaz, cuando existe de ella un excedente considerable, de desbordar al yo y
desamarrar al sujeto del mundo exterior. En la conferencia 26, «La teoría de la libido y el
"narcisismo"», Freud señala el interés de esta investigación: «Después de habernos
familiarizado con el manejo de la noción de "libido del yo", las neurosis narcisistas se nos
volvieron accesibles; la tarea que se desprende de esto para nosotros consiste en encontrar
una explicación dinámica de estas afecciones y, al mismo tiempo, completar nuestro
conocimiento de la vida psíquica mediante la profundización de lo que sabemos del yo. La
psicología del yo, que tratamos de edificar, tiene que basarse, no en los datos de nuestra
introspección, sino, como en el caso de la libido, en el análisis de los trastornos y disociaciones
del yo.» Desde esta perspectiva, una de las primeras exposiciones presentadas por Freud
sobre el narcisismo aparece en el análisis de la paranoia del presidente Schreber, a propósito de
la cual formula la hipótesis de una regresión al estadio narcisista, que llega al abandono completo
del amor objetal y a la reactivación de un modo de satisfacción autoerótica infantil.
Realizar una elección de objeto homosexual, como la que encuentra el análisis del presidente
Schreber (en otras palabras, volverse hacia la persona más parecida a uno mismo), o bien
apartarse del mundo exterior en un repliegue total sobre sí, son entonces las figuras clínicas que
inducen a Freud a postular la existencia de una libido del yo, inversamente proporcional a la libido
de objeto, puesto que se trata de la misma energía que la de las pulsiones sexuales, que a veces
se dirige hacia el yo y otras hacia el objeto en el seno de un equilibrio cuya estabilidad define lo
normal. «En líneas generales, vemos (también) una oposición entre la libido del yo y la libido de
objeto. Cuanto más absorbe una, más se empobrece la otra.» Freud reitera varias veces la
imagen de un animálculo protoplasmático que emite seudópodos, imprimiéndole al núcleo celular
un ritmo de vaciamiento y dilatación sucesivos. Esta metáfora ilustra bien el mecanismo de
repliegue sobre sí del interés antes dirigido hacia el mundo, y caracteriza el narcisismo freudiano
desde el punto de vista energético.
Pero si bien esta imagen sitúa nítidamente el narcisismo en el plano económico de una energía
que a veces inviste al yo y otras al objeto, queda por dilucidar la naturaleza de esa energía y el
mecanismo que rige su distribución. Se aborda entonces una cuestión tanto histórica como
psicológica, ya que Freud, en su primera exposición sistemática sobre el narcisismo (1914),
intentó a la vez aislar una libido específica del yo (libido narcisista) y responder a las críticas de
Adler y Jung, de los cuales se había separado en 1911 y 1913, respectivamente. Al privilegiar el
yo a expensas de la organización psíquica inconsciente, la teoría de Adler derivaba la neurosis
de la «protesta viril», principal expresión de la inferioridad constitucional del ser humano; en lugar
de asimilar como Freud esta reivindicación al «complejo de castración» y fundarla en una
tendencia libidinal narcisista, Adler la inscribía en el registro de la valorización social, en el seno
de un sistema racional que, según Freud, dependía de la elaboración secundaria («Contribución
a la historia del movimiento psicoanalítico», 1914). La teoría de Jung, por su parte, obligó a Freud
a realizar rápidamente una verdadera puesta a punto de la teoría de las pulsiones; Jung no
reconocía la especificidad de la libido, sino que le atribuía un alcance muy general. En ese
contexto escribió Freud «Introducción del narcisismo», y una de las principales cuestiones allí
discutidas es la necesidad de diferenciar dos grupos de pulsiones: las pulsiones de
autoconservación o pulsiones del yo, con las que se relaciona el interés no sexual, y las
pulsiones sexuales, con las que se vincula la libido. Sin duda no es fácil disociarlas en el yo,
pero, por ejemplo, el hecho de que el hambre y la necesidad sexual lleven, en caso de
frustración, a reacciones totalmente distintas, y la circunstancia de que el ser humano se
encuentre ante la finitud por su individualidad (soma), y ante la supervivencia por la generación
(germen), legitiman la hipótesis de dos tipos pulsionales distintos, aunque en el origen las
pulsiones sexuales se apoyen sobre las de autoconservación, y vayan separándose de ellas
progresivamente (Tres ensayos de teoría sexual, 1905). En apoyo de esta tesis, Freud evoca
además su experiencia clínica con las neurosis de transferencia, que explica como un conflicto
entre las pulsiones del yo, esencialmente conservadoras, y las pulsiones sexuales que,
precisamente, llevan al individuo a desprenderse de una parte de su narcisismo en beneficio del
objeto. Así esta primera distinción entre pulsiones del yo y pulsiones sexuales, aunque
relativizada más tarde en favor de la última clasificación de las pulsiones en otros dos grupos,
caracterizados con las denominaciones de Eros y Neikos (lucha), contribuyó considerablemente
a la comprensión del narcisismo por analogía con la dinámica de las neurosis de transferencia,
abriendo el camino a la explicación de una patología de la organización del yo. En efecto,
considerando la movilidad variable de la libido, volcada a veces sobre el yo y otras sobre el
objeto, se puede encarar fácilmente el caso extremo en el que toda la libido del yo se encontraría
desplazada sobre el objeto, sin duda en completa oposición a las pulsiones de autoconservación
encargadas de controlar el vaciamiento del flujo libidinal del yo, también llamado vaciamiento
narcisista. Para ilustrar la posible hemorragia de la libido del yo en beneficio de la libido de objeto,
y la consecuente fragilidad de un yo desprovisto de narcisismo, Freud evoca a menudo la figura
bien conocida de la pasión amorosa o enamoramiento; el objeto amado, «sobreinvestido» de este
modo, se convierte en todopoderoso frente a un sujeto en adelante humilde y sumiso, entregado
a lo que él cree la encarnación de su ideal. «Esta sobrestimación sexual
(Sexualüberschützung)», escribe Freud en «Introducción del narcisismo», «permite la aparición
del estado muy particular de la pasión amorosa, que lleva a pensar en la compulsión neurótica, y
que se reduce a un empobrecimiento libidinal del yo, en favor del objeto». Estos desplazamientos
de la libido del yo al objeto, y a la inversa, según las satisfacciones o decepciones que obtiene el
individuo de sus investiduras, suscitan una nueva cuestión que, desde la elucidación mecánica
del proceso, remite más adelante a la elucidación metapsicológica de la fuente de la que el
individuo extrae su energía; en otras palabras, ¿de dónde provendría la libido, y dónde residiría
antes de su distribución variable entre el yo y el objeto? Este interrogante apunta al origen del
narcisismo y, con él, al origen del yo, en cuanto es el yo el que padece la insuficiencia o el
exceso de libido.
Narcisismo primario, narcisismo secundario
El rodeo por la patología permite a Freud deducir el estado originario de la libido; en particular, el
desvío por las afecciones en las que hay una desinvestidura del mundo exterior, acompañada
por un completo repliegue del enfermo sobre sí. Freud indaga el destino de la libido retirada de
los objetos, basándose en la observación de enfermos esquizofrénicos, lo que le parece la
mejor respuesta a este interrogante. Entrevé que los delirios de grandeza son consecuencia de
la desinvestidura del mundo y manifestación del retorno de la libido sobre el yo, amenazado, en
virtud de esto, por un aflujo excesivo de energía. Como para el razonamiento recurrente
característico de la teoría psicoanalítica, nada aparece en las situaciones patológicas que no
repita un estado psíquico anterior generalmente necesario para el desarrollo del individuo, Freud
postula, tomando como ejemplo el delirio de grandeza, un estado original del yo en el cual éste,
investido totalmente por la libido, ponía de manifiesto una omnipotencia absoluta. Ese estado de
omnipotencia del yo define en adelante lo que se llama narcisismo primario, mientras que el
narcisismo secundario designa ese mismo estado cuando reaparece por el retorno al yo de las
investiduras de objeto. «La libido retirada al mundo exterior ha sido aportada al yo, de manera
que aparece una actitud (Verhalten) que podemos denominar narcisismo. Pero el delirio de
grandeza en sí no es creado de la nada; como sabemos, por el contrario, es la amplificación y la
manifestación más clara de un estado (Zustand) que ya había existido antes. Nos vemos
entonces llevados a concebir como un estado secundario, construido sobre la base de un
narcisismo primario oscurecido por múltiples influencias, a este narcisismo que ha aparecido
reintroduciendo las investiduras de objeto» («Introducción del narcisismo»).
Tal retorno de las investiduras de objeto al yo, revelado por el proceso esquizofrénico, y que dio
lugar a la hipótesis del narcisismo primario, permite al mismo tiempo ampliar el acceso al estudio
del narcisismo por otras vías, a través de las cuales se puede entrever ese mismo proceso de
desinvestidura del mundo exterior y de concentración en el yo, a saber: los estados provocados
por el dolor orgánico, el deseo de dormir y la preocupación hipocondríaca. En efecto, en estos
tres casos típicos se trata de una atención totalmente volcada al yo, como si éste obtuviera de
nuevo la omnipotencia que lo caracterizó alguna vez. ¿Significa esto que el yo constituye, como
dice Freud reiteradamente, el «gran reservorio» de la libido, desde el cual ésta se distribuiría
sobre los objetos exteriores, con retorno al lugar de origen si estos objetos no brindan
satisfacción?
Se diría que es así, pero aparentemente Freud, en dos oportunidades, replantea la cuestión: en
1923, en El yo y el ello, y en 1932, en la conferencia 31 («La descomposición de la personalidad
psíquica»), parece pensar que es el ello el que posee toda la libido, en razón de la excesiva
debilidad del yo al principio de la organización psíquica. El ello emitiría entonces investiduras
pulsionales hacia los objetos exteriores, pero el yo, cada vez con más fuerza y amplitud,
reemplazaría pronto a esos objetos, recobrando la parte de libido que ellos retenían. Esta última
hipótesis haría del narcisismo del yo un narcisismo secundario retirado a los objetos.
«Convendría ahora aportarle a la teoría del narcisismo un desarrollo importante», escribe Freud
en El yo y el ello. «En el origen, toda la libido está acumulada en el ello, mientras que el yo está
aún en curso de formación o es débil. El ello envía una parte de esta libido a investiduras de
objetos eróticos, y más tarde el yo, que ha tomado fuerza, trata de apoderarse de esta libido de
objeto e imponerse al ello como objeto de amor. El narcisismo del yo es entonces un narcisismo
secundario, retirado a los objetos.»
Sin duda la indiferenciación del yo y el ello en el inicio de la vida psíquica relativiza este privilegio
acordado al yo o al ello como lugar de origen de la libido; es posible imaginar con Freud que la
libido, proveniente de un yo-ello aún indiferenciado, se apegará progresivamente al yo,
erotizando las pulsiones de autoconservación al punto de que al principio la distinción resulta
imposible. Este análisis metapsicológico permite comprender la otra definición freudiana del
narcisismo, para la cual éste es el complemento libidinal del egoísmo, en cuanto las pulsiones de
autoconservación, para ejercer su función, deben necesariamente estar ligadas a una cantidad
mínima de libido. Pero, en la medida en que ciertos trastornos psicológicos, como la pasión
amorosa, que Freud asimila, en Tótem y tabú, al prototipo normal de la psicosis, se deben a un
exceso o una insuficiencia narcisista, es preciso llevar más lejos el análisis y, conociendo en
adelante la fuente libidinal del narcisismo, preguntarse qué es lo que interviene en la formación
de esa particular distribución libidinal, o más aún, qué es lo que permite al individuo acceder a
ese estado de la regulaciôn de la libido.
El pasaje del autoerotismo al narcisismo en
la constitución de la imagen de sí
Tomarse a sí mismo como objeto de amor, en la tradición del mito de Narciso, supone
implícitamente la condición de que exista para el yo una representación suficiente del objeto
como para atribuírsela o para reemplazarla. Ahora bien, el estado de debilidad del yo
sospechado en el origen de la organización psíquica no es compatible con un reconocimiento a
priori de objeto. Además Freud plantea el problema del pasaje del autoerotismo al narcisismo
sabiendo que no se le puede suponer ninguna unidad a un yo que únicamente interactúa con
pulsiones autoeróticas; piensa que « ... algo, una nueva acción psíquica (eine neue psychische
Aktion), debe sumarse al autoerotismo para dar forma al narcisismo» («Introducción del
narcisismo»). Es ésta una de las cuestiones más importantes en torno al narcisismo, puesto que
hace intervenir a la vez la formación del yo y la aprehensión del objeto, ofreciendo de tal modo
motivo para interrogarse sobre lo que, en la patología, ofrecerá más tarde puntos de fijación y
oportunidades de regresión a un sujeto víctima de la desinvestidura del mundo exterior. Sin duda,
la tesis de la preeminencia de las investiduras libidinales de los objetos exteriores, antes de que
ellas refluyan sobre el yo, ya permite imaginar la importancia que tiene la cualidad de esos
objetos para la formación de la representación del propio yo, es decir, para lo que se llamara
«imagen de sí»; tomarse a sí mismo como objeto de amor equivaldrá a retomar sobre sí la
cualidad de la relación erótica mantenida con el primer objeto investido libidinalmente. La
definición del narcisismo que da Freud en «La predisposición a la neurosis obsesiva» (1913)
confirmaría esta explicación: «Se sabe que el análisis de la parafrenia nos ha obligado a insertar,
entre estas fases [la del autoerotismo y la de la concentración de todas las pulsiones parciales
en una elección de objeto], el estadio (Stadium) del narcisismo, en el cual la elección de objeto ya
ha tenido lugar, pero el objeto aún coincide con el propio yo». De modo que podría suponerse
que en el estadio del narcisismo un cierto tipo de aprehensión del objeto exterior se vuelve sobre
el cuerpo propio, también considerado en adelante como un objeto circunscrito y distinto de los
que lo rodean. En Tótem y tabú (1912), el narcisismo supone igualmente la concurrencia de las
pulsiones sexuales, antes independientes entre sí, en un mismo objeto que Freud, en esa época,
todavía asimila al yo.
Sea esta primacía acordada al yo o al objeto exterior, el narcisismo en tanto que estadio supone
necesariamente un yo que es objeto de las pulsiones libidinales, lo que implica la capacidad de
un sujeto para representarse lo que más tarde designará como su yo, y que confundirá en parte
con la representación de su propio cuerpo. En El yo y el ello se puede leer que el yo «es ante
todo un yo corporal», en el sentido de que «se lo puede considerar como una proyección mental
de la superficie del cuerpo». ¿No se podría entonces llevar más lejos esta definición, en el
sentido de una mentalización del yo, haciendo de esta instancia una representación
esencialmente imaginaria, que tendría a la vez algo de la impregnación del sujeto por un primer
objeto exterior y algo de la cualidad del intercambio que se seguiría de ello? El narcisismo
consistiría entonces no sólo en la investidura libidinal de lo que habitualmente se llama la «imagen
de sí», sino también en la formación misma de esa imagen que, según la formulación del «estadio
del espejo» por Lacan, sabemos que supone una identificación con la forma de la especie y con
lo que, en una primera mirada, le fue dirigido al sujeto. Además el narcisismo remitirá a varios
tipos de afecciones patológicas en adelante diferenciadas: desde el vasto cuadro de las
depresiones subtendidas por el odio de la imagen, hasta el de las enfermedades psicóticas
subtendidas por la ausencia de imagen o por su fragmentación -en otros términos, desde la más
o menos buena apreciación de la imagen de sí hasta la mayor o menor precisión de su contorno-.
El lugar central de la imagen en el narcisismo, lugar que quizás ha sido subestimado en beneficio
del carácter egoísta y autónomo del comportamiento, se desprende ya muy nítidamente en la
versión más común del mito, la de Ovidio, donde sólo se trata de una «ilusión sin cuerpo» (spem
sine corpore), de una «imagen fugitiva» (simulacra fugacia) y de «reflejo» (imaginis umbra). Y
cuando leemos que Narciso amaba una imagen de la que ignoraba a la vez cuál era su
naturaleza y a quién pertenecía, queda claro que el reconocimiento de esa imagen dependerá de
una elaboración en la cual habrá de intervenir necesariamente un juicio exterior, el único capaz
de identificar la imagen con su propietario. Se lee en La metamorfosis: «...El se apasiona por una
ilusión sin cuerpo [ ... ] sin dudar de ella, se desea a sí mismo. ¿Qué quiere? Lo ignora, pero lo
que ve lo consume; lo excita el mismo error que engaña a sus ojos. Niño crédulo, ¿por qué te
obstinas verdaderamente en aferrar una imagen fugitiva? Lo que tú buscas no existe; el objeto
que amas, si le vuelves la espalda se desvanecerá». Y, un poco más adelante: «... Pero este
niño soy yo; lo he comprendido, y mi imagen (imago) ya no me engaña; ardo de amor por mí
mismo. Soy yo quien enciende la llama que llevo en mi seno».
Fascinado por su propia imagen, Narciso ilustra magistralmente el momento de captacíón del
sujeto por el reflejo especular, que Lacan describe en «El estadio del espejo», pero con la
diferencia de que en esa fase el infans sufre de alguna manera una doble identificación con la
imagen virtual y, detrás de ella, con la de la especie-, mientras que Narciso, ignorando toda
referencia exterior, se abisma en una visión amorosa cuya tonalidad pasional indica una
confusión total entre el yo y su modelo. En efecto, la imagen especular circunscribe de alguna
manera el lugar de proyección del yo, y éste adquiere consistencia gracias a la relación con el
otro en la percepción de una forma y el afecto de una mirada. Sin esta relación, el sujeto cae en
la estupefacción de una imagen «megalómana» de sí mismo, imagen que a su vez lo mira como
en un juego de espejos enfrentados que se reflejan al infinito.
Si bien Freud no centró explícitamente el narcisismo en torno a la problemática de la imagen de sí,
la cuestión del pasaje del autoerotismo al narcisismo alude a este tema. En efecto, un artículo de
Rank publicado en 1911, «Una contribución al narcisismo», presentaba ya el narcisismo como
una transición necesaria entre el autoerotismo y el amor objetal; en apoyo de esta tesis, relataba
los sueños de una paciente, exclusivamente organizados alrededor de la visión y la apreciación
de su imagen. Sin llevar más adelante la investigación, los dos tipos de elección amorosa
inventariados por Freud -la elección por apuntalamiento, según el modelo de las personas que
han prodigado los primeros cuidados al niño, y la elección narcisista, según el parecido que el
objeto tiene con el sujeto- implican necesariamente la proyección de representaciones mentales,
entre ellas la imagen de sí, vinculada más particularmente a la elección narcisista. «Amarse a sí
mismo» o «tomarse a sí mismo como objeto de amor» equivale en consecuencia a enamorarse
de la propia imagen, e implica que ésta responde al interrogante freudiano sobre el pasaje del
autoerotismo al narcisismo; esta «nueva acción psíquica» que se sumaría al autoerotismo
remitiría a las condiciones mismas de la construcción de la imagen de sí, cuya dinámica aparece
ahora claramente explicada por la experiencia del estadio del espejo. Además, Lacan,
comentando el artículo de Freud en el Seminario 1, Los escritos técnicos de Freud, pudo escribir:
«El Urbild, que es una unidad comparable al yo, se constituye en un momento determinado de la
historia del sujeto, a partir de lo cual el yo comienza a tomar sus funciones. Es decir que el yo
humano se constituye sobre el fundamento de la relación imaginaria. La función del yo, escribió
Freud, debe tener eine neue psychische... Gestalt. En el desarrollo del psiquismo, algo nuevo
aparece, cuya función es dar forma al narcisismo. ¿No es esto indicar el origen imaginario de la
función del yo?
Del narcisismo a los ideales del yo
Indisociable de la constitución de la imagen de sí, el narcisismo figura su modalidad de
investidura en el sentido en que puede decirse de un sujeto, no sólo que se ama a sí mismo, sino
también que se ama a sí mismo a través del otro, en particular cuando este otro se presenta
como la proyección de un complejo desprendido del sujeto. Este último cae en consecuencia en
un amor casi obsesivo del que no puede deshacerse con facilidad; por ejemplo, el que el
estudiante Nathaniel, en «El hombre de la arena», de Hoffmann, siente por la muñeca Olympia, y
cuyo análisis realiza Freud en «Lo ominoso» (1919). El amor narcisista, en todas sus variantes,
se caracterizará por no dirigirse al objeto más que en función de las semejanzas que éste tiene
con el sujeto, semejanzas que resultarían de la proyección de un complejo patológico, un modelo
ideal o una representación nostálgica, y que determinarían, dice Freud, que «quien lo padece se
vuelva extraño al objeto de amor real». Sin duda se vislumbra allí el proceso proyectivo que le
permite al sujeto evitar la confrontación con la diferencia radical del otro; el narcisismo del que el
sujeto no logra desprenderse sino difícilmente, implicaría una disminución en la economía
necesaria para la transformación efectiva de la realidad (Wirklichkeit), tarea que Freud asigna a
los seres humanos. Pero el abandono de la omnipotencia narcisista bajo la coacción de esta
misma realidad no se produce sin sufrimiento; se concibe que un sujeto entregado al mundo sólo
lo aborde tratando de reencontrar en él (o incluso de imprimir en él) su propia imagen, con el fin
de salvaguardar ese estado de plena autonomía del que obtenía toda la satisfacción. También se
aborda con esta paradoja existencial el último gran interrogante de Freud acerca del narcisismo,
que concierne a la salida posible de ese estado o, en otras palabras, a lo que incita al sujeto a
investir un mundo que en adelante lo obligará a respetar coacciones y límites.
Freud responde a esta cuestión sólo desde el punto de vista económico, invocando el carácter
nocivo que tiene para el yo un estancamiento (Stauung) libidinal capaz de provocar la aparición
de síntomas neuróticos y de desencadenar la dinámica regresiva propia de los síntomas
parafrénicos. «Se dirá que, más allá de cierta medida, la acumulación de libido resulta
insoportable», escribe Freud en la conferencia XXVI. «Es lícito suponer que, si la libido se apega
a los objetos, lo hace porque el yo ve en ello un modo de evitar los efectos mórbidos que
produciría una libido acumulada en él en exceso.» Una vez más, como en el caso de la
explicación económica de la formación del narcisismo, queda por encarar el punto de vista
dinámico, y dilucidar la causa de esta incitación a salir de las fronteras del narcisismo, siendo
que el sujeto no pide más que prolongar la situación de autarquía que lo colma. Así como Lacan
encontró respuesta a la cuestión del pasaje del autoerotismo al narcisismo, también la
encontrará para la necesidad de abandonar el estricto universo narcisista por la coacción ante
la cual coloca al sujeto esta imagen singular, cuya constitución él (Lacan) ha puesto de
manifiesto: se trata de imprimir en la realidad esa misma imagen, soporte obligado de la
estructuración del mundo y de las actividades voluntarias. «Esta furiosa pasión que especifica al
hombre, de imprimir en la realidad su imagen», escribe Lacan en «La agresividad en
psicoanálisis», «es el fundamento oscuro de las mediaciones racionales de la voluntad».
Será entonces la doble pertenencia de la imagen del cuerpo al mundo de las representaciones
psíquicas del sujeto y al mundo de las percepciones exteriores, pertenencia explicitada por el
estadio del espejo, lo que permitirá comprender este modo ulterior del sujeto de inscribir su
imagen en el mundo y con ello darle a este último toda su significación. Lacan resume como
sigue esta dinámica a la vez existencial y metapsicológica en el Seminario 11, El yo en la teoría
de Freud y en la técnica psicoanalítica: «la imagen de su cuerpo es el principio de toda unidad a
percibir en los objetos. Ahora bien, de esta misma imagen él sólo percibe la unidad afuera, y de
una manera anticipada. Por esta relación doble que él tiene consigo mismo, todos los objetos de
su mundo se estructuraran siempre en torno a la sombra errante de su propio yo». Se
comprende que la investidura del mundo exterior no puede realizarse sin las satisfacciones
narcisistas que aportan los reencuentros con la imagen singular, y que ésta, en su
omnipresencia, permite que se establezcan las relaciones humanas. Freud lleva entonces más
lejos la investigación, y se pregunta si es concebible que toda la libido pase a las investiduras de
objeto, y si ése es su destino.
Las explicaciones precedentes, relativas a las consecuencias de una desinvestidura excesiva
del mundo exterior en favor de un yo desbordado por una demasía de libido, y la veríficación de
la dificultad que experimenta el sujeto para abandonar su universo narcisista, no son coherentes
con la hipótesis emitida. Volviéndose entonces hacia la psicología de la represión, Freud aísla
una instancia yoica ideal que parece incluida entre las condiciones esenciales del proceso y que
permite al yo derivar sobre ella una parte de su libido. Esta instancia ideal hacia la cual el yo no
cesa de tender se presenta, desde «Introducción del narcisismo», como un yo ideal (ideal Ich)
dotado de la antigua omnipotencia de la que gozaba el yo real (wirkliche Ich), o bien como un
ideal del yo (Ich-ideal), dotado de un estatuto de modelo y cuya finalidad hace intervenir
necesariamente la función del juicio. La distinción de esta instancia ideal en yo ideal e ideal del yo
se puede advertir ya en Freud cuando evoca por un lado la exaltación de las cualidades de un
yo en posición de superlativo absoluto (yo ideal), y por otro la perfecta conformidad de un yo
con los valores heredados de las instancias parentales y de la sociedad en general (ideal del
yo). «Lo que él proyecta ante sí como su ideal -escribe Freud- es el sustituto del narcisismo
perdido de su infancia; en aquel tiempo, él mismo era su propio ideal.» En la línea del desarrollo
del yo, «El desarrollo del yo consiste en alejarse del narcisismo primario, y engendra una
aspiración intensa (Sehnsucht) a recobrar ese narcisismo. Ese alejamiento se produce por
medio del desplazamiento de la libido hacia un ideal del yo impuesto desde el exterior; la
satisfacción se obtiene por la realización de ese ideal». En consecuencia, la respuesta al
interrogante sobre el destino de la libido aparece claramente y concierne a todas las
desviaciones posibles que encuentra la pulsión sexual en el camino hacia la investidura de
objeto, si se considera a este último sólo en tanto objeto sexual. No obstante, falta aún disociar lo
que ocurre con el objeto a título de idealización, y lo que sucede con la pulsión como sublimación,
sabiendo que la primera (la idealización) puede llevar al sujeto a la catástrofe pasional que
resulta de la proyección del ideal del yo sobre el objeto en sí. Comparando el amor pasión o
enamoramiento con la hipnosis, en el sentido de que el enamorado, como el hipnotizado, se
desprende de todo su narcisismo en favor del objeto (y ello porque éste ocupa el lugar del ideal
del yo del sujeto), Freud subraya, en Psicología de las masas y análisis del yo (1921), la
fragilidad enfermiza de un sujeto que hubiera abandonado su yo en favor del objeto, o que
incluso haya introyectado el objeto con un modo de identificación llamado, precisamente,
«identificación narcisista».
Para Lacan, esa identificación narcisista aparece en la fuente de la relación imaginaria y libidinal
del hombre con el mundo en general; en efecto, si el sujeto ve su ser en una reflexión con
relación al otro, según nos lo enseña el estadio del espejo, sólo puede asignarse un lugar en el
mundo gracias a la introyección de lo que él percibe en el otro, y esto en una mirada que se le
dirige, Introyectar la mirada del otro contribuye entonces a verse a sí mismo y a fundar un yo
originario (Ur-Ich) que dará lugar a la vez al ideal del yo como referente simbólico que gobierna
todo el juego de las relaciones con el otro, y al yo ideal como representación imaginaria cuya
apariencia se inscribe en el marco trazado por el ideal del yo. La dinámica que así se instaura
entre las dos instancias ideales del yo es además explicitada por el esquema óptico llamado «del
ramo invertido» en la «Observación sobre el informe de Daniel Lagache», dinámica que depende
de que el sujeto se sitúe más o menos cerca de los bordes de su imagen real forjada en los
términos de la experiencia de Bouasse, y de la inclinación más o menos pronunciada, que se
imprima al espejo plano añadido a la experiencia. «En esta representación se traza la distinción
entre el idealIch y el Ich-Ideal, entre el yo ideal y el ideal del yo. El ideal del yo gobierna el juego de
relaciones del que depende toda la relación con el prójimo. Y de esta relación con el prójimo
depende el carácter más o menos satisfactorio de la estructuración imaginaria», dice Lacan en
Los escritos técnicos de Freud. Diferencia entonces un primer narcisismo, que se ubicaría en el
nivel de la imagen real del esquema e indicaría una cierta cantidad de marcos preformados de la
realidad, y un segundo narcisismo, reflejado por el espejo, que tendría que ver con la relación
con el otro. Ahora bien, una vez descrita de este modo esta organización psíquica, se identifica
mejor, en la prolongación directa de la perspectiva freudiana, lo que puede llevar a un individuo a
despojarse de su propia estima en favor de la idealización del otro-objeto o, en otras palabras, lo
que verdaderamente puede hipnotizarlo al punto de que se produzca una especie de
vaciamiento mortífero que lo entregue totalmente a la voluntad del otro.
Se evoca además la presencia del doble, efectivizada por la visión en el otro de la propia imagen
especular, cuando el sujeto ve bruscamente surgir ante él su propia mirada, que entonces afirma
que le ha sido robada. Los tiempos de la dinámica especular -tiempo de impregnación de la
imagen (marco genérico) y tiempo de captación por la imagen (unidad corporal)- se encuentran a
la vez confundidos y suspendidos en un momento regresivo de estupefacción, ese momento
que provoca la imagen especular cuando ella, más allá del espejo, alcanza un punto de
reconocimiento familiar (Heim) situado en el Otro. Dejarse tomar por la imagen especular antes de
haber podido develar la carencia radical de ese Otro que precede al sujeto: tal sería, para Lacan,
la trampa narcisista, captura indefinidamente repetida del sujeto por su imagen, en el curso de la
cual resplandece el fuego de un goce borrado desde mucho antes. En este asunto, explica
Lacan en el seminario sobre la angustia, el sujeto se debate con su agresividad primera que,
esencial para la constitución de su imagen y para su proyección sobre el mundo, se vuelve
entonces en su contra, de una manera tanto más peligrosa cuanto que él continúa abismándose,
como Narciso, en la fascinación de su doble. Sin duda, el sujeto así captado resuelve, de cierta
manera, la discordancia primordial entre el yo imaginario y el ser inaccesible, que entonces se
funden; de no ser así, él tendría que trabajar en la resolución de esa discordancia, sin jamás
alcanzarla. Y si la alcanza, lo hace, para citar a Lacan en «Acerca de la causalidad psíquica»,
«Por una coincidencia ilusoria de la realidad con el ideal [que] resonaría hasta en las
profundidades del nudo imaginario de la agresión suicida narcisista».
De modo que, como estadio específico o como permanencia de cierto tipo de investidura, el
narcisismo atraviesa el campo psicoanalítico participando a la vez de la teoría de la libido y de la
constitución del yo. Lugar de la imagen especular, le permite al sujeto dirigirse al objeto sin
perderse en él, y si bien la proyección de la imagen especular sobre la realidad o el reflejo que
ésta devuelve legitima en parte el interés que el hombre tiene por los asuntos del mundo, la
finalidad no es tanto saciarse como tratar de confundir la imagen y la realidad en una búsqueda
imposible. Esta búsqueda se traduce como una aspiración hacia un ideal sublimado que, de
manera desviada, entregará al sujeto a las aspiraciones narcisistas de la civilización. Sigue no
obstante muy presente el escollo de caer en la fascinación de la imagen descubierta y, si la
desinvestidura del objeto conduce a veces a las enfermedades del yo que Freud agrupa en la
categoría de las «neurosis narcisistas», esto ocurre sin duda porque lo irreductible desconocido
que habita la respuesta que el otro da al sujeto, devuelve a este último a la pendiente regresiva
de las satisfacciones infantiles abandonadas, las mismas que ubicaban al niño en el centro del
mundo.
El narcisismo presenta así un doble rostro: como investidura libidinal, contribuye a la
salvaguardia del yo y a las obras de la civilización; como estadio infantil de la evolución del yo y
de la libido, se inscribe en un sistema energético de economía reducida, cuyo modelo
fantasmático provendría de la organización autárquica absoluta. No están lejos entonces las
huellas de la pulsión de muerte, que lleva a la anulación de las tensiones para reencontrar un
antiguo goce otra vez sospechado. Esencial para la definición del ser humano, el narcisismo da
además forma a la realidad en cuanto, ocupando el lugar del espejo, ésta recubre para el sujeto
los elementos de seducción indispensables para su investidura; Lacan formula su poder como
sigue: « ... esta pasión de ser un hombre, diría yo, que es la pasión del alma por excelencia, el
narcisismo, el cual impone su estructura a todos los deseos, incluso a los más elevados»
(«Acerca de la causalidad psíquica»).
Narcisismo
Alemán: Narzissmus.
Francés: Narcissisme.
Inglés: Narcissism.
fuente(6)
Término empleado por primera vez en 1887 por el psicólogo francés Alfred Binet (1857-1911)
para designar una forma de fetichismo que consiste en tomar la propia persona como objeto
sexual. La palabra fue utilizada en 1998 por Havelock Ellis para designar un comportamiento
perverso relacionado con el mito de Narciso. En 1899, en su comentario del artículo de Ellis, el
criminólogo Pan¡ Niicke (1851-1913) introdujo este término en el idioma alemán.
En la tradición griega, se llamaba narcisismo al amor a sí mismo. La leyenda y el personaje de
Narciso se hicieron célebres gracias al libro tercero de las Metamorfosis de Ovidio.
Hijo del dios Cefiso, protector del río del mismo nombre, y de la ninfa Liríope, Narciso era de una
belleza inigualada. Se atrajo el amor de más de una ninfa, entre ellas Eco, a la que rechazó.
Desesperada, ésta cayó enferma y le imploró a la diosa Némesis que la vengara. En el curso de
una partida de caza, el joven hizo un alto cerca de una fuente de agua clara: fascinado por su
propio reflejo, Narciso creyó ver otro ser y, en pleno estupor, no pudo ya desprender su mirada
de ese rostro que era el suyo. Enamorado de sí mismo, Narciso hundió entonces los brazos en el
agua para estrechar esa imagen que no cesaba de sustraerse. Torturado por ese deseo
imposible, lloró y terminó por tomar conciencia de que el objeto de su amor era él mismo. Quiso
entonces separarse de su persona, y se golpeó hasta sangrar antes de decirle adiós al espejo
fatal y entregar el alma. En signo de duelo, sus hermanas, las Náyades y las Dríadas, se
cortaron los cabellos. Al querer cremar el cuerpo de Narciso en una hoguera, comprobaron que
se había transformado en una flor.
Hasta fines del siglo XIX la palabra fue utilizada por los sexólogos para designar de manera
selectiva una perversión sexual caracterizada por el amor que un sujeto se dirige a sí mismo.
En 1908, Isidor Sadger habló de narcisismo a propósito del amor a sí mismo como modalidad de
elección de objeto en los homosexuales. De tal modo se distinguió de Havelock Ellis, al
considerar que el narcisismo no era una perversión, sino un estado normal de la evolución
psicosexual en el ser humano.
El término narcisismo apareció por primera vez en la pluma de Freud en una nota añadida en
1910 a los Tres ensayos de teoría sexual. Hablando de los "invertidos", y por lo tanto sin utilizar
aún la palabra homosexual, Freud escribe que ellos "se toman a sí mismos como objetos
sexuales" y que, "partiendo del narcisismo, buscan a hombres jóvenes semejantes a su propia
persona, a quienes quieren amar como sus madres los amaron a ellos mismos---.
En 1910, en su ensayo Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci, y en 1911, en el estudio sobre
el caso Schreber, Freud, a semejanza de Sadger, considera que el narcisismo es un estadio
normal de la evolución sexual.
En 1914, en "Introducción del narcisismo", el término adquirió el valor de concepto técnico. Como
fenómeno libidinal, el narcisismo ocupó entonces un lugar esencial en la teoría del desarrollo
sexual del ser humano. La elaboración de ese texto se basó en el estudio de las psicosis, y
principalmente en el aporte de Karl Abraham. Aunque sin utilizar la palabra, el berlinés, en un
texto de 1908 acerca de la demencia precoz, había descrito el proceso de desinvestidura del
objeto y el repliegue de la libido en el sujeto: "El enfermo mental consagra a sí mismo, como único
objeto sexual, toda la libido que el hombre normal vuelca en el entorno vivo o animado. La
sobrestimación sexual sólo le concierne a él" Freud adoptaría esta definición de la psicosis en la
vigésimo sexta de las Conferencias de introducción al psicoanálisis.
En el texto de 1914, la observación del delirio de grandeza en el psicótico llevó a Freud a definir
el narcisismo como la actitud resultante de la reconducción sobre el yo del sujeto de las
investiduras libidinales antes dirigidas a objetos del mundo externo. Freud señaló entonces que
ese movimiento de repliegue sólo podía producirse en un segundo momento, precedido de una
investidura de los objetos exteriores por una libido procedente del yo. Se podía entonces hablar
de un narcisismo primario, infantil, confirmado por la observación de los niños, y también de los
"pueblos primitivos", caracterizados en ambos casos por su creencia en la magia de las
palabras y en la omnipotencia del pensamiento. El narcisismo primario tendría que ver con el niño
y con la elección que él realiza de su persona como objeto de amor, etapa anterior a la plena
capacidad para volverse hacia objetos externos.
De tal modo (y éste es uno de los puntos fuertes del texto) Freud se ve llevado a considerar la
existencia permanente y simultánea de una oposición entre la libido del yo y la libido de objeto, y
a formular la hipótesis de un movimiento de balanceo entre una y otra, de modo que si una se
enriquece la otra se empobrece, y recíprocamente. Desde esta perspectiva, la libido objetal en
su máximo desarrollo caracteriza el estado amoroso, mientras que a la inversa, la libido del yo en
su mayor expansión da fundamento al fantasma del fin del mundo en el paranoico.
El desarrollo teórico constituido por este texto implica una primera revisión de la teoría de las
pulsiones; desaparece la separación entre pulsiones del yo y pulsiones sexuales, y el yo es
definido como "un gran depósito de libido".
Pero, por debajo de este avance teórico, Freud encuentra un obstáculo a propósito de ese
narcisismo primario cuando se trata de definir su relación con el autoerotismo identificado en los
Tres ensayos de teoría sexual. Postula entonces un desarrollo del yo en dos tiempos; para
alcanzar el estadio del narcisismo primario, a continuación del autoerotismo aparece "una nueva
acción psíquica". Si se quiere establecer una correspondencia entre ese desarrollo y la
evolución pulsional, el pasaje de las pulsiones sexuales parciales a su unificación, uno se ve
llevado a considerar que el narcisismo infantil o primario es contemporáneo de la constitución del
yo.
Como se puede constatar, y el propio Freud lo reconoce, la cuestión de la ubicación del
narcisismo primario suscita numerosas dificultades. Freud dice que en este punto es menos fácil
observar que deducir. No obstante, con el carácter de observación indirecta, retiene la
admiración parental por "his majesty the baby", como una manifestación del propio narcisismo
primario abandonado de los progenitores, en cuyo lugar se ha constituido progresivamente su
ideal del yo. "El amor de los padres -escribe Freud-, tan conmovedor y, en el fondo, tan infantil,
no es más que su narcisismo que renace y que, a pesar de su metamorfosis en amor objetal,
manifiesta inequívocamente su antigua naturaleza."
En el marco de la elaboración de la segunda tópica, Freud vuelve sobre esta cuestión de la
ubicación del narcisismo primario, que sitúa entonces como el primer estado de la vida, anterior a
la constitución del yo, característico de un período en el que el yo y el ello están indiferenciados,
y cuya representación concreta podría concebirse con la forma de la vida intrauterina. Como lo
han observado Jean Laplanche y Jean-Bertrand Pontalis, esta nueva formulación borra las
distinciones entre el autoerotismo y el narcisismo, y "desde el punto de vista tópico no se
advierte qué es lo que está investido en el narcisismo primario entendido de este modo".
La definición del narcisismo secundario es menos problemática, y la formación de la segunda
tópica no modificó su concepción, aunque, a partir de Más allá del principio de placer, Freud
abandonaría cada vez más este concepto, ausente por completo en el Esquema del
psicoanálisis. De modo que el narcisismo secundario o narcisismo del yo, a principio de la
década de 1920, seguía apareciendo como el resultado manifiesto, en la clínica de la psicosis,
del retiro de la libido de todos los objetos externos. Pero no sólo era propio de tales casos
extremos, puesto que la investidura libidinal del yo coexiste en todo ser humano con las
investiduras objetales; Freud había postulado la existencia de un proceso de balanceo
energético entre las dos formas de investidura que participan del eros, la pulsión de vida, y de
su combate contra las pulsiones de muerte. Por otra parte (y esto atestigua el carácter ineludible
que este concepto tuvo en la evolución de la teoría freudiana del desarrollo psíquico), desde el
texto de 1914 el narcisismo aparece como el primer bosquejo de lo que se convertirá en el ideal
del yo.
A pesar de sus insuficiencias y de su estatuto ambiguo, el concepto de narcisismo sirvió de
punto de partida a numerosos desarrollos posfreudianos.
Efectuando un análisis espectral del concepto del narcisismo, André Green siguió en 1976 las
huellas del "destino del narcisismo" después de Freud, subrayando que los psicoanalistas se
dividieron "en dos campos, según su posición respecto de la autonomía del narcisismo". Entre
los defensores de esta autonomía, hay que destacar el aporte del psicoanalista francés Bela
Grunberger, para quien el narcisismo es una instancia psíquica a igual título que las instancias
freudianas de la segunda tópica, y el del psicoanalista norteamericano Heinz Kohut, el cual, a
partir de la clínica de los trastornos narcisistas, contribuyó al desarrollo de la corriente de la Self
Psychology. Opuesta a estas concepciones, Melanie Klein, al postular la existencia primera de
las relaciones objetales, se vio llevada a rechazar la idea del narcisismo primario, así como la de
estadio narcisista; ella sólo habla de estados narcisistas vinculados a la retracción de la libido
sobre objetos interiorizados.
La concepción lacaniana del estadio del espejo, desarrollada en 1949, se basó en ese punto
confuso de la ubicación del narcisismo primario y su relación con la constitución del yo. Para
Jacques Lacan, el narcisismo originario se constituye en el momento de la captación por el niño
de su imagen en el espejo, imagen a su vez basada en la del otro (en particular la madre),
constitutiva del yo. El período del autoerotismo corresponde entonces a la primerísima infancia, al
período de las pulsiones parciales y del "cuerpo fragmentado", signado por ese "desamparo
original" cuyo posible retorno constituye una amenaza, en el fundamento de la agresividad.
Articulada con la teoría lacaniana que reconoce la existencia del narcisismo primario incluso
antes del estadio del espejo, la reflexión de Françoise Dolto ubica las raíces del narcisismo en el
momento de la experiencia privilegiada constituida por las palabras maternas más centradas en
la satisfacción de los deseos que en la respuesta a necesidades.
Narcisismo primario, narcisismo secundario
Narcisismo primario, narcisismo secundario
Narcisismo primario,
narcisismo secundario
Al.: primärer Narzissmus, sekundärer Narzissmus.
Fr.: narcissisme primaire, narcissisme secondaire.
Ing.: primary narcissism, secondary narcissism.
It.: narcisismo primario, narcisismo secondario.
Por.: narcisismo primário, narcisismo secundário.
fuente(7)
El narcisismo primario designa un estado precoz en el que el niño catectiza toda su libido sobre
sí mismo. El narcisismo secundario designa una vuelta sobre el yo de la libido, retirada de sus
catexis objetales.
Estos términos tienen, en la literatura psicoanalítica, e incluso en la misma obra de Freud,
acepciones muy diversas, lo que impide dar una definición unívoca más precisa que la que
proponemos.
1.° La expresión «narcisismo secundario» ofrece menos dificultad que la de narcisismo primario.
Freud la utiliza, desde Introducción al narcisismo (Zur Einführung des Narzissmus, 1914), para
designar estados tales como el narcisismo esquizofrénico: «[...] nos vemos inducidos, por
consiguiente, a considerar este narcisismo, que ha aparecido haciendo refluir de nuevo las
catexis de objeto, como un estado secundario construido sobre la base de un narcisismo
primario que ha sido empañado por múltiples influencias». Para Freud, el narcisismo secundario
no designa únicamente ciertos estados extremos de regresión; constituye también una
estructura permanente del sujeto: a) En el plano económico, las catexis de objeto no suprimen
las catexis del yo, sino que existe un verdadero equilibrio energético entre estos dos tipos de
catexis; b) En el plano tópico, el ideal del yo representa una formación narcisista que jamás es
abandonada.
2.° El concepto de narcisismo primario experimenta variaciones extremas de uno a otro autor. Se
trata aquí de definir una fase hipotética de la libido infantil, y las divergencias existentes se
refieren, de un modo complejo, a la descripción de dicho estado, a su situación cronológica y,
para algunos autores, incluso a su existencia.
Para Freud, el narcisismo primario designa, de un modo general, el primer narcisismo, el del niño
que se toma a sí mismo como objeto de amor antes de elegir objetos exteriores. Tal estado
correspondería a la creencia del niño en la omnipotencia de sus pensamientos.
Si se intenta precisar el momento de la constitución de tal estado, se encuentran, ya en Freud,
algunas variaciones. En los textos del período 1910-1915, esta fase se localiza entre la del
autoerotismo primitivo y la del amor de objeto, y parece ser coetánea a la aparición de una
primera unificación del sujeto, de un yo. Más tarde, con la elaboración de la segunda tópica,
Freud designa con la noción de narcisismo primario un primer estado de la vida, anterior incluso
a la constitución de un yo, y cuyo arquetipo sería la vida intrauterina. Desaparece entonces la
distinción entre el autoerotismo y el narcisismo. Desde el punto de vista tópico, resulta difícil
comprender qué es lo que se catectiza en el narcisismo primario así entendido.
Esta última acepción del narcisismo primario es la que prevalece corrientemente en nuestros días
en el pensamiento psicoanalítico, lo que conduce a limitar la significación y el alcance de la
discusión: se acepte o no el concepto, con él se designa siempre un estado rigurosamente
«anobjetal» o, por lo menos, « indiferenciado », sin escisión entre un sujeto y un mundo exterior.
Dos tipos de objeciones pueden oponerse a esta concepción del narcisismo:
- Desde el punto de vista terminológico, esta acepción prescinde de la referencia a una imagen
de sí mismo, a una relación especular, como la que etimológicamente presupone el término
«narcisismo». A nuestro juicio, pues, el término «narcisismo primario» es inadecuado para
designar una fase descrita como anobjetal.
- Desde el punto de vista de los hechos: la existencia de esta fase es muy problemática, y
algunos autores estiman que, en el lactante, existen desde un principio relaciones de objeto, un
«amor objetal primario», de forma que rechazan como mítica la noción de un narcisismo primario,
entendido como una primera fase anobjetal de la vida extrauterina. Según Melanie Klein, no
puede hablarse de fase narcisista, puesto que, desde el origen, se instituyen relaciones
objetales, pero sólo de «estados» narcisistas caracterizados por un retorno de la libido hacia
objetos interiorizados.
Partiendo de estas críticas, parece posible devolver su sentido a lo que fue la intención de Freud
cuando, recogiendo la noción de narcisismo introducida en patología por H. Ellis, la amplía hasta
hacer de ella una fase necesaria en la evolución que conduce desde el funcionamiento
anárquico, autoerótico, de las pulsiones parciales, hasta la elección de objeto. Nada parece
oponerse a que se designe con el término «narcisismo primario» una fase precoz o ciertos
momentos fundamentadores, caracterizados por la aparición simultánea de un primer esbozo de
yo y su catexis por la libido, lo que no implica que este primer narcisismo sea el primer estado del
ser humano, ni que, desde el punto de vista económico, este predominio del amor a sí mismo
excluya toda catexis objetal (véase: Narcisismo).
Nazismo
fuente(8)
Desde su llegada al poder, Adolf Hitier (1889-1945) aplicó la doctrina nacionalsocialista (o
nazismo), uno de cuyos principales objetivos era la eliminación de todos los judíos de Europa,
como "raza inferior". De la misma manera, además de las otras "razas inferiores", convenía
desembarazarse de todos los hombres considerados "tarados" o molestos para el cuerpo social.
La homosexualidad y la locura fueron tratadas por el nacionalsocialismo como equivalentes de la
judeidad, siempre sobre la base de la teoría de la herencia-degeneración.
En 1939 se crearon institutos de eutanasia para ejecutar, con venenos diversos, a tres
categorías de personas: los enfermos que padecían trastornos mentales o neurológicos
(esquizofrénicos, dementes seniles, epilépticos, etcétera); los pacientes hospitalizados durante
más de cinco años; los alienados criminales, y con ellos a todos los sujetos alcanzados por la
legislación racista. En enero de 1940, en la antigua cárcel de Brandeburgo-Havel, transformada
en instituto de eutanasia, se realizó la primera ejecución por medio de gas, experiencia que
demostró la "superioridad" de ese procedimiento sobre las drogas y las otras técnicas
empleadas habitualmente.
Entre todas las escuelas de psiquiatría dinámica, el psicoanálisis fue la única que recibió el
calificativo de "ciencia judía", tan temido por Sigmund Freud. En ese contexto, puede
comprenderse por qué el nazismo incorporó en su programa la destrucción radical del
psicoanálisis, de su vocabulario, de sus conceptos, de sus obras, de su movimiento, de sus
instituciones y de sus profesionales.
El programa se fue realizando progresivamente bajo la batuta de Matthias Heinrich Göring, con la
colaboración de psicoterapeutas de todas las tendencias junguianos, freudianos, adlerianos,
etcétera), que aceptaron servir a los principios de una nueva "psicología aria" y, desde mayo de
1936, trabajar en el Deutsche Institut für Psychologische Forschung (Instituto Alemán de
Investigación Psicológica y Psicoterapia), más conocido como Göring-Institut. En ese instituto de
Berlín estaba proscrito todo lo que pudiera evocar la judeidad en cualquier forma: la palabra
psicoanálisis no debía pronunciarse más. A los judíos se le prohibió la psicoterapia, fuera como
profesionales o como pacientes.
El nazismo transformó radicalmente el movimiento psicoanalítico al expulsar de Europa (Alemania,
Hungría, Italia, Austria) a la casi totalidad de los psicoanalistas, en su mayoría judíos, que
emigraron a los Estados Unidos, Gran Bretaña o a países latinoamericanos. Los que no llegaron
a huir, perecieron en los campos de concentración.
Necesidad de castigo
Al: Strafbedürfnis.
Fr.: besoin de punition.
Ing.: need for punishment.
It.: bisogno di punizione.
Por.: necessidade de castigo o de punição.
fuente(9)
Exigencia interna que, según Freud, se hallaría en el origen del comportamiento de ciertos
sujetos en los que la Investigación psicoanalítica pone de manifiesto que buscan situaciones
penosas o humillantes y se complacen en ellas (masoquismo moral). Lo que hay de irreductible
en tales comportamientos debería relacionarse, en último análisis, con la pulsión de muerte.
La existencia de fenómenos que implican un autocastigo pronto despertó el interés de Freud:
sueños de castigo, que son como un tributo pagado a la censura por la realización de un deseo,
y sobre todo los síntomas de la neurosis obsesiva. Desde sus primeros estudios sobre esta
enfermedad, Freud describió los autorreproches; más tarde, en Observaciones sobre un caso
de neurosis obsesiva (Bemerkungen über einen Fall von Zwangsneurose, 1909), los
comportamientos autopunitivos; generalmente es el conjunto de la sintomatología, con el
sufrimiento que implica, lo que hace del obsesivo su propio verdugo.
La clínica de la melancolía pone de relieve la violencia de una compulsión al autocastigo que
puede llegar al suicidio. Pero es también una aportación de Freud y del psicoanálisis el atribuir a
una motivación autopunitiva ciertos comportamientos en los que el castigo parece ser solamente
una consecuencia no deseada de ciertas acciones agresivas y delictivas. En este sentido
puede hablarse de «criminales por autocastigo», sin que deba verse en este proceso la
motivación única de un fenómeno siempre complejo.
Finalmente, en la cura, Freud se vio inducido a conceder una atención creciente a lo que él llamó
reacción terapéutica negativa: el analista tiene la impresión, escribe Freud, «[...] de una fuerza
que se defiende por todos los medios contra la curación y que no quiere en absoluto
desprenderse de la enfermedad y del sufrimiento».
La profundización, dentro de la segunda teoría del aparato psíquico, en los problemas
metapsicológicos planteados por estos fenómenos, los progresos de la reflexión sobre el
sadismo-masoquismo, y finalmente la introducción de la pulsión de muerte, conducirían a Freud a
perfilar y diferenciar mejor los comportamientos autopunitivos.
1.° El propio Freud opuso ciertos reparos a la expresión sentimiento de culpabilidad inconsciente,
pareciéndole, en este sentido, más apropiado el término «necesidad de castigo».
2.° Desde un punto de vista tópico, Freud explica las conductas autopunitivas por la tensión
entre un superyó singularmente exigente y el yo.
3.° Pero el empleo del término «necesidad de castigo» pone de relieve lo que puede haber de
irreductible en la fuerza que impulsa a ciertos individuos a sufrir, al mismo tiempo que la paradoja
de la satisfacción que encuentran en su sufrimiento. Freud distingue dos casos: ciertas
personas dan la impresión «[...] de hallarse bajo el dominio de una conciencia moral
singularmente intensa, aun cuando una tal supermoral no sea en ellas consciente. Una
investigación más profunda nos muestra de modo claro la diferencia existente entre tal
prolongación inconsciente de la moral y el masoquismo moral. En el primer caso, el acento recae
sobre el sadismo reforzado del superyó, al cual se somete el yo; en el segundo caso, en cambio,
recae en el masoquismo del yo, que reclama el castigo, tanto si éste viene del superyó como de
los poderes parentales externos». Así, pues, el sadismo del superyó y el masoquismo del yo no
pueden considerarse simplemente como las dos vertientes simétricas de una misma tensión.
4.° En esta línea de pensamiento, Freud, en Análisis terminable e interminable (Die endliche und
die unendliche Analyse, 1937), llegó a establecer la hipótesis de que no era posible explicar
íntegramente la necesidad de castigo, como expresión de la pulsión de muerte, por la relación
conflictual entre el superyó y el yo. Si bien una parte de la pulsión de muerte se halla ciertamente
«ligada psíquicamente por el superyó», otras pueden «[...] actuar, no se sabe dónde, en forma
libre o ligada».
Negación
Al.: Verneinung.
Fr.: (dé)négation.
Ing.: negation.
It.: negazione.
Por.: negação.
fuente(10)
Procedimiento en virtud del cual el sujeto, a pesar de formular uno de sus deseos, pensamientos
o sentimientos hasta entonces reprimidos, sigue defendiéndose negando que le pertenezca.
Esta palabra requiere ante todo algunas observaciones de orden terminológico.
1) En la conciencia lingüística común, no siempre existen en todos los idiomas claras distinciones
entre los términos que significan la acción de negar, y menos aún existen correspondencias
bi-unívocas entre los distintos términos de una lengua a otra.
En alemán, Verneinung designa la negation en el sentido lógico o gramatical del término (no
existe un verbo neinen o beneinen), pero también la denegation en sentido psicológico (rechazo
de una afirmación que yo he enunciado o que se me atribuye; por ejemplo: no, yo no he dicho
esto; yo no he pensado esto). Verleugnen (o leugnen) tiene un sentido que se aproxima al de
verneinen en esta última acepción: renegar, desdecir, desmentir.
En francés, puede distinguirse, por una parte, la negación (négation) en sentido gramatical o
lógico, y por otra parte la denegación (dénégation, déni), que implica oposición o repulsa.
2) En el empleo que hace Freud: al parecer podemos distinguir dos usos diferentes de verneinen
y verleugnen. En efecto, la palabra verleugnen tiende a reservarla Freud, hacia el fin de su obra,
para designar el rechazo de la percepción de un hecho que se impone en el mundo exterior; en
inglés, los editores de la Standard Edition, que han reconocido el sentido específico que
adquiere en Freud la palabra Verleugnung, han decidido traducirla por disavowal. Nosotros
proponemos en francés traducirla por «déni» (renegación)
En cuanto al empleo que hace Freud de la palabra Verneinung, resulta inevitable para el lector
francés la ambigüedad negation-denegation. Posiblemente esta misma ambigüedad sea uno de
los ejes de la riqueza del artículo que Freud dedicó a la Verneinung. Al traductor, le resulta
imposible en cada pasaje elegir entre «negation» o «denegation»; como solución nosotros
proponemos transcribir la Verneinung por «(dé)négation». En castellano utilizaremos negación.
Observemos que también se encuentra algunas veces en las obras de Freud la palabra alemana
de origen latino Negation.
Estas distinciones terminológicas y conceptuales que proponemos no siempre se han efectuado
hasta ahora en la literatura psicoanalítica y en las traducciones. Así, el traductor francés de El
Yo y los mecanismos de defensa (Das Ich und die Abwehrmechanismen, 1936) de Anna Freud
transcribe por «negación» (négation) el término Verleugnung, que esta autora utiliza en un
sentido similar al que le dio S. Freud.
Freud puso en evidencia el procedimiento de negación en la experiencia de la cura. Muy pronto
encontró en las histéricas que trataba una forma especial de resistencia: «[...] cuanto más se
profundiza, más difícilmente se aceptan los recuerdos que surgen, hasta el momento en que, en
las proximidades del núcleo, nos hallamos con que el paciente niega incluso su reactualización».
El Análisis de un caso de neurosis obsesiva proporciona un buen ejemplo de negación: el
paciente, siendo niño, había pensado que conseguiría el amor de una niña a condición de que le
ocurriera una desgracia: «[...] se le impuso la idea de que esta desgracia podría ser la muerte de
su padre. Rechazó inmediatamente tal idea con toda energía; todavía hoy se defiende contra la
posibilidad de haber experimentado semejante "deseo". Según él, había sido una simple
"asociación de ideas". -Yo le objeto: si no fue un deseo, ¿por qué se rebela contra él?
-Simplemente por el contenido de esta representación, de que mi padre pudiera morir». La
prosecución del análisis vino a demostrar que existía ciertamente un deseo hostil hacia su padre:
«[...] al primer "no" de rechazo se sumó pronto una confirmación, al principio indirecta».
La idea de que la toma de conciencia de lo reprimido se manifiesta a menudo, durante la cura,
por la negación, constituye el punto de partida del artículo que Freud consagra a ésta en 1925.
«No hay mejor prueba de que se ha logrado descubrir el inconsciente, que el hecho de ver cómo
el analizado reacciona con estas palabras: "Yo no he pensado esto" o bien "jamás he pensado
en esto"».
La negación posee el mismo valor de confirmación cuando se opone a la interpretación del
analista. De ahí nace una objeción de principio que no escapó a Freud, que se pregunta -en Las
construcciones en análisis (Konstruktionen in der Analyse, 1937)-: ¿tal hipótesis no ofrece el
peligro de asegurar siempre el triunfo del analista? «[...] cuando el analizado asiente, tiene razón,
pero cuando nos contradice, esto es un signo de su resistencia y también nos da la razón».
El propio Freud dio una respuesta matizada a tales críticas, incitando al analista a buscar la
confirmación en el contexto y en la evolución de la cura. A pesar de todo, la negación sigue
poseyendo para Freud el valor de un indicador que señala el momento en que empiezan a
resurgir una idea o un deseo inconscientes, y esto tanto en la cura como fuera de ella.
En La negación (Die Verneinung, 1925), Freud dio de este fenómeno una explicación
metapsicológica muy precisa, que desarrolla tres afirmaciones estrechamente solidarias entre sí:
1) «la negación constituye un medio de adquirir conocimiento de lo reprimido [...];
2) »[...] lo que se elimina es sólo una de las consecuencias del proceso de represión, a saber, el
hecho de que el contenido representativo no llegue a la conciencia. Como resultado, tiene lugar
una especie de aceptación intelectual de lo reprimido, mientras que persiste lo fundamental de la
represión;
3) »mediante el símbolo de la negación, el pensamiento se libera de las limitaciones de la
represión [...]».
Esta última proposición muestra que, para Freud, la negación en sentido psicoanalítico y la
negación en sentido lógico y lingüístico (el «símbolo de la negación») tienen el mismo origen, lo
cual constituye la tesis principal de su trabajo.
Negación
Negación
fuente(11)
En un artículo de 1925, «La negación», Freud delimita la negación en el juego entre el
establecimiento de un juicio de atribución (sello del yo-placer) y el juicio de existencia (sello del
yo-realidad); en el marco del «yo-placer», el sujeto niega toda articulación entre él y un contenido
que expresa (negación); en el marco del «yo-realidad», el sujeto sostiene que la realidad
percibida no corresponde a la representación que se había hecho de ella (negación simple). Los
lingüistas, en efecto, distinguen una negación «simple» (por ejemplo, «esto no es una mesa»,
que hay que entender como «es una silla»), de una negación «modal», o sea, «es una mesa
pero para mí no lo es», que indica una apreciación, y por lo tanto intersubjetividad. En este
movimiento entre juicio de atribución y juicio de existencia, Freud capta la importancia del lugar de
la enunciación: por medio de la negación, el pensamiento se vuelve operante; una primera frase
afirmativa utiliza los términos que encierran los afectos («Usted pregunta quién puede ser esta
persona del sueño. Mi madre. ..»), pero una segunda frase niega a la anterior «...no es ella»). De
hecho Freud deduce que la negación permite cierta enunciación de la toma de conciencia de la
represión, sin que el sujeto acepte su contenido -separación de la función intelectual respecto
del proceso afectivo-. En la medida en que la negación reviste un carácter proyectivo en la
enunciación, se convertirá en una denegación. Al final de su artículo, Freud señala «el placer
generalizado de la negación» propio del fenómeno psicótico, que debe ser «probablemente
comprendido como indicio de la desmezcla de las pulsiones por retracción de los componentes
libidinales». No obstante, insiste, «la operación de la función del juicio sólo resulta posible por la
creación del símbolo de la negación, que ha permitido al pensamiento un primer grado de
independencia con respecto a las consecuencias de la represión y, de tal modo, de la coacción
del principio de placer».
En su «Respuesta al comentario de Jean Hippolyte», Lacan observa que «la creación del símbolo
debe concebirse como un momento mítico», y que incumbe a «una relación del sujeto con el ser»
inherente a la estructura misma del lenguaje. Lo «percibido» no recubre lo real de un objeto, sino
que es lo que falta para asegurar la completud del Otro; el objeto aceptado o rechazado por el
cachorro humano no lo es en razón de su cualidad, sino que es juzgado en función de su
relación con la falta de la madre, falta que se presenta en lo real del objeto. En la dialéctica de la
aceptación y el rechazo, el niño plantea su propia existencia en relación con la falta del Otro; la
repetición realiza su movimiento con relación a la castración del Otro, y en esta óptica, el
Nombre-del-Padre marca que no existe un significante que diría todo: sustracción de la Cosa. De
hecho, la cuestión de la negación se encuentra con la del acto de enunciación, pues ambas
señalan la importancia de la alteridad: hablar requiere transferencia («Usted pregunta quién
puede ser... »), «por lo cual es del Otro que el sujeto recibe el mensaje que él emite»; ese
paralelismo entre negación y enunciación introducirá la problemática de la denegación: todo
mensaje implica denegación, porque está dirigido a un otro al cual se le presta un pensamiento.
Para Lacan, a diferencia de Freud, no hay «yo-placer» original; desde el principio el significante
introduce al sujeto en lo real, porque el deseo es redesplegado sin cesar. El Nombre-del-Padre
es por definición el significante ex-sistente a la ley simbólica, el que la ordena; él «provoca» la
inscripción del sujeto en la ley simbólica, pero él mismo le es exterior; por eso la negación es el
efecto de un proceso lógico que indica la indisociabilidad de una identificación del sujeto con el
Nombre-del-Padre como padre simbólico. La negación indica en consecuencia la articulación del
enunciador con ese significante ex-sistente mientras trata de tacharlo. En el ejemplo citado por
Freud («no es mi madre»), la denegación consiste en querer eliminar ese significante del Otro,
pero al mismo tiempo ella lo afirma como letra del sujeto; en el fondo, la denegación confirma que
el significante proviene del Otro, de otro lugar, lo que le permite a Lacan situar la negación como
borde de la manifestación inconsciente: según se advierte en el ejemplo ampliamente
desarrollado por él en el seminario l’Identification, un enunciado como «je crains qu'iI ne vienne»
(«temo que él venga»), con el ne expletivo, deja traslucir el pensamiento inconsciente «esperaba
que viniera».
Puesto que toda articulación simbólica sólo adquiere sentido a partir del Nombre-del-Padre, figura
de la ley simbólica y de la castración, habrá una negatividad fundadora en el núcleo del sujeto
hablante. Esto lleva a Lacan a decir que «sólo por la negación de la negación» el discurso
humano permite recuperar «la palabra inconsciente». De hecho, Lacan analizará el «ne»
expletivo como «el comienzo de toda enunciación del sujeto concerniente a lo real»; la noción de
«clase» no se basa en la inclusión. La inclusión «como relación radical» está sustituida por «una
relación de exclusión»: «lo que el sujeto busca, es ese real en tanto que justamente no posible;
... lo que se puede decir es que en el origen de toda enunciación justamente sólo hay lo no
posible».
La importancia de la negatividad es también subrayada por el encuentro frustrado con la Cosa;
en tal sentido, Lacan formula la negatividad del significante: un significante sólo encuentra su
estatuto a partir de otro significante, y no a partir de sí mismo. Dicho esto, sucede que el
significante surge en lo real, por ejemplo por la alucinación, y en este caso parecería que un
objeto absoluto se deja domesticar; ahora bien, no hay nada de esto, pero ese tiempo implica un
plano imaginario; así, la negatividad del significante es la condición de que en el orden simbólico
un significante funcione con otro significante, pero también produce significado. La negatividad
funda ese pasaje, y se ve que ella no sólo sitúa la articulación entre real y simbólico, sino
también la articulación entre simbólico e imaginario.
Esta importancia de la negatividad llevará a Lacan a reescribir las proposiciones de la lógica
formal de Aristóteles. Introduce dos nuevas escrituras de la negación, " (no-todo) y $ (no
existe); para Aristóteles, la negación se basa exclusivamente en la función, porque lo universal
implica la existencia; para Lacan, la existencia no está ligada a lo universal, sino que es
engendrada por la posición ex-sistente del Nombre-del-Padre, que introduce la ley simbólica y la
palabra. La Universal Afirmativa inscribe lo posible (el sujeto en su identificación simbólica); la
Particular Negativa le da su peso e inscribe lo necesario: eso necesario es precisamente la
posición excluida de la cadena del Nombre-del-Padre del que va a desprenderse la ley. Lacan
deja intactas estas dos proposiciones. Pero se observa ya que la Particular Negativa adquiere
importancia con respecto a la Universal Afirmativa de Aristóteles en el marco de una nueva
articulación lógica.
En cambio, Lacan reescribe la Particular Afirmativa (lo imposible) transformando la afirmativa
aristotélica en negativa: «existe x... » se convierte en «no existe x que no sea...». Por esto hay
que entender que, antes que nada, toda escritura proviene de lo real como imposible; esto se
traduce por la eminencia del significante fálico: la relación sexual no cesa de no escribirse; es
más: «no hay en el decir existencia de la relación sexual»; importancia, entonces, del decir, de la
palabra y, en consecuencia, de la singularidad del sujeto, contrariamente a lo que ocurre en la
escritura científica, de la que el sujeto está excluido, y para la cual no hay sujeto. Este punto es
capital: la negación insiste en ese carácter fundamental de la ley; al desplazar la negación sobre
el cuantificador, Lacan le sustrae a la función aristotélica su carácter prioritario, y postula el de
la enunciación y del significante. A la Particular Afirmativa le responderá la Universal Negativa (lo
contingente), el «cesa de no escribirse». Esta cuarta modalidad recubre el no-saber, es decir, el
saber inconsciente: «sólo por el efecto que resulta de esta hiancia se encuentra algo... aquello
que inscribe en cada uno la huella de su exilio, no como sujeto sino como hablante, de su exilio
de la relación sexual». Estas dos modalidades (Particular Afirmativa y Universal Negativa) se
oponen a las dos primeras (Universal Afirmativa y Particular Negativa), que son las únicas que
operan en la lógica de la ciencia. La Universal Afirmativa abre el orden de la ley, y la Particular
Negativa implica que la existencia se funda fuera de ella en cuanto el padre simbólico es
precisamente el ordenador de la ley. En la Universal Negativa, la negación se basa en el
cuantificador (no-todo) y niega la universalidad de la ley; aparece entonces un elemento que no
tiene lugar en la ley; la singularidad de cada uno no puede construirse a prior¡, como lo querría
una escritura científica. Estas reescrituras basadas en el desplazamiento de la negación
permiten ver que no existe ninguna escritura científica que, sin saberlo, no esté enganchada a la
posición del inconsciente; la lógica plantea la verdad como referencia, y en consecuencia la
contradicción se inscribe en una relación binaria; se oculta el carácter primordial de la
enunciación, o sea el de la palabra que, basada en lo escrito, permite precisamente la
emergencia de la lengua por el lapsus, por ejemplo. En otros términos, no hay metalenguaje que
pueda hablarse, por lo cual el metalenguaje instaurado por la lógica positivista es pura ilusión.
Neofreudismo
Alemán: Neofreudianismus.
Francés: Néofreudisme.
Inglés: Neofreudianism.
fuente(12)
En la historia del movimiento psicoanalítico, se ha denominado neofreudismo a las escuelas de
psicoterapia a la vez diferentes entre sí y en disidencia con el freudismo. Estas escuelas se
inspiran en el culturalismo y la psicología individual de Alfred Adler. Contrariamente al
armafreudismo y al kleinismo, la corriente neofreudiana se desarrolló, después de escisiones o
rupturas individuales, fuera de la legitimidad freudiana encarnada por la International
Psychoanalytical Association (IPA), lo que significa que ha renunciado a algunos de los grandes
conceptos freudianos (sexualidad, pulsión, represión, transferencia, etcétera), o que los ha
modificado al punto de instalarse al margen del freudismo. Para los neofreudianos, el freudismo
es la doctrina original que, aunque reivindicada históricamente, tiene que ser "superada". En
efecto, ellos impugnan el dogmatismo freudiano y su universalismo. De allí el carácter vago y
atomizado de este movimiento que, en virtud de sus convicciones culturalistas, siempre rechazó
el principio mismo de una organización centralizada de espíritu internacionalista.
Entre los principales representantes del neofreudismo se cuentan Karen Horney, Erich Fromm y
Harry Stack Sullivan.
Los filósofos de la Escuela de Francfort, en particular Theodor Adorno (1903-1969) y Herbert
Marcuse, a partir de 1946 criticaron duramente al neofreudismo, asimilándolo a un "revisionismo".
Neurastenia
Al.: Neurasthenie.
Fr.: neurasthénie.
Ing.: neurasthenia.
It.: nevrastenia.
Por.: neurastenia.
fuente(13)
Afección descrita por el médico americano George Beard (1839-1883), cuyo cuadro clínico gira
en torno a una fatiga física de origen «nervioso» y que comprende síntomas de los más diversos
registros.
Freud fue uno de los primeros en señalar la excesiva extensión adquirida por este síndrome,
que, en parte, debe ser dividido en otras entidades clínicas. No obstante, sigue manteniendo la
neurastenia como una neurosis autónoma; la define por la impresión de fatiga física, las
cefaleas, la dispepsia, la constipación, las parestesias espinales, el empobrecimiento de la
actividad sexual. La incluye en el grupo de las neurosis actuales, junto a la neurosis de angustia,
y busca su etiología en su funcionamiento sexual incapaz de resolver en forma adecuada la
tensión libidinal (masturbación).
G. Beard creó el término «neurastenia» (etimológicamente, debilidad nerviosa). En lo que
respecta al cuadro clínico así designado, remitimos al lector a los trabajos de dicho autor.
Freud se interesó en especial por la neurastenia al principio de su obra, lo que le condujo a
delimitar y subdividir el grupo de las neurosis actuales (véase este término). Pero, también
ulteriormente, siguió sosteniendo la especificidad de esta neurosis.
Neurastenia
Neurastenia
Alemán: Neurasthenie.
Francés: Neurasthénie.
Inglés: Neurasthenia.
fuente(14)
Término introducido en 1879 por el neurólogo norteamericano George Beard (1839-1883), para
designar un estado de fatiga psicológico y fisico acompañado de diversos trastornos
funcionales y propio de la sociedad industrial del Nuevo Mundo.
Neurosis
Al.: Neurose.
Fr.: névrose.
Ing.: neurosis.
It.: nevrosi.
Por.: neurose.
fuente(15)
Afección psicógena cuyos síntomas son la expresión simbólica de un conflicto psíquico que
tiene sus raíces en la historia infantil del sujeto y constituyen compromisos entre el deseo y la
defensa.
La extensión del concepto de neurosis ha variado; actualmente el término, cuando se utiliza solo,
tiende a reservarse a aquellas formas clínicas que pueden relacionarse con la neurosis
obsesiva, la histeria y la neurosis fóbica. Así, la nosografía distingue neurosis, psicosis,
perversiones y afecciones psicosomáticas, mientras que se discute la posición nosográfica de
las denominadas «neurosis actuales», «neurosis traumáticas» y «neurosis de carácter».
Al parecer, el término «neurosis» fue introducido por William Cullen (médico escocés) en un
tratado de medicina aparecido en 1777 (First Lines of the Practice of Physics). La segunda parte
de su obra se titula Neurosis or Nervous Diseases y trata no solamente de las enfermedades
mentales o «vesanias», sino también de la dispepsia, las palpitaciones cardíacas, el cólico, la
hipocondría y la histeria.
Durante el siglo xix se incluirán, por lo general, bajo la denominación de neurosis toda una serie
de afecciones que se podrían caracterizar como sigue:
a) se les reconoce una localización orgánica precisa (de donde los nombres de «neurosis
digestiva», «neurosis cardíaca», «neurosis gástrica», etc.) o se les supone una tal localización
en el caso de la histeria (útero, tubo digestivo) y de la hipocondría;
b) se trata de afecciones funcionales, es decir, «sin inflamación ni lesión estructural» del órgano
interesado;
c) se consideran como enfermedades del sistema nervioso.
Al parecer, la noción de neurosis en el siglo xix debe relacionarse, desde un punto de vista de la
comprensión, con los conceptos modernos de afección psicosomática y de neurosis de órgano.
Pero, desde el punto de vista de la extensión nosográfica, el término incluiría afecciones que hoy
en día se reparten en los tres campos de la neurosis (por ejemplo, histeria), de lo psicosomático
(neurastenia, afecciones digestivas) y de la neurología (epilepsia, enfermedad de Parkinson).
El análisis de la transformación que experimentó el concepto de neurosis a finales del siglo xix
exigiría una extensa investigación histórica, tanto más cuanto que esta evolución difiere de un
país a otro. Digamos únicamente, para fijar las ideas, que en dicho período la mayoría de los
autores se percataron del carácter heterogéneo de las afecciones clasificadas bajo la
denominación de «neurosis(16)».
De esta amalgama se desprenden progresivamente afecciones en las cuales se supone con
fundamento la existencia de una lesión del sistema nervioso (epilepsia, enfermedad de
Parkinson, corea) ...
Por otro lado, en la frontera móvil que lo separa de las enfermedades mentales, el grupo de las
neurosis tiende a anexionarse cuadros clínicos (obsesiones, fobias) que algunos autores
todavía clasificaban entre las «psicosis», las «demencias» o los «delirios».
La posición de Pierre Janet atestigua el resultado de esta evolución en Francia a finales del siglo
pasado; Janet distingue fundamentalmente dos grandes tipos de neurosis: la histeria y la
psicastenia (esta última concuerda en gran parte con lo que Freud designa como neurosis
obsesiva).
¿Cuál es la posición de Freud en esta época (1895-1900)? Al parecer, encuentra, en la cultura
psiquiátrica de lengua alemana, una distinción relativamente bien establecida, desde el punto de
vista clínico, entre psicosis y neurosis. Exceptuando algunas raras ambigüedades en su
terminología, con estos dos términos designa afecciones que todavía hoy se clasifican bajo los
mismos nombres.
Pero la principal preocupación de Freud no consistía entonces en delimitar la neurosis de la
psicosis, sino en poner en evidencia el mecanismo psicógeno en toda una serie de afecciones.
De ello resulta que el eje de su clasificación pasa entre las neurosis actuales, cuya etiología se
busca en una disfunción somática de la sexualidad, y las psiconeurosis, en las cuales el factor
determinante es el conflicto psíquico. Este grupo, llamado de las «psiconeurosis de defensa»,
incluye neurosis, como la histeria, y psicosis que en ocasiones se designan con el término
«psicosis de defensa», como la paranoia.
A continuación, dentro de la misma perspectiva, Freud intentará imponer el término
«psiconeurosis (o neurosis) narcisista» para designar lo que en psiquiatría, en la misma época,
se denominaban psicosis. Finalmente, vuelve a la clasificación psiquiátrica usual y reserva la
noción de neurosis narcisista para designar la psicosis maníaco-depresiva. Recordemos,
finalmente, que Freud diferenció muy pronto, y de modo claro, el campo de las neurosis del de
las perversiones.
En resumen, en el siguiente cuadro podríamos esquematizar la evolución, en extensión, del
concepto de neurosis en la nosografía psicoanalítica.
1915 Neurosis actuales
1924 Neurosis acutales Neurosis Neurosis narcisistas Psicosis
Clasificació
Psiconeurosis
de transferencia narcisistas
Psicosis
Afecciones
n actual
psicosomáticas Neurosis
maníaco
depresiva paranoia esquizofrénica
Aun cuando las subdivisiones, dentro del grupo de las neurosis, varían según los autores (así, la
fobia puede incluirse en la histeria o considerarse como una afección específica), actualmente
se constata una gran unanimidad respecto de la delimitación clínica del conjunto de síndromes
considerados como neuróticos. El reconocimiento, por la clínica contemporánea, de los
«casos-límite» indica que, por lo menos teóricamente, el campo de la neurosis se considera
como bien definido. Puede decirse que el pensamiento psicoanalítico se halla en gran parte de
acuerdo con la delimitación clínica adoptada por la inmensa mayoría de escuelas psiquiátricas.
En cuanto a una definición en «comprensión» del concepto de neurosis, aquélla puede
concebirse teóricamente, ya a nivel de la sintomatología, como la agrupación de cierto número de
características que permitirían distinguir los síntomas neuróticos de los psicóticos o perversos,
ya a nivel de la estructura.
De hecho, la mayoría de las tentativas de definición propuestas en psiquiatría oscilan entre estos
dos niveles, siempre y cuando no se limiten a establecer una simple distinción de grado entre
perturbaciones «más graves» y perturbaciones «menos graves». A título de ejemplo, citaremos
el siguiente ensayo de definición, tomado de un manual reciente: «La fisonomía clínica de las
neurosis se caracteriza:
»a) Por los síntomas neuróticos. Se trata de trastornos de la conducta, de los sentimientos o de
las ideas que manifiestan una defensa contra la angustia y constituyen, en relación con este
conflicto interno, una transacción de la cual el sujeto obtiene, en su posición neurótica, cierto
beneficio (beneficio secundario de la neurosis).
»b) Por el carácter neurótico del Yo. Éste no encuentra, en la identificación con su propio
personaje, buenas relaciones con los demás y un equilibrio interior satisfactorio»
Si se intenta establecer, con vistas a la comprensión del concepto, la especificidad de la
neurosis tal como la establece la clínica, la tarea tiende a confundirse con la propia teoría
psicoanalítica, en la medida en que ésta se ha constituido fundamentalmente como una teoría del
conflicto neurótico y de sus modalidades.
Difícilmente se puede considerar como perfecta la diferenciación entre las estructuras
psicóticas, perversas y neuróticas. Es por ello que nuestra definición corre el inevitable peligro
de resultar demasiado extensa, por cuanto puede aplicarse también, al menos parcialmente, a
las perversiones y a las psicosis.
Neurosis
Neurosis
fuente(17)
s. f. (fr. névrose; ingl. neurosis; al. Neurose). Modo de defensa contra la castración por fijación
a un escenario edípico.
Mecanismos y clasificación de las neurosis según Freud. Tras haber establecido la etiología
sexual de las neurosis, S. Freud emprendió la tarea de distinguirlas según sus aspectos clínicos
y sus mecanismos. De un lado, situó a la neurastenia y a la neurosis de angustia, cuyos
síntomas provienen directamente de la excitación sexual sin intervención de un mecanismo
psíquico (la primera ligada a un modo de satisfacción sexual inadecuado, la masturbación, y la
segunda, a la ausencia de satisfacción) (Sobre la justificación de separar de la neurastenia un
determinado síndrome en calidad de «neurosis de angustia» 1895). A estas neurosis, a las que
agregará luego la hipocondría, llamará neurosis actuales.
Del otro lado, situó a las neurosis en las que interviene un mecanismo psíquico de defensa (la
represión), a las que denomina psiconeurosis de defensa. En ellas la represión se ejerce sobre
representaciones de orden sexual que son «inconciliables» con el yo, y determina los síntomas
neuróticos: en la histeria, la excitación, desligada de la representación por la represión, es
convertida en el terreno corporal; en las obsesiones y la mayoría de las fobias, permanece en el
terreno psíquico, para ser desplazada sobre otras representaciones (Las neuropsicosis de
defensa, 1894).
Freud observa luego que una representación sexual sólo es reprimida en la medida en que ha
despertado la huella mnémica de una escena sexual infantil que ha sido traumatizante; postula
entonces que esta escena actúa après-coup de una manera inconciente para provocar la
represión (Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa, 1896). La «disposición
a la neurosis» parece depender entonces de acontecimientos sexuales traumatizantes
realmente ocurridos en la infancia (en particular, la seducción). Después, Freud reconocerá el
carácter poco constante de la seducción real, pero mantendrá que la neurosis tiene su origen en
la primera infancia. La emergencia de las pulsiones sexuales, efectivamente, constituye un
trauma en sí misma, y la represión consiguiente es el origen de la neurosis infantil. Con
frecuencia esta pasa inadvertida y, cuando hay síntomas, se atenúan en el período de latencia,
pero luego resurgen. La neurosis del adulto o del adolescente es, por lo tanto, una revivencia de
la neurosis infantil.
La fijación (a los traumas, a las primeras satisfacciones sexuales) aparece así como un factor
importante de las neurosis; con todo, no es un factor suficiente porque se encuentra también en
las perversiones. El factor decisivo es el conflicto psíquico: Freud da cuenta constantemente de
las neurosis por la existencia de un conflicto entre el yo y las pulsiones sexuales. Conflicto
inevitable, puesto que las pulsiones sexuales son refractarias a toda educación y sólo buscan el
placer, mientras que el yo, dominado por la preocupación de la seguridad, está sometido a las
necesidades del mundo real así como a la presión de las exigencias de la civilización, que le
imponen un ideal. Lo que determina la neurosis es la «parcialidad del joven yo en favor del
mundo exterior con relación al mundo interior». Freud pone así en juego el carácter inacabado,
«débi1» del yo, que lo conduce a desviarse de las pulsiones sexuales y, por lo tanto, a
reprimirlas en lugar de controlarlas.
En 1914, Freud divide las psiconeurosis en dos grupos, que opone: las neurosis narcisistas
(expresión ahora en desuso, que corresponde a las psicosis) y las neurosis de trasferencia
(histeria, neurosis obsesiva e histeria de angustia) (Introducción del narcisismo, 1914). En las
neurosis narcisistas, la libido inviste al yo y no es movilizable por la cura analítica. Por el
contrario, en las neurosis de trasferencia, la libido, investida en objetos fantasmáticos, es
fácilmente trasferida sobre el psicoanalista.
En cuanto a las neurosis actuales, también ellas se oponen a las neurosis de trasferencia
porque no provienen de un conflicto infantil y no tienen una significación dilucidable. Freud las
considera «estériles» desde el punto de vista analítico, pero reconocerá que la cura puede
ejercer sobre ellas una acción terapéutica.
En reiteradas oportunidades, Freud se esforzó en precisar los mecanismos en juego en las
neurosis de trasferencia (La represión, 1915; Conferencias de introducción al psicoanálisis,
1916; Inhibición, síntoma y angustia, 1926). Trabajó allí las siguientes cuestiones: ¿hay
modalidades diferentes de represión en las diversas neurosis de trasferencia? ¿En qué
tendencias libidinales recae? ¿De qué manera fracasa o, dicho de otro modo, cómo se forman
los síntomas? ¿Hay otros mecanismos de defensa en juego? ¿Qué lugar le cabe a la regresión?
Sin que pueda resumirse el rumbo de su pensamiento, se puede establecer simplemente que, en
la histeria, la represión desempeña el papel principal, mientras que en la neurosis obsesiva
intervienen otros mecanismos de defensa, que son la anulación retroactiva y el aislamiento.
El Edipo, complejo nuclear de las neurosis. Freud situó al Edipo como el núcleo de toda neurosis
de trasferencia: «La tarea del hijo consiste en desprender de su madre sus deseos libidinales
para volver a pon